Ignacio Corsini, una voz inolvidable

Evocación: un nuevo aniversario de su nacimiento trae a la memoria la trayectoria de este cantante, que fue todo un ídolo.
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22 de febrero de 1998  

Tomado de la mano de su madre, los ojos celestes del gurrumín siciliano Ignacio Corsini, de cinco años, se posaron en el paisaje porteño de 1896 con nuestro río color de león lamiendo virtualmente la recova. Igual que los restantes pasajeros, encaró la planchada del buque para descender hasta el puerto finisecular y luego trasladarse a Boedo y Belgrano, en Almagro, donde su vieja comenzó a regentear una fonda.

En la Buenos Aires de entonces habían transcurrido apenas dieciséis años de su federalización y se gestaba un proceso de simbiosis de los foráneos con nuestros hábitos. De ahí que en boliches y patios de barrio se confundieran canzonettas con las bordonas de payadores célebres, comoJosé Betinoti y Gabino Ezeiza, entre otros.

En ese ámbito se formaron las dos expresiones más destacadas del cancionero nacional de aquella época: Corsini y Gardel, nacidos en el extranjero.

Pero la condición gauchesca no se adquiere por generación espontánea, y don Ignacio la abrevó desempeñándose en modestas faenas rurales en una estancia de Carlos Tejedor. Tenía por entonces doce primaveras y durante el descanso el boyerito tomaba contacto con la vihuela en las ruedas de fogón.

Tiempo después volvió a sus lares de Almagro y conoció al actor Pepe Podestá, que lo escuchó entonar un estilo y lo incorporó a su elenco. En ese ámbito conoció a quien sería su esposa, Victoria Pacheco, trapecista y madre de su vástago, el médico Ignacio Corsini.

Fue en Bahía Blanca, allá por 1913, cuando conoció a Gardel, payando juntos en el Circo Cassano y gestándose a partir de ahí una amistad entrañable. La Argentina próspera de la década del 20 lo transformó en gran intérprete de tangos con "Patotero sentimental", de Jovés y Romero. Incorporó a sus cielitos y cifras páginas ciudadanas -"Caminito","Ventanita de arrabal", "Che papusa oí" y "Calle Corrientes", entre otras-, hasta que en 1925 le delegó virtualmente su repertorio al poeta Héctor Pedro Blomberg.

Este escritor de fuste, colaborador de La Nación por aquellos años, describió los tiempos de Juan Manuel de Rosas, igual que Saldías, Carlos Ibarguren, Manuel Gálvez y Paul Groussac, pero desde la canción popular y el radioteatro. Es que ninguna tribuna puede calificarse de menor cuando de rememorar la historia se trata, y así Blomberg buscó sus personajes en los mercados, cuarteles, mataderos y las parroquias rumorosas. También en las tabernas nació su célebre "Pulpera de Santa Lucía", escrita en colaboración con el guitarrista moreno Enrique Maciel. A ese binomio se le debe, entre otras, "La mazorquera de Monserrat" y "La guitarrera de San Nicolás", y una maravillosa "Camila O´Gormann" no musicalizada entre otras composiciones evocativas del Restaurador, admirablemente interpretadas por Corsini.

También los poemas marinos de Blomberg -"La viajera perdida", grabada por don Ignacio y años después por Troilo y Rivero- y " La que murió en París", fresco que se confunde con "Madame Ivonne", "Griseta" y "Mimí Pinsón", en la evocación del arrabal mientra nevaba en la Ciudad Luz.

La trayectoria de Corsini no tuvo la proyección internacional del Zorzal Criollo, ya que su filmografía se redujo a tres películas en la etapa del cine mudo y dos en la del sonoro. De todas maneras su condición de ídolo lo equipara a Gardel como la expresión más trascendente, junto a Agustín Magaldi, del cancionero telúrico de su época. Falleció en 1967 y el 13 del actual hubiese celebrado su cumpleaños, largamente centenario.

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