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El ingeniero

Fundador de Pro, el empresario apuesta a ganar, esta vez, la Jefatura de Gobierno de la Ciudad. Hay quienes lo acusan de ser frío y desangelado, pero él dice que se trata de prejuicios y confiesa que busca tener más recato en su vida privada
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13 de mayo de 2007  

Nos encontramos en el café del Museo de Arte Decorativo en la Avenida del Libertador y Pereyra Lucena. Es lo más personal que pude lograr de este encuentro. El Mauricio Macri de las revistas del corazón recibía en Terrazas de Manantiales de Punta del Este o en la casa de su padre en Palermo Chico. El Mauricio empresario, en las oficinas de Socma, en Catalinas; el del fútbol, en Casa Amarilla. El político, en la sede de Compromiso para el Cambio de la calle Alsina. Este Macri 2007 aleja cada vez más lo público de lo privado. Pone una distancia enorme. No hace concesiones. Como diría Pablo Milanés, “no confiesa ni una pena”. Este hombre de 48 años, nacido en Tandil, recibido de ingeniero civil en la Universidad Católica Argentina, ha sido elegido diputado nacional por la Capital y dona su sueldo a dos comedores carecientes de la ciudad. Llega a esta candidatura divorciado de su mujer, Isabel Menditeguy; con sus tres hijos, Agustina, Gimena y Francisco, ya grandes, y con un padre que parece haber vendido muchas de sus empresas. En 1991 fue secuestrado por una banda de ex policías que lo tuvieron encerrado durante quince días. Hoy se postula nuevamente para la jefatura de gobierno porteño, ya que hace cuatro años no pudo lograrlo en la segunda vuelta frente a Aníbal Ibarra. Es de pocas palabras, lo que lo diferencia del resto de los políticos.

–Hago cuentas, y resulta que hace más de veinte años que lo entrevisto. Primero como joven “play boy”, luego como “el heredero”, más adelante por su casamiento con Isabel Menditeguy, después por Boca y finalmente como político. Y siempre fue difícil. Este Mauricio Macri 2007, ¿está cómodo en este lugar?

–Cuando yo me paro en el lugar de lo que quiero hacer y de los sueños que pueden hacerse realidad, me siento feliz. Cuando me quieren llevar a otros temas, no me gusta, y lo considero injusto. Nadie puede dudar de que lo único que nos mueve a mí y a mi equipo es a hacer un aporte. Hay que tener mucha mala fe para buscar otra explicación.

–Cuando la pelea era con Ibarra, mucha gente tenía miedo de que usted creyera que la ciudad se manejaba como una empresa. Pero Telerman puso una “pica en Flandes”. ¿Es muy peligroso para usted?

–No. Le diría que en el 99% de los temas está proponiendo las mismas cosas que nosotros. La diferencia es que él ha gobernado junto al mismo tipo de gente en los últimos nueve años y, más allá de sus buenas intenciones, la ciudad está peor en todos los aspectos.

–Entiendo que, finalmente, en esta carrera política usted parece haber asumido una cuota importante de ambición.

–Mi ambición es tener sueños. Yo decidí que en la vida es mucho más importante hacer que tener. Me tocó vivir en una sociedad en la que a mí me iba bien y a la mayoría le iba mal, y la verdad es que no es lindo. Lo lindo es compartir tu alegría con la mayoría de la gente...

–Usted es el niño rico que tiene tristeza…

–Pienso que muchos me habrán castigado hace cuatro años por eso mismo, aun sabiendo que nosotros teníamos mejores propuestas. Pero hemos perseverado durante cuatro años, recibiendo golpes, aprendiendo, acercándonos más a la gente. Espero que esta vez nos den la oportunidad.

–¿Con qué criterio eligió a Gabriela Michetti como su vice? Parece el cerebro del Pro.

–No sé si es el cerebro... Es el corazón, es la pasión por la revolución ética e ideológica que el Pro quiere hacer. Pienso que elegí a Gabriela objetivamente, porque era la presidenta del bloque y era quien más había crecido en estos cuatro años juveniles que llevamos en política. Tengo una afinidad completa con ella.

–Mucha gente fantasea con que pueden formar una pareja...

–Tenemos algo más profundo todavía que la pareja: un respeto recíproco muy importante.

–¿Ahora no tiene novia?

–No.

