“Donar dinero es una manera atávica de cuidar la especie”

Para Antoine Vaccaro, pensador francés, el hombre lleva la filantropía en los genes
Luisa Corradini
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21 de febrero de 2007  

PARIS.– “Las mortajas no tienen bolsillos”, afirmaba a comienzos del siglo XX el filántropo estadounidense Andrew Carnegie. En Francia, probablemente, nadie haya estudiado y trabajado tanto como Antoine Vaccaro para darle la razón a Carnegie.

Doctor en ciencias de la organización y especialista en gestión de economías no mercantiles, Vaccaro acumula tres décadas de experiencia laboral en organizaciones no gubernamentales y actividad universitaria.

Este dinámico intelectual de 50 años fue director de Médicos del Mundo y de la Fundación de Francia, y es autor de numerosos libros sobre el mundo asociativo, la colecta de fondos y el financiamiento de las ONG.

Pero su celebridad se la debe, sobre todo, a su actividad académica en el Centro de Estudios e Investigación sobre la Filantropía, de la cual es fundador y presidente. Desde allí, Antoine Vaccaro se hizo conocer en todo el mundo por sus reflexiones, decididamente originales, sobre la inclinación natural del hombre a la filantropía.

Decidido admirador de Georges Bataille, Vaccaro ha trasladado a la gran filantropía la teoría desarrollada por el pensador francés en su libro La parte maldita. El hombre que tiene todo, afirma Vaccaro, es capaz de regalar su dinero para seguir conservando cierta forma de intercambio con el prójimo.

"Es una manera atávica, como cualquier otra, de cuidar la especie, de proyectar los genes de la especie hacia el futuro», precisó durante el diálogo que mantuvo con LA NACION.

-El norteamericano Warren Buffet anunció hace poco su intención de donar 37.000 millones de dólares a organizaciones caritativas, transformándose en el campeón de la historia filantrópica. Gran parte de esa cifra irá a la fundación de su amigo Bill Gates. Antes del anuncio, esa institución ya había acumulado 30.000 millones de dólares. Pero ellos no son los únicos. En Estados Unidos también está George Soros, y en Francia Lilianne Betancourt, propietaria de L Oréal. ¿Por qué la filantropía vuelve a estar de moda?

-Hay una gran cantidad de antropólogos que se preguntan qué hay en la vida que lleva a las especies, tanto animales como vegetales, a tratar de enviar sus genes hacia el futuro. ¿Qué hay en ese futuro? ¿Por qué esa pulsión de vida irresistible que lleva a todos los seres vivos a tratar de asegurar la supervivencia de su especie, sobre todo, con aquellos genes que uno cree los mejores? Todos lo saben: la mantis religiosa tiene su propia estrategia, la mariposa también, así como los perros y los gatos. La estrategia del hombre pasa por cierta forma de sutileza social: mostrar que tiene poder. Un poder que se adquiere por la violencia, por el dinero o por el talento. Así como el pavo real usa su cola para atraer a la hembra, los hombres utilizan el dinero y el poder como un adorno para atraer a las mejores mujeres, que les permitirán enviar sus mejores genes hacia el futuro.

-¿La filantropía sería otra forma atávica e inconsciente del macho poderoso de conseguir una hembra que lo ayudará a proyectarse en el futuro?

-Para los antropólogos, la pulsión es tan categórica que lleva al hombre a hacer todo tipo de esfuerzo para mantener activo el intercambio. Y es lógico: sin intercambio, todo se detiene. Intercambio quiere decir evitar la guerra. Evitar hacerse la guerra significa la vida. Y la vida -siempre desde esa perspectiva genética- es poder obtener nuevas compañeras para enviar los genes al futuro. Desde ese punto de vista, la donación no es una forma de abandono de lo que tengo, sino que doy para favorecer el intercambio, con el fin de poder enviar mejor mis genes hacia el futuro. Si yo no estoy en condiciones de entrar en contacto con el otro, todo se detiene y se cierra. Eso significa la muerte. O el fin de las civilizaciones.

-¿No cree que su explicación es exageradamente biologista? ¿No está negándole al hombre su libre albedrío?

-No me parece. La inclinación a donar es una forma como cualquier otra de continuar con el intercambio. En otras palabras: si no hay destrucción voluntaria de la riqueza, las cosas se detienen. Si no tengo más jugadores frente a mí para seguir jugando, la interacción se interrumpe, y probablemente se interrumpa por la violencia.

