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Una historia del Sahara

MIRA SI YO TE QUERRE Por Luis Leante-(Alfaguara)-312 páginas-($ 35)
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20 de mayo de 2007  

No fue un genocidio que haya ocupado demasiadas páginas en la prensa internacional. Tampoco ha merecido, como Hiroshima y Vietnam, la producción de Hollywood. No obstante, el 6 de noviembre de 1975, El Aaiún -la capital de una antigua colonia ibérica ubicada en el Sahara occidental- fue rociada con napalm y bombas de fósforo blanco, en una operación militar conjunta de Marruecos y Mauritania, con el consentimiento silencioso de España, su histórica "protectora". La operación, que se recuerda desde el lado marroquí con el nombre de la "Marcha verde", devastó casi por completo al pueblo saharaui. Desde entonces, replegados en la hammada , la parte más inhóspita del desierto argelino, los saharauis (que se diferencian de otras tribus nómadas por su organización social y cultural, en la que predominan las mujeres) sobreviven en campamentos de refugiados, a la espera de un referéndum internacional que les otorgue el derecho a la autodeterminación.

Al ritmo del pasodoble que da título al libro, con una mirada entre realista y cinematográfica, Mira si yo te querré aborda este tramo conflictivo de la historia saharaui-española que es en la actualidad -o debería serlo- un problema candente en las agendas diplomáticas, pero que empieza treinta atrás, con el ocaso de la dilatada tiranía de Franco.

La narración transcurre en dos planos temporales: la contemporaneidad y el pasado, más precisamente entre el año de la muerte del Generalísimo y la llegada del nuevo milenio. Al igual que Ultimas tardes con Teresa , de Juan Marsé, la novela de Leante plantea una confrontación de clases sociales, apelando a la típica historia de amor entre la chica rica y el muchacho pobre. A ello habría que añadirle el choque entre dos culturas, la española y la árabe, que han mantenido, a lo largo de varios siglos, una intensa ligazón de amor-odio.

El protagonista de esta novela se llama Santiago San Román. Es un humilde mecánico "charnego" (un inmigrante interno en términos catalanes) que intenta disfrazar su extracción social paseándose por Barcelona en autos lujosos, sacados a hurtadillas del taller en el que trabaja. En una de esas excursiones, conoce a Montse Cambra, una chica de la alta burguesía catalana que está preparando su ingreso a la facultad de Medicina. Ambos se sienten fatalmente atraídos y el romance -que apenas dura un verano- tiene efectos drásticos. De pronto, a raíz de un embarazo que la familia de ella, por supuesto, no aprueba, el affaire da un giro hacia una relación tormentosa y prohibida que termina, previsiblemente, por separarlos. Empujado por el desencanto, luego de cumplir "la mili", Santiago se ofrece como voluntario de la Legión española y elige como destino el Sahara occidental. Sin demasiado daño en lo aparente, Montse prosigue sus rutinas de niña burguesa.

La historia se retoma veinticinco años después. En el comienzo del nuevo milenio, una serie de "contingencias" asociadas -para nada casualmente- al cambio de siglo, hacen que la relación frustrada empiece a reconstruirse paso por paso, ahora enmarcada en los confines áridos del desierto, entre el fragor de la lucha del pueblo saharaui y la supervivencia de los últimos legionarios durante la agonía de Franco. En una huida precipitada hacia el desierto que recuerda vagamente el exotismo neorromántico de El cielo protector , de Paul Bowles, Montse -ya recibida y casada con un amigo de su familia- decide dejarlo todo y partir en busca del cabo Santiago San Román, que se ha pasado al bando "traidor", sumándose a la causa de los saharauis.

Por Mira si yo te querré , Luis Leante (Murcia, 1963) ha merecido el Premio Alfaguara de Novela 2007. En un comunicado de prensa, el jurado señala que "ha valorado la fuerza expresiva con que se describen los paisajes y la vida de la última colonia española en Africa". Resulta paradójico, pero tanto énfasis en la belleza y la magia del desierto -que habrá que leer entre líneas como otra apuesta "políticamente correcta"- no se condice en absoluto con una prosa anodina y conformista, que nunca se aventura más allá de los quince o veinte palabras por oración.

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