–¿Lo ayuda circular solo en esta etapa?

–En este momento siento que necesito dedicarme tranquilo a la campaña. No me viene mal. Ya sé que inevitablemente voy a tener que aceptar que mi vida privada sea pública; pero, igual, eso no significa que me pueda gustar esa situación: no me va a gustar nunca. A mí me gustaría una sociedad en la cual se dividiese el hombre público del hombre privado. Si vieran la relación que tengo con mis hijos se romperían muchos prejuicios; por ejemplo, el de que soy una suerte de robot. En cambio, tengo con mis hijos una relación muy afectuosa, un amor incondicional por ellos. Ayer vino el menor a dormir a casa y hablamos durante media hora.

–En todas las notas aparece la figura de su padre y poco la de su madre. ¿No es extraño?

–Mi madre tuvo un rol central en nuestra educación. Ella es una mujer austera, tímida, que siempre nos puso límites.

–¿Cada cuánto la ve?

–La llamo una vez por semana. Y en invierno, los domingos voy a comer o paso a saludarla.

–¿Sigue habiendo esas reuniones tan italianas de familia?

–No, ya no.

–¿Por qué?

–La cosa se dispersó. Mi hermano se fue a vivir a San Pablo, mi otro hermano vive bastante lejos, en el Gran Buenos Aires.

–Esos famosos partidos de fútbol en su quinta, adonde iban los jugadores de Boca, ¿siguen existiendo?

–Todos los sábados hay fútbol, aunque yo juego más salteado porque ahora estoy más viejo. Tengo la alegría de jugar con mi hijo, que por suerte lo hace bien, así que no necesita ser dueño de la cancha para que lo pongan.

–Y usted, en estos años, ¿entendió que tiene que hacer alguna concesión para poder convencer?

–Sí, aunque hay días en que me enoja, porque me topo con muchos prejuicios y lo considero injusto. Pero, ahora, la mayor parte del tiempo trato de ponerme en el lugar del otro. ¿Por qué hay que subestimar tanto a alguien que, teniendo todo, te quiere ayudar? Yo no soy tan tonto como para no entender qué es lo que les falta a los demás.

–¿En qué sector social percibe eso?

–En la clase media postergada, agredida por los años de fracaso de la política. No en el de más abajo, que cree muchísimo más.

–Volviendo a lo cotidiano, se dice de usted que es frío, que le falta encanto, que no se afloja...

–Lo que pasa es que he estado muchos años teniendo que defenderme.

–¿Quién lo atacaba?

–Yo me he metido en sistemas que no eran los propios. Primero me atacó el sistema del fútbol. Después, como hicimos las cosas bien y los resultados mandan, tuvieron que reconocer que habíamos hecho un aporte. Mi crítica es al poco acompañamiento que he tenido por parte de los que nunca han hecho política.

–Coincide con Roberto Lavagna y con Francisco de Narváez en esto: reclaman el apoyo de sectores no cooptados por los partidos. Se refieren a los argentinos que hablan desde el sillón de la casa.

–Exactamente, o desde la tribuna, como si fuese un partido de fútbol; “¡Corré, pateá!”. Esto no es un partido de fútbol. Hay que participar, jugársela, defender a la sociedad en la que vivimos. Si un chico que tiene paco hasta el último rincón del cerebro te pega un balazo, se acabó tu vida. Pero, ¿por qué ese chico consume paco? Porque no supimos hacer un sistema por el cual ese chico terminara el colegio.

–Usted dijo en una entrevista que a veces sentía que lo apuraba el tiempo...

–Siempre fui ansioso, pero después del secuestro me puse peor. Tiene que ver con que no sólo me robaron quince días de mi vida, sino también con que una parte de mi ser me fue violada. Cualquier delito es una violación, pero ésa debe de ser la más perversa de todas, y me creó una ansiedad adicional.

–Es tan interesante el tema del tiempo en relación con su secuestro que es una pena que no lo relate de manera más personal...

–Claro.

–Pero usted se pone tenso y evita el tema.

–No es un lindo recuerdo.

–Me imagino, pero a veces “no hay mal que por bien no venga”.

–¿A ver? ¿Cómo se hace?

–Hablando. A mí me resulta más humano el Mauricio al que secuestraron, al que le fue mal con las parejas, que el que me habla de los hospitales. Si usted expresara sus sentimientos produciría más empatía.

