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Tener registro no basta

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12 de marzo de 2007  

Preocupadas por el evidente incremento de los accidentes de tránsito, las autoridades de la ciudad de Buenos Aires han optado por hacer más rigurosos los exámenes que se les toman a los aspirantes a obtener el registro de conductor. Aunque positiva, esa renovada severidad todavía es insuficiente para revertir esa gravísima situación, de alcance nacional, que tantas secuelas (pérdidas de vidas, incapacidades físicas permanentes, daños materiales) ha dejado y sigue dejando.

La aparente voluntad de firmeza que pretenden transmitir las autoridades se diluye fácilmente frente a la liviandad del trámite para renovar una licencia para conducir que no ha vencido y ante la desopilante decisión de designar sin concurso a un gran número de controladores de infracciones de tránsito.

Casi de más está decir que cuanto se haga en el sentido de ponerle dique a la generalizada mala educación de nuestros choferes es merecedor de aprobación.

Resulta prudente que quienes aspiran a obtener la licencia para conducir no sólo deban demostrar sus condiciones físicas y psicológicas, y sus aptitudes para manejar vehículos. También que deban concurrir a clases instructivas, para luego rendir con éxito una prueba escrita sobre las reglamentaciones de tránsito y otras circunstancias propias de la conducción de automotores.

Sin embargo, tan sólo una intervención forzosamente circunscripta al ámbito porteño -pues hay jurisdicciones en que las licencias son entregadas mediante el pago de un canon, sin más requisitos- impone inferir que resultará ser apenas una gota de agua arrojada a un vasto incendio con la ingenua pretensión de apagarlo.

Esos nuevos requerimientos rigen para los principiantes y para quienes tienen su registro vencido y no lo han renovado dentro de los 90 días contados a partir de la fecha de esa caducidad. En cambio, y según consignó LA NACION, a quienes iniciaban el trámite dentro de ese plazo los aguardaba una gestión breve y reblandecida: por falta de espacio, ni siquiera tenían que asistir a la clase impartida por la ONG Luchemos por la Vida. ¿Cómo se justifica esa discriminación -si se quiere- irritante? En manos de un conductor inepto, poco dotado para manejar o mal preparado para hacerlo, un vehículo se convierte en un arma mortal. Y que se sepa: en esta delicada cuestión, la antigüedad no implica ser más idóneo que un novato correctamente capacitado.

Los resultados negativos de la liberalidad para ser habilitado a conducir vehículos están cruelmente reflejados en las estadísticas de accidentes viales. Para colmo, las infracciones de tránsito son evaluadas por controladores designados "a dedo" por la Legislatura local: se ha podido comprobar que en ese cuerpo revistan funcionarios no preparados para la delicada misión que tienen encomendada y que algunos de ellos llegan allí sólo por ser asesores de gremios influyentes o de dirigentes políticos.

Aquí y en el interior del país causa más muertes por año el alocado comportamiento del tránsito que algunas enfermedades. Si se pretende aplicarle remedio eficiente a esa preocupante realidad, no bastará con seguir mejorando las exigencias planteadas a los aspirantes a conductores: también será menester una acción integral (educación, disuasión, prevención y sanción) sustentada por la absoluta y generalizada convicción de la sociedad de que manejar con prudencia y corrección significa respetarse a sí mismo, respetar a los demás y respetar los principios elementales de la convivencia social.

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