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Un orador atrapante

Por Víctor Elías Para LA NACION
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19 de noviembre de 2006  

En 1961, cuando comencé mis estudios de economía en la Universidad de Chicago, el profesor Milton Friedman dictaba sus ya famosos y temidos cursos de Teoría de los Precios, los 301 y 302, y circulaban dos volúmenes de sus notas de clases que luego se publicarían en un texto. En las clases sólo discutía los problemas y sus posibles soluciones se transmitían de camada a camada. Había problemas clásicos, economía de los revendedores de tickets de obras teatrales y acontecimientos deportivos muy atrayentes, economía del servicio militar voluntario y economía de la discriminación, entre otros. Enseñaba a utilizar las herramientas de teoría económica para resolver estos problemas, todos actuales.

Luego deja estos cursos y comienza a dictar los de Moneda, los 331 y 332, a pedido de sus colegas a pesar que él opinaba que uno no debería enseñar sobre lo que está investigando. De allí surgieron sus principales discípulos en Moneda, que publicaron sus tesis en el influyente libro Estudios sobre la teoría cuantitativa . En esa época ya trabajaba en su obra fundamental: Historia monetaria de los Estados Unidos (1860-1960) .

Era un profesor muy estricto y a su vez muy accesible. Los supuestos matemáticos básicos usados en los modelos económicos para él surgían del buen análisis de la conducta de los agentes económicos. Su gran formación en teoría estadística, el seguimiento de las principales variables económicas y el registro de los grandes cambios institucionales lo hicieron el principal referente en economía empírica.

Su preocupación principal era la política económica llegando a ella mediante una sólida base empírica y buen análisis económico. En esos momentos el gran debate académico estaba dado entre lo que se llamó monetaristas, básicamente Friedman, y los keynesianos representados por Paul Samuelson, James Tobin, Franco Modigliani, y Robert Solow. El enfatizaba el rol del manejo del dinero en las fluctuaciones económicas y culpaba a la Reserva Federal de la depresión de 1929. Recientemente, presentó dos nuevos casos similares a 1929, como fueron la larga última recuperación de Estados Unidos y la recesión en Japón.

Era un gran orador y atraía a todos en los paneles en que participaba. Desarmaba todos los argumentos que otros grandes economistas presentaban contra la solución de mercado. Su gran fuerza intelectual provenía del hecho de que no podía existir la inflexibilidad que sostenían los otros o que el agente económico no se diera cuenta, y por lo tanto el mercado llevaría a la solución óptima. Recuerdo su argumento sobre la creación de leyes en una discusión con Kenneth Arrow, argumentando que los legisladores no podían saber más que la vida real y por lo tanto defendía el sistema de common laws .

En los 60 publicó Capitalismo y libertad, que atrajo la atención de la ciencia política. Sus ideas basadas en el buen funcionamiento del mercado, que al comienzo tuvieron muy poca aceptación, se terminaron por aplicar. Entre esas ideas, se cuentan la de liberar la relación dólar-oro, el servicio militar voluntario, el impuesto negativo para los de menores ingresos, el buen manejo de la oferta monetaria y los tipos de cambios flexibles.

Reflexiones

En un viaje en ascensor oí que le decía a Harry Johnson que Chicago tuvo su gran desarrollo académico independiente porque estaba lejos del esquema de la ciudad de New York. Fue un discípulo muy querido de Frank H. Knight, gran colega y amigo de George Stigler, y tuvo su gran discípulo en Gary Becker. Su esposa y colega, Rose Director, fue una gran interlocutora.

En 1988 tuve oportunidad de conversar con él en la Institución Hoover de Stanford, donde hizo varias reflexiones, una de ellas era que se generaban incentivos políticos para eliminar los déficit, ya que todas las fallas que se observaban iban a ser internalizadas por las personas y por lo tanto influenciarían en las decisiones que éstas adoptaran.

En 1993 no pudo venir a Tucumán para ofrecer la conferencia inaugural en la Reunión Latinoamericana de Econometría. Su carta explicando su ausencia fue una gran lección de Teoría de los precios. Escribió: "Usted no tendrá ninguna dificultad en reconocer que la utilidad marginal del tiempo y la desutilidad marginal suben a medida que se envejece. Yo deseo conservar el tiempo limitado que me queda para completar proyectos que tengo en marcha".

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