–Está bien lo que usted dice…

–Cambiando de tema; el mismo día del asesinato del maestro Carlos Fuentealba, en Neuquén, usted dijo que no había un acuerdo con Sobisch. ¿No fue muy oportunista?

–A mí me preguntaron si era socio de So­bisch. Yo respondí la verdad. Si hoy me lo volvieran a preguntar diría: “Sobisch no está en la ciudad”. Cuando me preguntaron si estaba a favor de pedirle la renuncia a Sobisch, dije que no, que hay que respetar la institucionalidad de Neuquén. Esa fue toda mi respuesta a un reportaje que yo no podía evitar. Después, Télam puso como título “Macri se aleja”, porque contesté con la verdad a esa pregunta.

–La izquierda y el progresismo argentino no le tienen simpatía. ¿Por qué será?

–Al que más daña el prejuicio es al que lo tiene. Si tengo la oportunidad de gobernar, los que son honestos van a reconocer lo positivo que voy a hacer. Esto ya me pasó muchas veces en el fútbol. Mucha gente con prejuicios luego se acercó, pidió disculpas y dijo: “Lo que hiciste acá está muy bien”.

–¿Qué sociedad, anónima o de hecho, maneja a los cartoneros? ¿Para quién trabajan?

–Para centros de acopio que trabajan en negro..

–¿Por qué no se los pone en blanco?

–Lo que nosotros planteamos es que trabajen en un lugar cerrado, con guantes, con barbijo, con cargas sociales y jubilación. El reciclado existe, y hay que ponerlo en marcha, porque es una forma de cuidar el medio ambiente y solucionar el problema de la basura. Esto no puede hacerse artesanalmente y en la calle.

–¿No se sabe qué empresa está detrás?

–No se quiere saber.

–¿Cómo es posible? ¿Usted lo sabe?

–Yo, hoy, no lo sé: pero cuando tenga el poder público voy a intentar poner en evidencia quiénes son.

–¿Quién es hoy el enemigo número uno del gobierno?

–La improvisación. La falta de planes a largo plazo. Sus propias limitaciones. Nunca el mundo tuvo la capacidad de crecimiento que tiene hoy. Nunca la Argentina tuvo, por la conformación de los aparatos productivos, la oportunidad que tiene hoy. Por eso, su único enemigo es su incapacidad de proyectar. No hay otro enemigo.

–¿Qué lo diferencia de Lavagna?

–Yo sólo pienso en lo que necesitan los vecinos de Buenos Aires. No tengo nada que hablar sobre temas nacionales.

–Hablando de un tema nacional, ¿usted hoy es menos enemigo del Gobierno que antes?

–No sé, no hablo con ellos. El Gobierno, de hecho, no habla con nadie, así que no quiero saberlo. Pero tengo la sensación de que hay sectores inteligentes del Gobierno que se dan cuenta de que, si la Ciudad está mejor conducida, eso va a ser muy bueno para ellos.

–¿Usted qué aprendió como legislador?

–Me di cuenta de que no es para mí, y menos en un contexto en el que el oficialismo tiene la mayoría absoluta, con lo cual no le interesa ninguna opinión de la oposición. Yo, claramente, no soy un hombre de la política.

–¿Qué cambió de su vida cotidiana a partir de la política?

–El único sacrificio que debo hacer es tener más recato en mi vida privada.

Fotos: Daniel Pessah/Graciela Calabrese

Para saber más: www.pro.com.ar

Un candidato en la escuela

Con portafolios

–Recuerdo el primer día de clase, el miedo que tenía. No me dejen acá solo –pensaba–. Quién es toda esta gente, qué me van a preguntar, quién es esta señora. Señora a la que terminás amando, porque es maravillosa.

Un recuerdo 

–Mi abuela fue una mujer severa pero justa, que influyó mucho en mi educación. Las noches de Reyes estábamos todos los primos en Tandil, y poníamos pastito y agua para los camellos. A la mañana siguiente, corríamos al patio para ver cuáles eran los regalos. Un día llegamos y había un tractor. Todos corrimos a ver de quién eran los zapatos que estaban debajo. Adiviná de quién eran. Eran los de ella, para que todos usásemos el tractor. Eso me quedó muy marcado. Mi abuela era una grande.

