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Hay que repensar todo el sistema

Por Pablo J. Bereciartua Para LA NACION
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22 de abril de 2007  

Nadie puede dejar de notar el desarrollo positivo de la economía de nuestro país en los últimos años, lo que ha permitido reactivar una gran variedad de industrias y acceder a beneficios económicos y sociales tales como la mayor cantidad y calidad de empleo, y el desarrollo de las economías regionales, principalmente aquellas orientadas a la exportación. Estas circunstancias positivas no sólo pueden observarse en indicadores macroeconómicos como la tasa de crecimiento del PBI, sino también en la densidad del tráfico de camiones en nuestras rutas, en el alto nivel de actividad en los puertos, o los ineficientes y muchas veces atestados medios de transporte urbano de pasajeros. Esto no debe sorprendernos si consideramos que el transporte es parte inevitable y determinante de la actividad económica y el comercio de un país, y que el nuestro presenta un cuadro deficiente, retrasado y en muchos aspectos crítico, en relación con sus capacidades para movilizar personas y cargas.

En el caso de pasajeros, es insostenible la tasa de accidentes que se reportan en nuestras rutas y que alcanza a los 30 muertos diarios y nos coloca a la cabeza entre los países de mayor riesgo de tráfico. Las causas están dadas en la baja disponibilidad de autopistas y autovías, y el estado deficitario y muchas veces inexistente de medios alternativos, como son el ferrocarril y el transporte aéreo. Nuestra dotación de autopistas y autovías es al menos un orden de magnitud inferior a la de los países avanzados y la mitad de la de nuestro vecino país Brasil.

La situación del transporte de cargas es igualmente crítica y deficitaria, y representa un cuello de botella real para alcanzar altas tasas de crecimiento de la economía que se proyectan para el corto y mediano plazo. Entre las principales limitaciones están las restricciones en los accesos por tierra y agua a los puertos y pasos internacionales, las capacidades de acopio en origen y manipulación en puertos y nodos de trasbordo, y las infraestructuras para transporte inter y multimodal. Basta con mencionar que se estima que el costo de transporte y logística, para algunos complejos productivos, puede alcanzar entre 20 y 30% del valor exportable, llegando así hasta duplicar los de la competencia. Estudios recientes muestran que el mayor peso de estos costos los sufren las pymes exportadoras, que son el sector más dinámico en la generación de oferta de productos con mayor valor agregado y de empleo calificado.

Oportunidad excepcional

Frente a la evidencia de una oportunidad excepcional para nuestro país, tal como no se ha presentado en décadas, la pregunta pendiente de ser respondida es si podremos aprovecharla o si por el contrario veremos frustrados una vez más cómo se alejan las posibilidades por no estar adecuadamente preparados. Podremos aprovecharla si con vistas a futuro generamos un sistema de transporte moderno y eficiente, tanto para pasajeros como para cargas, que nos permita ser competitivos al momento de ofrecer nuestros productos y servicios al mundo.

La globalización imperante es sinónimo de mayores niveles de movilidad no sólo de información, sino también física de personas y de cargas. Nuestro país se encuentra en una posición geográfica singular que transforma al transporte en una limitante real y determinante de la competitividad de nuestra oferta en los mercados globales. Este es el desafío de la movilidad hacia afuera.

El transporte también debe pensarse como un elemento de desarrollo del territorio. Nuestro país tiene un grado de concentración y centralización de la población y la actividad económica que limita sus posibilidades de desarrollo. Las grandes ciudades deben articular políticas para fomentar el desarrollo de ciudades satélites, y descongestionar así los saturados centros urbanos. A su vez, se debe promover el desarrollo de nuevos polos productivos en zonas más alejadas, de modo de alentar la migración y relocalización de inversiones. Este es el desafío de la movilidad hacia adentro.

Un ejemplo de estas iniciativas sería la promoción de un polo de industrias pesadas y de energía en la zona cercana a Puerto Madryn, que se beneficiaría de la cercanía a un puerto de aguas profundas, de la disponibilidad de energía mareomotriz renovable, fomentaría el desarrollo y la migración hacia la Patagonia, y ayudaría a descongestionar el área cercana a la ciudad de Buenos Aires.

Como sucede con la energía, el transporte requiere para su desarrollo una planificación integrada a mediano y largo plazo, que esté basada en un cuadro de incentivos e instrumentos de gestión que alienten y dirijan la inversión pública y privada. La continuidad, el cumplimiento y la transparencia de los esquemas de gestión son un aspecto clave.

Desarrollo equilibrado

Aprendiendo de la experiencia de otras regiones que han enfrentado este desafío, tales como la Unión Europea en las últimas dos décadas generando visiones de hasta 2050, o los EE.UU. desde su programa de desarrollo de autopistas de la posguerra, el sistema de transporte debe repensarse en torno a tres premisas principales.

En primer lugar, promover un desarrollo equilibrado del territorio y de sus potenciales industrias regionales. Se trata de generar una visión federal del desarrollo del país y alentar un esquema de incentivos a las inversiones públicas y privadas en el sistema de transporte que sea consecuente con esa visión.

Luego, promover corredores integrados de exportación que reduzcan a un mínimo los costos de movilidad de los productos y que permitan contar con vías alternativas de salida.

Por último, contar con un esquema institucional de planificación, implementación y gestión integrada del sistema de transporte con capacidades y atribuciones para administrarlo de modo eficiente e inteligente.

El actual esquema no cumple con esas características, sino más bien fomenta importantes distorsiones. Un tema no menor es regularizar la asignación impositiva y de subsidios con el objetivo de volver a orientarlos a los fines originales. Otro es disponer de la capacidad para optimizar soluciones tecnológicas en relación con los vehículos y combustibles, con las emisiones e impactos ambientales, y con el diseño de grandes infraestructuras.

El paradigma que prevalece en nuestro momento de la globalización no es aquel que sostiene que el mundo es plano, sino, por el contrario, el que mantiene que en un contexto donde la oferta de bienes y servicios crece de modo acelerado en todas las latitudes, la geografía y las distancias son cada vez más significativas y determinantes para pensar posibilidades y estrategias de desarrollo.

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