Darín y Peretti buscan La señal

El actor de El aura dirigirá y protagonizará el último proyecto cinematográfico de Eduardo Mignogna
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26 de marzo de 2007  

Tarde de viernes en Palermo Hollywood. Ricardo Darín y Diego Peretti están reunidos en el gran despacho de Pablo Bossi, uno de los socios fundadores de Pampa Films, el sello productor (con Patagonik y Retratos) de La señal, el primero de sus grandes proyectos, que hoy comenzará su rodaje. En un panel de corcho, esperando ser filmados, hay decenas de bocetos –el storyboard de Julián D’Angiolillo– de un par de escenas que transcurren en un parque de diversiones en la década del 50.

Los dos actores, que con sus films más recientes lograron convertirse en figuras convocantes del cine argentino actual, recuerdan que hace un año, en Mar del Plata, intercambiaban ideas acerca de cómo serían sus personajes en el nuevo proyecto de Eduardo Mignogna. El cineasta, premiado con tres Goya, ya había dirigido a Darín en El faro y en La fuga. Para Peretti, que ya había viajado por el tiempo para dar vida a Maidana en El sueño de los héroes y venía de tocar el cielo con la punta de los dedos con Los simuladores (en TV), No sos vos, soy yo y Tiempo de valientes (en cine), era una nueva apuesta que lo entusiasmaba por el desafío.

En junio del año último, la noticia de la temprana muerte de Fabián Bielinsky sacudió a Darín, a quien había dirigido en Nueve reinas y en El aura, y dejaba sin aliento a todo el cine nacional. No fue la única nota triste de 2006. Tres meses después, un segundo golpe –el fallecimiento de Mignogna– volvió a conmoverlo. Aquel guión, que adaptaba La señal, su novela de 2002 (agotada desde 2005), estaba casi listo para ser filmado.

Volver a empezar

Bossi y Darín, comprometidos al igual que Mignogna con el proyecto, debían tomar una decisión. Estaban seguros de que La señal tenía que ser filmada. Darín asegura –en diálogo con LA NACION– que él lo tomó como un mandato, pero que dependía de las decisiones del director de fotografía Marcelo Camorino y de su colega Diego Peretti para aceptar dar el paso. Y Peretti no lo pensó dos veces. Todavía quedaban por ajustar algunas líneas del guión y dar las últimas puntadas al plan de producción. Todos aportaron lo suyo y Darín tomó como propio el legado dejado por Mignogna.

Consciente del desafío que significaba semejante responsabilidad, ya que nunca había dirigido, pidió colaboración a Martín Hodara (ver recuadro) y, codo con codo, estarán pensando desde hoy en qué momento corresponde el grito de “¡cámara, acción!” o el de “corten”, durante nueve o diez semanas de arduo trabajo, sea quien sea el que lo grite.

Además de Darín y Peretti, el elenco de La señal se completa con Julieta Díaz, Andrea Pietra, Charly Bardem, Vando Villamil y el veterano Walter Santa Ana, entre otros.

En la puerta de la productora, en la calle Godoy Cruz, un viejo y lustroso auto negro espera a Corvalán y a Santana, los detectives interpretados por Darín y Peretti. En el interior del edificio se ubica la oficina de los socios en cuestión, parecida a la imaginada por Raymond Chandler para su Philip Marlowe: un escritorio, un par de sillas, el infaltable ventilador de techo, mucha madera y, en el aire, un misterio que se adelanta como “de película”.

La historia escrita por Mignogna tiene lugar en una Buenos Aires diferente, al filo de los cambios que traería la muerte de Eva Perón, en 1952.

