Con Realismo

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15 de enero de 1998  

"Pizza, birra y faso" (Argentina, 1997), presentada por Líder -producción Palo y a la Bolsa-. Fotografía y cámara: Marcelo Lavintman. Música: Leo Sujatovich. Intérpretes: Héctor Anglada, Jorge Sesán, Pamela Jordán, Alejandro Pous, Walter Díaz, Adrián Yospe, Daniel Dibiase, Tony Lestingi, Martín Adejemián, Elena Cánepa. Guión y dirección: Bruno Stagnaro y Adrián Caetano. 85 minutos.

Nuestra opinión : excelente

Es raro hallar en un film una dosis de realismo tan bien entramada con una historia henchida de humanidad, bien actual, reconocible en sus individuos y con una evolución que marca el avance de los caracteres hacia la expresión íntima de su personalidad. Es la historia de cuatro pibes de la calle y una chica de familia que se les unió. Es el dibujo de Buenos Aires, en una imagen posible, cruel sin querer, adorable sin remedio y cambiante en su imperdonable decadencia.

En la descripción de los ambientes por donde pasa la acción, los directores -Bruno Stagnaro y Adrián Caetano, debutantes de lujo en el largometraje-, que rodaron la película a fines de 1996, se adelantan a reiteradas noticias policiales de hechos deplorables muy recientes y que definen la cada vez más temerosa vida cotidiana en la ciudad: el asalto a los pasajeros de taxis en complicidad con el conductor, el ataque a los guardianes de las bailantas, la policía coimera y corrupta, el robo de billeteras en la cola de desocupados. En todo momento, la realidad exterior consigue tal dimensión que se vuelve protagonista de la historia y el espectador siente haber asistido a una manifestación artística que le devuelve, sintetizada, su propia mirada sobre los días que corren.

"Pizza, birra, faso" es un título que vuelve elocuente el modo de habla popular y lo único por lo que vale la pena vivir para estos chicos: comer pizza, beber cerveza y tener para fumar. Las esperanzas mayores apenas pasan por su cabeza y si las creen dominio de otra clase social, sólo se permiten cometer fechorías para desbaratarlas y, de paso, sacar tajada para sobrevivir. El film se abre con la imagen difusa de los autos que circundan el Obelisco y con la apurada presencia de vendedores y pedigüeños en torno de los coches. De a poco, captura uno y otro rostro, que se pierden finalmente en la fugacidad. Entre verdaderos recolectores de limosnas y limpiadores de parabrisas, los actores de la película van ganando perfil mínimo, hasta que, ya detenido el cuadro, ellos y otros adolescentes hablan del día que termina, fuman, toman cerveza y cruzan la calle para comer la pizza. Como en el clásico cuento del infante Juan Manuel, pasará alguien comiendo las migajas.

Así, con la estructura muy académica de quien parte de lo general en busca de lo mínimo, mientras avanza la acción, el grupo va dejando protagonismo a un chico, el Cordobés, y a su novia, que está embarazada. La historia es poca cosa, pero cala hondo. Contrapone dos modos de ser: la casa y la calle. La chica viene de un hogar, aunque no demasiado organizado; el Cordobés, que nunca conoció otro techo que el usurpado, "se pone las pilas" y descubre que hay una vida mejor, la del hijo que vendrá, por lo menos. La escena final, testigo de una inmensa tragedia que no puede dejar indiferente al espectador, está llena de los fríos reflejos de una lluvia vieja y de la distancia de una cámara que se hace cargo del dolor desde la distancia de lo irrecuperable.

Inteligente, sincera, acaso con errores -ésos tan bienvenidos en esta cinematografía, identificados con los mayores momentos de su trayectoria-, la realización responde al cine del que los argentinos quieren tener noticia: el que habla de lo que nos pasa y, si no encontramos identidad con los chicos de la calle, reconocemos su existencia y la despreocupación gubernamental por los mismos y nos hacemos cargo del trazo de una ciudad cartografiada desde la picardía juvenil que, en el conjunto, representa el desorden social en el que tememos caer cada día, al salir a la calle: ese lugar compartido, impredecible, peligroso (¿por qué no?), comunitario porque es de todos y allí no hay rey, ignoto cada día y espacio único para practicar la convivencia social.

Academicismo y naturalidad

Dijimos que hay academicismo en este primer trabajo fílmico de dos ex estudiantes de cine: se nota en la sintaxis cuidada; en los diálogos elaborados sobre el flanco naturalista ; en el apretujamiento de los personajes cuando habitan el lugar estrecho ; en la alternancia de la puntuación apurada con el tiempo real del plano secuencia; en el paisaje casi bucólico para la única escena sentimental (el Cordobés se deslumbra al oír a su hijo en la panza de la madre); y en esa cámara y montaje apresurados y curiosos que, desde el comienzo, prevén el arranque anónimo en el bullicio de lo irreconocible para alcanzar el pico de humanidad en la historia de amor.

El lenguaje de la calle está trabajado al detalle, antropológicamente, y, cuando apuntamos que este film no obtuvo un importante premio en el último Festival de Mar del Plata, suponemos que los jurados extranjeros y los adustos se habrán quedado en ayunas por más aproximada que fuera la traducción. Es probable, que el malentendido academicismo de los jurados, del público y de los funcionarios oficialistas, que defienden las columnas dóricas, se hayan dado de bruces con este mapa de la realidad porteña donde convergen las ilusiones frustradas de todo el país.

"Pizza, birra, faso" está llamada a perdurar entre lo mejor de nuestra cinematografía. Es una prueba del valor de tener maestros que enseñan organizadamente, para seguirlos o para rebelarse contra ellos, en una industria que, carente de un necesario planeamiento cultural, busca ser codificada por decreto. Son memorables las actuaciones, la naturalidad y el sentimiento con que se dice lo que hay que decir y el rotundo trabajo de Héctor Anglada, el Cordobés, en quien los realizadores hallaron un sostén de espontaneidad que deben agradecer.

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