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Alberto Fernández y De Vido pelean en dos campos de batalla

Carlos Pagni
Carlos Pagni LA NACION
Los desbordes de precios y las elecciones porteñas son escenarios de esta puja
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26 de marzo de 2007  

El desborde de los precios y las elecciones en la Capital Federal son los dos desafíos principales que afronta hoy la campaña electoral de Néstor Kirchner. No son fenómenos aislados. Se trata de los campos de batalla en los que libran una agresiva pelea el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, y el ministro de Infraestructura, Julio De Vido.

Fernández y De Vido son los dos rostros de Kirchner. Hasta fines del año pasado habían mantenido lo que Borges llamaba "una amistad típicamente inglesa, en la que lo primero que se suspende son las confidencias y, al poco tiempo, el diálogo". Pero esa discreción británica se perdió en los primeros días de este año. A mediados de enero, el Presidente recibió en Brasil una llamada del secretario de Comercio, Guillermo Moreno, quien desató sospechas sobre la medición de la inflación del mes anterior. Moreno sugirió una conspiración de funcionarios del Indec: "Manipularon la muestra para el precio de la lechuga y exageraron el peso que tiene Mar del Plata en la medición del turismo". Kirchner le dijo a De Vido: "Lo están traicionando al «Loco»" ("el Loco" es Moreno, claro). Después dispuso la intervención del Indec.

Esa operación escandalosa representa una bisagra en la biografía del kirchnerismo. Porque si bien primero estuvo bajo el control de Moreno, a los pocos días el Indec quedó en manos de Fernández. Fue el avance más importante del jefe de Gabinete sobre la administración de la economía. No el único. Al mismo tiempo que intervino en la confección de las estadísticas, se puso al frente de la negociación con el sector agropecuario. Su respaldo es Miguel Campos, el ex secretario de Agricultura, a quien De Vido consiguió reemplazar por Javier de Urquiza. La designación de Beatriz Nofal en una agencia de promoción de inversiones y el crecimiento de su perfil público también fueron jugadas de Fernández. Tan ostensibles que algunos integrantes de la corte presidencial sospechan que se trata de la puesta en valor de esta economista radical para, a través suyo, tomar el cargo de Felisa Miceli en un gobierno de Cristina Kirchner. Para darle alguna verosimilitud a esa fantasía, Nofal ya hace anuncios sobre lo que ocurrirá hacia 2008: las intervenciones sobre el mercado serán retiradas. Se lo dijo ayer a LA NACION. De Vido y Moreno, tocados.

La pretensión de atenuar el intervencionismo estatal y mostrar a los inversores un rostro más amable demuestra que dentro del oficialismo hay una conciencia clara de los virus que ya incubó la política económica. Pero el optimismo con el que se pretende llevar adelante el giro resulta demasiado ingenuo. Es cierto que las pegajosas injerencias de Moreno en la vida de las empresas estaban destinadas a fracasar desde un comienzo. No tanto por su inconsistencia teórica como por su anacronismo.

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Para entender el problema basta entrar en su despacho. El secretario de Comercio vive entre imágenes de Eva Perón y afiches electorales de la campaña del 49, donde aparece el General sobre la leyenda "Apóyelo". Ese ambiente iconográfico parece salido de un cuadro de Daniel Santoro. Por si queda alguna duda, en la mesa descansa un catálogo del pintor. Esa melancolía por el primer peronismo es la otra cara de los males de Moreno, quien chocó con la dificultad de querer practicar un intervencionismo sin Estado. El mismo suele admitir que para controlar los precios debe esperar a que los empresarios delaten a sus competidores. En un país cuya burocracia fue devastada suena lógico, aunque no edificante.

Sin embargo, la suspensión de las políticas de De Vido y el secretario de Comercio acaso no resulte tan fácil como sueñan en su geometría Fernández y Nofal. ¿Puede Kirchner conservar su poder sin controlar precios y manipular estadísticas? Moreno es un economista más sofisticado que el impertinente personaje que él mismo construyó. Su estrategia pretende, cada vez con menos éxito, resolver el dilema más importante que ofrece la economía para el Gobierno. Por un lado, mantener alto el precio del dólar con la misma devoción con que en los 90 se adoró el 1 a 1. De ese modo se favorece la competitividad de los exportadores de alimentos. Sólo así se podrían seguir aplicando las retenciones gracias a las cuales el Presidente hace caja y controla la política. Por otro lado se procura contener los precios internos para que el gobierno pueda disfrutar de su popularidad en un año electoral. El puente entre ambas metas es lo que, con una cínica sonrisa, los funcionarios llaman "coordinación de las decisiones empresariales". Con las retenciones que se cobran a los exportadores se les asigna un subsidio a los productores para que mejoren su rentabilidad. Para acceder al subsidio hay que pasar, claro, por la palpación de costos que realiza Moreno.

Si retirar los controles sobre los precios supone, en definitiva, abandonar las ventajas políticas del dólar alto, darle transparencia al Indec significa reconocerles ganancias caudalosas a los propietarios de bonos que se ajustan por inflación. "Cuando Kirchner mira el índice de precios está pensando en lo que tendrá que resignar de su caja para pagar a los bonistas", suele confesar De Vido. En otras palabras, desde el Indec se negocia también la deuda. La manipulación de las estadísticas es un minidefault. ¿Lograrán Fernández y su protegida Miceli cumplir con la promesa de concursar los cargos técnicos del instituto?

Las dificultades de liberar los controles de precios y darle transparencia al Indec hacen que De Vido y Moreno se sueñen invulnerables frente a lo que, sospechan, es un ataque desde la otra ala del oficialismo. Ellos son operadores de un modelo que para funcionar requiere ser manipulado todos los días (si es que a algo que se comporta de esa manera se lo puede llamar modelo). Colaboradores del ministro lo escuchan decir a diario que "hay una embestida contra nosotros, los pingüinos, para dejarlo solo a Néstor y después acorralarlo". Parece que hablara Luis Barrionuevo o Julio Mera Figueroa denunciando a Domingo Cavallo y a Eduardo Bauzá en los 90. ¿Las denuncias de corrupción que comienzan a cubrir las páginas de los diarios son parte del mismo complot? Falta poco para que De Vido y los suyos digan que sí.

Los adversarios de Fernández en esta disputa por el control del Gobierno esperan tener su revancha en las elecciones porteñas del 3 de junio. No es que la deseen, pero suponen la derrota de Daniel Filmus y, detrás de ella, un eclipse del jefe de Gabinete. No se animan a trabajar para Jorge Telerman. Al menos en público. La caída del ministro de Educación sería para ellos el escarmiento a un desmanejo que empezó con la captura de Borocotó y la designación de Rafael Bielsa como embajador en Francia, siguió con la caída de Aníbal Ibarra y se completa ahora con el lanzamiento de Ginés González García defendiendo el aborto, mientras la luminaria electoral del gobierno, Daniel Scioli, se fotografía con Benedicto XVI y se arrodilla en Luján junto a los obispos. Sueñan los pingüinos: si Filmus pierde, cesaría la embestida y se replegarían los que ven en la candidatura de Cristina Kirchner un modo de "mantener el proyecto y cambiar de gobierno".

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