Corvalán es un hombre “cascoteado por la vida”, según Darín; Santana, en cambio, además de ser más joven y puntilloso, tiene fe en el futuro. Ambos se dedican a casos menores, contratados por esposos o esposas engañados. En medio de esa espera de algún drama patético y hogareño, Corvalán recibe la visita de una clienta seductora, con un caso poco transparente. Tras el flechazo, todo empieza a oscurecerse aún más. Corvalán cree tener la situación bajo control, sin darse cuenta de que está obnubilado. Por suerte, entre Corvalán y Santana hay una lealtad que va más allá de las palabras, la de otros tiempos, esa que los argentinos estaban empezando a perder. “Primero me hicieron llegar la novela; después me encontré con Eduardo para hacerle una devolución y contarle qué me había parecido”, recuerda Darín.

“Era cuando Eduardo estaba empezando a pensar que La señal podía convertirse en una película. Me enamoré de esa historia. Me encantó la manera que tiene de describir personajes, situaciones, climas y su manejo tan particular del lenguaje. Me parece que Eduardo estaba preocupado por reflotar esos códigos que se daban hace algunas décadas entre los hombres: la amistad, la solidaridad y la forma de tratarse, de hablar. Se lo dije: charlamos acerca de a quiénes nos hacían recordar los personajes, y coincidimos. Corvalán me hacía recordar mucho a mi viejo, en especial por la construcción del lenguaje. Eduardo me decía que le recordaba al suyo. Ahí nomás nos empezamos a juntar con Diego. Hubo charlas, críticas, mucho diálogo y así aparecieron los primeros borradores. No es frecuente que te inviten a participar en la cocina de un proyecto. Generalmente te dan una receta ya cocinada”, asegura.

“Creo –confiesa Darín en su nuevo rol de director– que el guión tiene algo de Nueve reinas y de El aura. Si bien los personajes no se hacen los graciosos, pueden causar cierta gracia. También hay oscuridad. En eso es donde el cine se parece un poco a la vida: en un mismo día tenés tantos registros del afuera y del adentro como horas. De fondo, lo que pasa en La señal es pesado y se va oscureciendo, pero como los personajes no saben qué es lo que les va a ocurrir, atraviesan esas situaciones de la mejor manera posible. No es un humor buscado ni forzado. En El aura se oscurecía el adentro del personaje; en La señal lo que se oscurece es el afuera.”

La oscuridad

“El acercamiento entre personajes y actores se dio en el análisis, en ir armando la estructura, primero con Mignogna, después entre nosotros –interviene Peretti, sobre el proceso de realización–. Esos fueron nuestros ensayos, las discusiones, los ataques de risa que tuvimos al vernos trabados en una escena y tratar de encontrarle una salida. Esto sigue, no va a parar nunca, y creo que después de estrenada la vamos a seguir discutiendo.”

“Cuando uno despega la historia del papel para convertirla en un guión cinematográfico, y cuando este último empieza a caminar por sí mismo, es importante preservar su esencia. Es ahí donde las distintas áreas empiezan a hacer lo suyo. Cada uno vuelca su información y se da un nuevo intercambio. El cine es un permanente aprendizaje. Eduardo, que estaba convencido de que era escritor antes que cineasta, lo tenía en claro”, reflexiona Darín.

“Por suerte, estos personajes no tienen nada que ver con cada uno de nosotros. El talento de Eduardo para describirlos es el que nos acerca a ellos”, insiste el actor. “Lo que sí compartimos con los personajes –interviene Peretti– son sus valores. En eso tenemos un lugar común”, y agrega que para él trabajar en La señal es una recompensa. “Hacerlo con Ricardo me parece un premio, una oportunidad de gozar de la profesión, que no siempre se tiene.”

Cuenta Darín que cada vez que los dos incorporan algo propio al guión original escuchan una voz interior, la de Mignogna, que aporta su opinión implacable. Uno y otro parecen relajados; sin embargo, el codirector no puede disimular sus miedos: “Nos esperan muchas jornadas largas y nocturnas, y si no tenés la energía y el ánimo bien arriba la cosa se hace muy dura. No se trata de una estrategia: a veces se produce, otras no. Por eso, toda vez que se da la diversión, bienvenida sea, porque te carga las pilas para seguir todo lo que te falte”.

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