Andrea Giunta: "La cultura no es un gasto, sino una inversión"

El Estado debe tomarla en serio, dice la filósofa y especialista en historia del arte
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30 de diciembre de 2006  

Andrea Giunta considera que la ausencia del Estado en el diseño de políticas en materias artísticas se viene dando desde la fundación del Museo Nacional de Bellas Artes, en 1896. Dice que sería sumamente importante que se entendiera que la cultura no es un gasto, sino una inversión, y estima que, si bien el presupuesto para el área debería ser mayor, es necesario aprovechar el margen que deja un Estado sin un programa claro para que ocurran cosas que tal vez no pasarían si hubiera un plan perfectamente cerrado.

Doctora en Filosofía y Letras y licenciada en Artes por la Universidad de Buenos Aires, Giunta integra el consejo asesor de la dirección del Museo Nacional de Bellas Artes y dirige el flamante Centro de Documentación, Investigación y Publicaciones (Cedip) del Centro Cultural Recoleta. Es investigadora del Conicet, profesora titular de la maestría en Historia del Arte de la Universidad General de San Martín y adjunta a cargo de la cátedra de Arte Latinoamericano Contemporáneo de la UBA.

En 2002, Giunta obtuvo la beca John Simon Guggenheim y este año recibió el diploma al mérito en Estética e Historia del Arte, que es otorgado por la Fundación Konex.

Dice Giunta: " La ausencia sostenida del Estado en términos del diseño de políticas para las artes visuales se da desde que Eduardo Schiaffino fundó el Museo Nacional de Bellas Artes, en 1896: en 1933 todavía no tenía una sede. Lo deseable sería que el presupuesto para cultura fuera mayor, aunque tampoco es la panacea. En la actualidad es muy bajo. Es importante entender que la cultura no es un gasto, sino una inversión. Pero también es importante aprovechar el margen que deja un Estado que, al no tener un programa claro, se vuelve más flexible y permite que pasen cosas que no quizá no serían posibles en el campo de una política completamente planificada".

-¿Significan algo las artes plásticas para la sociedad en este momento?

-Mucho. Como ejemplo está la gran cantidad de museos inaugurados en 2004, que puede ser llamado el año de los museos.

-¿La multiplicación de museos y galerías dedicados al arte contemporáneo desmiente que es difícil entenderlo?

-Es todo muy incipiente todavía. Pero sí sé, por ejemplo, que acude una enorme cantidad de público al Centro Cultural Recoleta, donde se expone arte contemporáneo. El problema no es sólo que la gente vaya, sino qué es lo que se le ofrece para que entienda más, para formar un público que no sólo transite por un espacio, sino que se enriquezca.

-Este año, el Museo Nacional de Bellas Artes cumplió 110 años. ¿Cómo lo ve?

-El museo tiene una colección increíble y es fundamental entender que es importante para el país. Tiene una colección extraordinaria, una biblioteca increíble y un personal muy capacitado. Es importante que cada administración pueda crecer en función de las otras, no que vivamos siempre en las instituciones públicas con esta idea de que llega un nuevo equipo directivo y cambia todo. Veo que eso está ocurriendo, lentamente, y me da cierta confianza respecto de lo que va a pasar en el futuro.

-¿Hay una buena articulación entre las iniciativas públicas y las privadas?

-El apoyo privado se da, por lo general, en función de los grandes eventos. Por lo tanto, es un desafío trabajar en la interrelación entre las políticas públicas que no estén atadas a la coyuntura y quienes tienen interés en financiar un determinado programa. De a poco, se está produciendo. Además, hay que evitar que todos los museos hagan colecciones de lo mismo, o que tengan los mismos programas. Con la creación del Cedip, el desafío es conocer lo que hacen otros centros, para ofrecer algo distinto. Se ofrece algo que ninguna biblioteca está dando: la actualización en bibliografía teórica y en revistas especializadas de arte contemporáneo.

-En su libro Vanguardia, internacionalismo y política en la Argentina de los 60 , dice que nuestro país fue el único de América latina que tuvo un programa para insertarse en el ámbito internacional, aunque no se haya logrado.

-Pero tampoco fue un programa de Estado. Se facilitaba lo que se podía, pero no había una política de enviar a los artistas argentinos al exterior, ni había exposiciones pensadas y bien organizadas.

-¿Fue el mejor momento para el arte?

-Fue un buen momento para el mundo en general, en términos de creatividad y de gran expansión de la cultura occidental. En la Argentina hubo mucho dinamismo institucional y apoyo a la experimentación. Galerías como Lirolay presentaban exposiciones raras, no vinculadas con la lógica del mercado. También hay que decir que era un momento de gran inseguridad política, sin tanta libertad, como generalmente se cree que había.

-¿Estamos muy lejos de posicionarnos en el nivel internacional?

-Siempre es posible y aquí hay una cantidad de artistas que permiten pensar en eso. Creo que el gran problema es ver los pequeños logros como éxitos definitivos. Los artistas brasileños tienen mucha más presencia, no porque sean mejores, sino porque cuentan con políticas de promoción muy fuertes, surgidas de una legislación más avanzada en términos de financiamiento de programas culturales, y con mucho dinero.

-¿Cuáles fueron las consecuencias de la última dictadura militar sobre el arte?

- Con el golpe de Estado toda la acción artística que se redujo al taller, porque el espacio urbano estaba vedado. La intervención del poder militar en el campo de la cultura fue efectiva, represiva y censora. Pero muchas cosas se hicieron, de todos modos.

-Se cumplieron cinco años de la crisis de 2001. ¿Cómo salió el arte de esa crisis?

-La percepción inicial fue que todo iba a ser un desastre. Sin embargo, la edición de ArteBA de mayo de 2002 fue un éxito de ventas. Claro: los precios se habían dividido por tres, con la pesificación. Además, la crisis fue un momento de creatividad. Se exploraron muchas formas de producción artística. Hubo un auge de los llamados "colectivos de artistas". Hubo, sin duda, una explosión cultural. Claro que siempre es mejor que no haya crisis...

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