Suscriptor digital

Un choque de dos planetas musicales

Provienen de extractos diferentes, uno del chamamé y el otro del espacio académico, y grabaron un CD
Gabriel Plaza
(0)
22 de diciembre de 2006  

Oscar Edelstein es de Paraná. Raúl Barboza, hijo de correntinos. Ese color del Litoral parece unir sus vidas como un hilo invisible. En apariencia sus mundos son irreconciliables, paradigmas de dos formas de hacer la música: desde el ámbito académico o del olfato autodidacta.

Edelstein es conocido en el ambiente de la música contemporánea por su trabajo con Ensamble Nacional del Sur, creado en 1997, y que funciona como un laboratorio de investigación, creación y producción musical en vivo; además es compositor de obras recientes, como la ópera Los monstruito , sobre textos de Fogwill y producida para el CETC del Colón.

Por su lado, Barboza es heredero en su instrumento de maestros como Ernesto Montiel, Tránsito Cocomarola o Tarragó Ros padre y logró llevar al chamamé a una zona espiritual donde la cosmovisión guaraní y la sensibilidad se funden en el sonido de su acordeón. Recientemente editó Confidencial , un exquisito álbum con solos de acordeón sobre composiciones de su autoría.

Parecen dos mundos sónicos irreconciliables pero ese punto de contacto que les dio la geografía litoraleña aparece dibujada de forma casi inmaterial en el álbum Dos improntus a mano alzada , editado por la Universidad Nacional de Quilmes, donde a lo largo de 20 minutos el acordeón de Barboza y el piano de Edelstein generan una comunión más allá de los lenguajes formales, con motivos, climas y giros librados a ese universo de la improvisación in situ.

El proyecto tiene su prehistoria. Cuenta Edelstein que de niño soñaba con el río y los pájaros que salían del sonido del acordeón de Barboza, uno de los primeros "modernos de la música que escuché", después llegaría a su vida Karlheinz Stockhausen, uno de los pioneros de la música electrónica, cuyos diseños sonoros definirían su propia búsqueda creativa en el campo de la electro acústica. "Cuando se formuló esta propuesta yo fui a buscar al Barboza revolucionario que escuché por primera vez en Paraná y me conmocionó de una manera que solo se volvió a repetir cuando escucho a Stockhausen. Por más que yo estoy dentro del campo de la música contemporánea, siempre me sentí un músico popular que estudió. Siempre me ocupé de recorrer la música desde el punto de vista de la sensibilidad y la emoción", cuenta Edelstein.

-Parecen formar parte de dos mundos antagónicos ¿Es así?

Edelstein: -Situado hoy en mi carrera, nuestros mundos podrían parecer antagónicos, pero no. Raúl lo definió muy bien en el backstage del disco cuando dijo que fue como encontrarse uno en el otro. En este viaje se trató de eso, de ver qué reflejos encontrábamos en el otro y, al modo de un campo magnético, fuimos buscando esas polaridades. En el disco se escucha que realmente las diferencias sólo existen en los anaqueles de determinados lugares de venta, pero no cuando uno está dispuesto a entregarse.

Barboza: -Yo siempre fui un buscador de cosas nuevas. Siempre estuve abierto a experimentar. Es verdad que leyendo una partitura soy peor que un niño de 10 años que recién comenzó a estudiar pero tengo mucho ingenio. Mirando hacia atrás me veo intentando encontrar algo nuevo en la ejecución del instrumento. La primera vez fue en los años sesenta, cuando la música guaraní se debía tocar de acuerdo a ciertos cánones y llamé al gran percusionista Domingo Cura para un rasguido doble. En algún momento quería conseguir otro sonido y llamé a un músico que tocaba la guitarra eléctrica para usarla como si fuera un vibrafón. Así que cuando Oscar me propuso esta idea acepté más allá de que no sepa leer música.

Edelstein interrumpe: "Entiendo lo que dice cuando comenta que él no entiende ese código escrito. Pero no conocí muchas personas, incluso en el lenguaje contemporáneo, que puedan leer el espacio y la situación musical como lo lee Barboza, que puedan entender tímbricamente como lo entiende él, y que puedan moverse de atrás para adelante como lo hace él. Eso es modernismo. Barboza es lo nuevo.

Diálogo de piano y acordeón

La propuesta de Edelstein no tomó por sorpresa al chamamecero. Por causalidad, días antes Barboza había estado en la casa de un amigo experimentando y registrando con un grabador casero improvisaciones que surgían en su instrumento a partir de motivos que le inspiraban el sonido de la lluvia golpeando en un techo de chapa, los truenos o el rechinar de las puertas que se abrían y cerraban por el viento. Después llegó la experiencia con el pianista y todo fluyó. "Yo sabía que Edelstein sabía lo que quería, así que descansé en eso. Fue una experiencia que siempre estoy dispuesto a repetir, por la posibilidad de trabajar con ideas nuevas y ver cómo con los mismos ingredientes algo puede tener un sabor tan distinto", apunta Barboza.

El camino que eligieron para andar juntos esta experiencia fue la curiosidad y el deseo de aprender, libres de cualquier prejuicio previo. Eso se nota en el rostro de niño entusiasmado que esboza Edelstein cada vez que Barboza parlamenta con una sabiduría zen. "Yo tengo la obligación de decir que la grandeza de Raúl no sólo reside en su música sino también en su persona. Yo fui a buscar esa densidad, fui a conectarme con esa filosofía, fui a buscarme adentro en ese espejo que me podía dar un maestro como él". Los ojos encendidos de Edelstein, cierto fuego que se desprende de sus pupilas, frente al semblante de piedra antigua de Barboza, desnuda esa relación casi de maestro y discípulo. "Para mí la mejor manera de entrar en diálogo con una persona que anda por otros caminos es imaginarlo con sus anhelos -asegura Barboza-. Como se dice en criollo: semblantearlo. Yo inventé cosas siguiendo las pautas que Oscar marcaba. Cuando conocí su terreno, ver cuanto medía, por donde iba, empecé a largarme y corcovar, sin molestarlo.

-¿Cuál fue la idea previa que tenías del proyecto?

Edelstein: -Yo quería jugar con la idea de la síntesis, de generar algo que llamo composición en el acto. De alguna manera en este disco traté de sintetizarme en ese terreno de choque con Raúl. Ahí fue que aparecieron micro motivos, fragmentos, melodías, materiales que por ahí podrían desarrollarse para un lado y para otro. El disco tiene como una cantidad de grandes perlitas que podrían servir para una futura aventura.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?