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Con una comicidad siniestra

Ernesto Schoo
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29 de junio de 2007  

Atendiendo al señor Sloane , de Joe Orton, versión de Marcelo Ramos. Dirección: Claudio Tolcachir. Con Alejandro Urdapilleta, Verónica Llinás, Osvaldo Bonet y Matías De Padova. Escenografía y diseño de sala: Alberto Negrín. Luces: Jorge Pastorino. Vestuario: Renata Schussheim. Musicalización: Damián Laplace. Producción: Marcelo Ramos, Gabriel Maresca y Gonzalo Ramos. En la Ciudad Cultural Konex, Sarmiento 3131. Duración: 140 minutos (con intervalo).

Nuestra opinión: muy bueno

Estrenada en Londres en 1964 y en Buenos Aires en 1968, con dirección de Alberto Ure e interpretación de Tato Pavlovsky, Noemí Manzano, Jorge Mayor y Tacholas, Atendiendo al Sr. Sloane permaneció tres temporadas consecutivas en cartel, en la sala Planeta. Se entiende: obra maestra del talentoso y desaforado Joe Orton (1933-1967, asesinado a martillazos por su amante, Kenneth Halliwell), es un impío descenso a los infiernos, sin concesiones y sin otras pausas que las inevitables carcajadas con que un público fascinado saluda sus ocurrencias al vitriolo. La acción transcurre en la Inglaterra de aquellos años, pero es aplicable a cualquier tiempo y lugar, porque la condición humana es siempre la misma: una desesperada huida de la soledad, para atenuar la cual se recurre a cualquier expediente, ya sea el crimen, la droga, la orgía o la nada.

El señor Sloane es un muchacho apuesto cuyo único capital es su cuerpo y el sexo, su única herramienta de trabajo. No aspira sino a ser mantenido por hombres o mujeres; le da igual y, para lograrlo, desdeña todo escrúpulo. A la pobre Kathy -de cuarenta y dos años, aniñada y algo tonta- le hace el cuento del huérfano desvalido y consigue instalarse en la casa que ella comparte con su padre, Kemp, un anciano cascarrabias que desde hace veinticinco años no se habla con su otro hijo, Eddie, porque una vez lo sorprendió masturbándose, en la adolescencia. Desde la entrada de Kemp se instala el conflicto: ¿dónde pudieron verse, él y Sloane, años atrás? Un turbio pasado comienza a volver: el ex patrón de Kemp, un famoso fotógrafo de modas, levantó una noche a alguien que lo asesinó... La llegada intempestiva de Eddie, a quien aparentemente le va bien en negocios no especificados y fanfarronea sobre sus socios ricos, que viven en mansiones con piscinas en forma de riñón y lo convidan con bebidas espirituosas y caviar ruso, complica las cosas: Sloane, es evidente, lo atrae de inmediato, seduciéndolo con sus éxitos deportivos y la mención intencionada de ciertas intimidades masculinas en el orfanato.

Así se plantea la trama en el primer acto, con el despliegue de una comicidad que sólo puede calificarse de siniestra. En el segundo, la oscuridad se acentúa: Sloane es el perverso manipulador de Kathy y Eddie (aunque éste pretenda, en vano, dominarlo); los días de Kemp, que ha reconocido al asesino de su patrón, están contados. La patética cursilería de los personajes revela, en sus grietas, la verdad: los cuatro sobreviven, asustados, en un mundo sin compasión, fingiendo grandezas y romances inexistentes, y no habrá redención para nadie. Orton ha escrito una obra feroz, una auténtica tragedia que aparenta desembocar en un acuerdo (los hermanos compartirán al bello intruso) pero que en realidad se abre a un horizonte tenebroso. Detrás de las risas, aúlla la desolación.

Un gran elenco

En otro tramo ascendente de su carrera, el talentoso Claudio Tolcachir ( La omisión de la familia Coleman ) conduce con mano segura esta despiadada farsa, donde reluce la audaz irreverencia de su autor (de quien se conoció aquí, asimismo, Botín, Lo que vio el mayordomo y El rufián en la escalera ). Cuenta con un elenco de lujo: Urdapilleta, en la cumbre de su talento y de esa sugestión, que tan sólo él sabe crear, de estar siempre al borde de un estallido delirante; Verónica Llinás, en la plenitud de sus dones, y Osvaldo Bonet, certero en el manejo de una vasta experiencia. Es grato consignar que el joven Matías De Padova, en el difícil personaje de Sloane, está a la altura de sus colegas. Espléndida la ambientación de Negrín; sugerentes las luces de Pastorino, y mordaz el divertido vestuario de Renata Schussheim.

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