El día en el que los copos "taparon" la Gran Guerra

Por Ernesto Castrillón De la Redacción de LA NACION
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10 de julio de 2007  

Para los madrugadores porteños, los diarios del 22 de junio de 1918 guardaban noticias muy interesantes: por ejemplo, cómo se estrellaban contra el fracaso los estertores de la última ofensiva alemana contra París, ciudad a la que los germanos habían llegado muy cerca (apenas a 70 km) antes de ser frenados por las tropas del general francés Mangin, en la Primera Guerra Mundial. Corrían en la Argentina los primeros tiempos del primer gobierno de Hipólito Yrigoyen, con el cóctel de críticas periodísticas que no movían una línea del inescrutable rostro del líder radical.

Para los porteños, sin embargo, ese sábado 22 de junio de 1918 guardaría en el cielo sorpresas más atractivas que la primera plana del diario. Porque quedaría grabado en la memoria como el día en que nevó sobre la ciudad. Una verdadera nevada, con mayúsculas, que dejaría un manto de 8 o 10 centímetros, muy distinta de las ráfagas de aguanieve que algunas veces sorprendían a los porteños. Esa vez se trató de una densa nevada, que cubrió con un tapiz impensado la silueta de plazas y edificios de la ciudad.

La Plaza del Congreso, por ejemplo, pasó a convertirse, por unas horas, casi en una plaza europea, con sus canteros ocultos por el manto blanco, con sus monumentos, como la reproducción de El pensador, de Rodin, cubiertos de estalactitas que asombraban a los curiosos (muchísimos) que para nada temieron a las bajas temperaturas.

La nevada había comenzado a media tarde de ese día, cuando el cielo se cubrió de nubarrones oscuros. En vez del temido granizo o de una lluvia torrencial, a las 15.30 empezaron a caer, sutiles primero, abrumadores después, los copos de nieve que cubrieron toda la ciudad. Una hora después, la nevada cesó. A las 20 comenzaría nuevamente, y seguiría toda la noche.

A la mañana siguiente, un domingo frío y soleado, los porteños observaron el manto blanco que permanecía intacto. Chicos y grandes ganaron las calles para jugar con la nieve, y pronto comenzaron a surgir los improvisados e inusuales muñecos de nieve.

Durante toda la jornada, la nieve se fue derritiendo bajo un sol apenas tibio y un cielo clarísimo que, avanzado el día, alternó con unas breves lloviznas. La temperatura de esos dos días no superó en ningún momento los 4,3 grados. Paseo Colón, Plaza de Mayo, Palermo (donde el Rosedal brindó un espectáculo inusual) y La Boca quedaron cubiertos por una gruesa capa, que duraría apenas un día. Lo suficiente como para entrar en la historia de la ciudad y en su estadística.

Aquel 1918 en el que la nevada cayó sobre Buenos Aires fue un año de muy bajas temperaturas. No fue tampoco, como según la tradición, una sorpresa total. Ya el 21 de agosto de 1917, cierto sector de la ciudad vivió una caída de nieve, tan breve que pasó inadvertida por todo el resto. El 13 de julio de 1920, también una muy ligera nevisca sorprendió a los madrugadores que, entonces, pensaron que, al fin, el paisaje de Buenos Aires tenía ese toque europeo que sus habitantes -ayer, y hoy también- siempre han creído ver en ella.

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