Clases, recreos y vereda 

–Como estudiante tuve etapas. Al principio fui bastante buen alumno; después, regular. En la facultad, empecé de regular a menos y menos. Más adelante, como me casé muy joven, terminé asumiendo que o hacía las cosas bien y me recibía muy rápido o no me iba a recibir nunca, y ahí me transformé en un buen alumno y terminé los últimos años con un buen promedio. ¿Por qué tuve más amonestaciones? Por jugar al fútbol en el patio con una chapita. Recuerdo los retos de mi mamá porque tenía que comprar zapatos a cada rato porque yo los destruía jugando al fútbol. Siempre fui de hacer cosas diferentes: organicé viajes con el colegio, giras de fútbol, campeonatos entre amigos, siempre fui de organizar...

Al maestro con cariño

–De chico me marcaron mi tío Jorge, el hermano de mi mamá, y algunos empresarios, como Vittorio Orsi. Hoy, mis maestros son mis hijos adolescentes (tienen 24, 21 y 17). Tuve maestros que descubrí a través de los libros, como Gandhi. 

Lecturas de infancia

–La noche de la libertad me marcó. Tenía 16 años y a partir de entonces empecé a leer siempre biografías, porque me pareció una forma inteligente y divertida de leer la historia a través de la visión de un hombre. 

La educación porteña

–Hay que recuperar el entusiasmo por reinvertir en educación. Es necesario que el recurso quede en el aula. Que lo perciba la familia en términos de mejora de la calidad. Que lo perciba el docente por su salario y por su capacitación. Esto se ha desvirtuado mucho: hay grandes enunciados, pero no se han cumplido ni el estatuto del docente ni las leyes vigentes.

Mensaje a padres y docentes

–Les diría que desde hace nueve años la ciudad está gobernada por la misma corriente política que, más allá de sus buenas intenciones, no tiene un solo indicador por el que podamos decir que la ciudad está mejor. Todo funciona peor; por eso estamos acá. Tenemos un buen equipo de mujeres y de hombres; hemos perseverado siempre proponiendo cosas y queremos la oportunidad de demostrar lo que se puede hacer juntos, porque yo, sin los padres, sin los docentes, sin los médicos, sin los vecinos en general, no voy a poder hacer nada. Es una decisión colectiva: cambiar los valores con los cuales nos hemos manejado, y empezar a hacer más y a hablar menos.

El corazón mirando al Sur

–¿Cómo puede ser que los mejores docentes no estén en la zona sur? Se supone que, con los principios de igualdad, los mejores recursos, la mayor inversión tienen que estar en las zonas más expuestas. Nuestro compromiso es una fuerte inversión en la zona sur: en salud, en urbanización, en todo lo que hace a levantar la desigualdad que existe entre el Norte, el Centro y el Sur. El desafío no pasa por los planes enunciados, como el programa Deserción Escolar Cero, en el que se gastó mucho en publicidad y se incluyó a muy poca gente.

Escuela ideal

–Pasa por la armonía, la convivencia, el respeto, la paz, entre la familia y la escuela. Donde se perciba el respeto de niños y adolescentes a sus derechos, al saber, al docente, a su autoridad, a sus condiciones de trabajo, a su salario, a su capacitación. En ese contexto uno crea una escuela ideal. Hoy se ha perdido todo eso.

Escuela real

–La tendencia dice que la escuela cada vez se aleja más del ideal: uno encuentra más violencia, menos respeto por el docente, menos respeto por el que quiere ingresar por falta de vacantes, menos respeto hacia alumnos y docentes por falta de mantenimiento, de equipamiento. Hace más de diez años que la escuela en la ciudad viene en franca decadencia.

Gustos y disgustos

–Cuando tiene que hacer compras, ¿adónde va?

–Antes, Isabel me compraba mucha ropa y tenía muy buen gusto. Ultimamente, no me queda más remedio (se ríe por primera vez) que comprarla yo. Ahora, cuando necesito algo, voy yo. Y cuando llego a casa, como vivo solo, me tengo que preparar la comida.

– ¿Alguien le deja la comida hecha y usted la calienta en el microondas?

–Sí, pero ahora prefiero ensaladas, que me preparo yo.

–¿Alguna vez se hizo un té?

–Sí, en viaje de vacaciones.

–¿Y ha tendido la cama?

–También en vacaciones.

–¿Cómo es su tiempo de ocio?

–Estar con los chicos, con amigos.

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