-Esa, es más o menos, la teoría de Georges Bataille en La parte maldita.

-Bataille hace una síntesis perfecta de cómo, tanto en su forma primitiva como en las actuales, son los mismos fundamentos los que llevan a las sociedades al intercambio fuera del sistema mercantil, bajo aspectos muy simbólicos, muy antiutilitarios. Si no le doy a usted con qué jugar, no podrá ni siquiera comprar mis productos. Bataille lo dice en su libro: yo le doy las bolitas para que usted pueda seguir jugando.

-En los casos de Bill Gates o de Warren Buffet, ¿el atavismo los estaría empujando a la siguiente lógica: si no hago algo por la humanidad, amenazada por el sida y otras pandemias, podría desaparecer la especie y yo me quedaría solo, sin posibilidad de enviar mis genes al futuro?

-O, antes de llegar a ese punto, la cuestión sería resuelta por una explosión incontrolable de violencia.

-Además de esas causas inconscientes e incontrolables, ¿tiene usted alguna otra explicación más social o histórica de la filantropía?

-A esos argumentos hay que agregarles otros que los alimentan. La influencia de la religión, por ejemplo. La mayoría de las iglesias, pero sobre todo las iglesias protestantes, han jugado un papel esencial en el fortalecimiento de la actitud filantrópica. Si eres rico -afirman-, es porque has sido elegido. Ahora, tu obligación moral es explotar ese don al extremo de tus posibilidades. Concretamente, cuando uno sabe que ha sido elegido por Dios, sabe que la contrapartida es ayudar al prójimo. Ese corpus ético fue particularmente desarrollado por Martín Lutero (1483-1546). Desde esa perspectiva, la idea de contrapartida está muy arraigada en la mayoría de las religiones.

-Para usted, la cuestión del intercambio simbólico es cada vez más importante en nuestras sociedades.

-En efecto. La vida actual es vivida, cada vez más, con esa óptica. Hoy, a mucha gente que está empleada se le da dinero a cambio de tiempo en concepto de ninguna función útil. La única función útil en ese intercambio es la paz social. En ese llamado "trabajo fantasma", poblaciones enteras dan cada día ocho o nueve horas de su tiempo y, en contrapartida, reciben unas fichas (es decir, dólares o euros) para que continúen jugando, o consumiendo. Pero nadie necesita realmente a toda esa gente. Si se quedaran en sus casas, el sistema seguiría funcionando. El problema es que si no se mantiene esa suerte de juego, se entra en el conflicto. Conflictos sociales, suburbios que estallan, etcétera.

-¿Cómo definiría usted esa nueva situación?

-Yo creo que hemos entrado en una época que podríamos llamar "del intercambio gratuito". Algo que es totalmente inadmisible desde una óptica de economía política liberal o marxista, donde cada individuo pone en marcha una estrategia determinada para alcanzar una etapa superior. Desde hace un tiempo, vemos aparecer en los países ricos una serie de actitudes por las cuales la gente se sirve gratuitamente y no acepta pagar por las cosas que necesita. Tomemos el ejemplo de los productos descargados de Internet. Cuando se les dice que se trata de un robo, la gente no lo ve de esa manera. Estamos frente a algo que podríamos llamar una ampliación de la gratuidad.

-¿Por qué?

-Porque la gente piensa que la donación no comienza en el momento en que se apropia de ese objeto gratuitamente. Lo consideran como la devolución de algo que se les debe, pues estiman que ellos ya dieron algo al sistema. Eso justifica la apropiación gratuita.

-¿Y cuándo comenzó a producirse esa suerte de enajenación?

-Tengo la impresión de que la responsable es esta situación posindustrial en la que vivimos. Hoy el ser humano está confrontado con una profusión de objetos, cuyo valor es totalmente aleatorio. La gente sabe, por ejemplo, que la fabricación de un objeto determinado cuesta un dólar en China, mientras que en Francia fabricarlo cuesta treinta dólares. Antes, era mucho más fácil comprender el valor de las cosas. Hoy, con la globalización, el valor ya no tiene casi sentido. Tengo la impresión -pero aún no estoy muy seguro- de que todo comenzó hace unos diez años, después de la popularización de Internet y de ciertos mecanismos que permiten obtener las cosas gratuitamente para empujar a la gente a consumir.

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