Entre la extrañeza y la zozobra

HOSPITAL DE VETERANOS Por Paulina Vinderman-(Alción)-56 páginas-($ 15)
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31 de diciembre de 2006  

"El dolor de los olvidos es una mirada, digo/ y estiro mi mano hacia un barco. El olor/de los muelles es un lugar...". Así rezaba un poema de Paulina Vinderman de Escalera de incendio , de 1994. Doce años más tarde, en este hondo y perturbador Hospital de veteranos, la poeta argentina profundiza la melancolía y ahonda una mirada que consuma una hazaña doble: la de acariciar con minuciosa delectación cosas y seres de la llamada "realidad exterior" y recordarnos, al mismo tiempo, que para el poeta toda realidad es subjetiva, que el poema inventa un mundo paralelo al de afuera, no lo copia.

Más sabia aún en su decir, y en su no-decir, la poeta susurra en este nuevo libro: "Los sueños no se siguen si no es hasta el final, me dije,/ los ríos no se siguen si no es hasta el final./ Y el viento se encerró en un cesto para que nada/ salvo yo misma, pudiera moverse en la amarilla opacidad...".

La primera sección del poemario se titula significativamente "Pisadas sobre el vidrio": cautela y fragilidad reunidas, bajo un acápite de Michael Ondaatje que exalta las virtudes de esa ausencia recogida en el cuenco de las manos como si fuera agua; ausencia que es paradójico sostén de quien enfrenta el desierto. Vinderman retoma personajes en Hospital de veteranos , poema a poema, como si fueran hitos de una saga o viaje.

En el inicio revela: "Hemos decidido permanecer hasta la boda./ Anoche enhebré el collar de cuentas verdes/ como regalo para la novia...": elípticamente, obvia a quién alude, qué boda es ésa, qué manteles ondean en el aire. Los textos advierten luego del arribo "a un hotel tan ruinoso como mi alma" o que "hoy vino la muerte. Es bella y callada" y se llevó a Concepción, la tejedora. Sea que hablen de un puerto donde saborear un abadejo, o de un sombrero en el río "que parecía oro sucio a la distancia", estos versos enigmáticos apuntan, sin embargo, como una flecha de oro y sangre a la poblada soledad de la propia poeta, que proclama: "Nunca fui un país guarnecido".

Más desprotegida aún -y más fuerte, sin embargo- se muestra en "Hospital de veteranos", la segunda parte del poemario. En ese sitio que acoge la enfermedad paterna y la estoica vela filial anota: "Soy el guardián de mi padre, el guardián/ del lenguaje, títulos nobiliarios sacudidos/ por el temporal..." Guardiana de la palabra de la ley que alberga el sacrificio, la poeta hilvana imágenes austeras y entrañables para mentar la disolución, la rutina del dolor. Así, el sargento cojo reparte las mantas como medallas al valor y la poeta-hija jura al padre: "Me quedaré con nuestra colección de monedas/ y tus zapatos enormes, vacíos para siempre/ de tus pies y tus sospechas". Al recibir del enfermero el anillo de bodas paterno, promete al que ya ha partido: "Te escribiré".

La poesía de Vinderman ha ganado justo prestigio por este tono elíptico, pudoroso, que deja entrever la intimidad sin caer nunca en la confesión obvia; por la cadencia de su respiración poética, que lleva al lector a un paraje de extrañeza. Sus ritmos, imágenes y cierres de poemas dejan un regusto de hermosa zozobra al instalar en el poema el lugar del mito, ese instante auroral del que hablaba Cesare Pavese. Hospital de veteranos cumple con ese estilo y muestra también a la poeta en su máxima madurez creadora.

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