James Baldwin y Estambul

La correspondencia del escritor norteamericano con el actor Engin Cezzar, que aparecerá en Turquía, va desde los derechos civiles hasta los chismes sobre Marlon Brando
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22 de julio de 2007  

A fines de la década de 1980, como parte de la investigación que realicé para escribir una biografía de James Baldwin, viajé a Turquía para entrevistar al novelista Yashar Kemal en su casa, situada en los suburbios de Estambul. Mientras conversábamos, apareció un gato negro de largas patas, que cruzó silenciosamente la habitación y salió por la puerta del otro lado. Kemal soltó una risita y le dijo algo al intérprete que facilitaba nuestro diálogo. Este se dirigió a mí: "Yashar dice que el gato se llama Jimmy... en honor al otro Jimmy". Todos nos reímos. Aunque Kemal había llamado "Jimmy" -el apodo que le había dado a Baldwin- a sucesivas generaciones de gatos, el primero de la serie “tenso, delgado, anormalmente inteligente, anormalmente ambicioso y hambriento gato negro” (según su propia descripción) era simplemente “Arap”, árabe. “En lo que a mí concernía, Baldwin no era negro –me dijo Kemal– porque en ese sentido no existen negros en Turquía. No tenemos esa categoría. Sólo hay gente con piel más oscura.”

Baldwin consideró a Estambul como lugar de referencia durante toda la década de 1960. Alquiló varias casas en el centro de la ciudad y en las afueras –una, conocida como la Biblioteca del Pashá, dominaba el Bósforo–, se hizo de amigos inesperados y a veces poco respetables, y se ocupó de personas disminuidas, como el pintor Beauford Delaney, que había sido su mentor en la adolescencia, durante la década de 1940, y a quien tomó a su cargo después de que Delaney quedó impedido por la demencia. La novela de Baldwin Otro país está fechada “Estambul, 10 de diciembre de 1961”, la fecha en que la terminó, mientras que otra, Dime cuánto hace que el tren se fue (1968), fue escrita casi por completo en esa ciudad. Aunque siempre postergaba sus vistas, también solía quedarse más tiempo del planeado una vez que llegaba a la ciudad, a veces incluso un año entero. Decía que en Estambul sentía que podía “respirar”.

Por supuesto, hay otros aspectos de la ecuación. Kemal –un hombre de gran corazón y buen humor– es kurdo y en Turquía lo habían encarcelado por lo menos en cuatro oportunidades debido a sus actividades políticas. Me explicó: “Baldwin solía decirme: ‘Yashar, me siento libre en Turquía’. A lo que yo le respondía: ‘Jimmy, eso es porque eres norteamericano’”.

(Baldwin fue encarcelado una vez en Francia, por un caso de confusión de identidad que involucraba un robo de sábanas. Relata este absurdo episodio en uno de sus mejores ensayos, “Equal in Paris”.)

La persona que esa mañana intermediaba entre nosotros las preguntas y las respuestas era Engin Cezzar, uno de los dos destinatarios de las dedicatorias de Dime cuánto hace que el tren se fue, y el hombre que le proporcionó al atribulado escritor y activista de los derechos civiles un insólito escondite en un país islámico que había pasado por un golpe militar en 1960, el año anterior a la primera visita de Baldwin. Ambos se habían conocido en Nueva York en 1957, un año después de la publicación de El cuarto de Giovanni, la segunda novela de Baldwin. Todavía adolescente, Cezzar estaba estudiando con Lee Strasberg en el Actor’s Studio, en cuyo taller se hacía una versión escénica de la novela bajo supervisión del propio Strasberg. Cuando la versión no consiguió convertirse en una producción integral, Baldwin la reescribió con ayuda de Cezzar, a quien el escritor imaginaba en el rol protagónico. El cuarto de Giovanni nunca llegó al escenario ni a la pantalla (a pesar de la existencia de al menos tres guiones cinematográficos, incluyendo uno, aún inédito, del propio Baldwin), pero las amistades que el autor forjó con Cezzar y con Kemal durarían hasta la muerte de Baldwin, treinta años después.

Una pequeña selección de la correspondencia entre Baldwin y Cezzar (para la que escribí una introducción) está por publicarse en Turquía. Tras la aparición de Native Sons, de Sol Stein, un volumen de memorias con materiales diversos que incluyó diez cartas facsimilares de Baldwin, la inminente publicación de esta correspondencia seguramente será bien recibida. En los años transcurridos desde la muerte de Baldwin, muchos interesados han reclamado una edición completa y anotada de su correspondencia.

Hace unos años, en una reunión pública, el crítico Hilton Als, del New Yorker, formuló la petición de que se diera a conocer “la única obra maestra de Baldwin que aún espera ser publicada”.

A los lectores les corresponderá juzgar si se trata o no de una obra maestra, pero existe una gran cantidad de cartas, tanto en bibliotecas públicas o universitarias como en manos privadas: cartas a actores como Gordon Heath, que interpretó a Otelo en la producción de la BBC dirigida por Tony Richardson en 1955 y a quien Baldwin había elegido para protagonizar su primera pieza teatral, The Amen Corner; a escritores como Langston Hughes y Richard Wright; a William Cole, su publicista de Knopf en la década de 1950, en quien confiaba plenamente (incluso cartas sobre su disputa con Wright); a críticos tales como Alfred Kazin y los editores de Partisan Review, Philip Rahv y William Phillips; y cartas dirigidas a agentes, editores y activistas de los derechos civiles, por no hablar de miembros de su familia y amantes. Durante la escritura de mi libro, publicado en 1991 con el título Talking at the Gates, recogí alrededor de 300 páginas de las cartas de Baldwin en fotocopia y agregué otras cien desde entonces, incluyendo envíos a los ya mencionados que datan desde principios de la década de 1940 (cuando Baldwin era un adolescente precoz que procuraba negociar su peligroso tránsito desde el centro de Harlem a Greenwich Village) hasta mediados de la década de 1970, momento en que el escritor ya había encontrado en la Costa Azul un refugio más permanente que Turquía. En la primera de sus cartas a Cezzar (22 de noviembre, 1957), escribe: “Uno de estos días voy a construirme un lugar para vivir y trabajar junto a una montaña o a orillas del mar”.

Las cartas que siguen están escritas desde Nueva York, París, Tel Aviv, Barcelona, Dakar, “desde el aire, donde aparentemente estoy casi todo el tiempo en estos días” (1962), y finalmente desde su casa de las afueras de Saint-Paul-de-Vence, cerca de Niza, “junto a una montaña... a orillas del mar”.

Una edición completa de su correspondencia revelaría los temas fundamentales para Baldwin –que finalmente se convirtieron en novelas, ensayos y piezas teatrales– en su forma original. En una carta a Gordon Heath, donde cuenta sus esfuerzos por encontrar una sala para la puesta de The Amen Corner en 1955, Baldwin dice que tal vez fuera mejor “atacar Londres” primero, antes de explorar Nueva York: Sin suponer por un instante que los ingleses... estén libres de prejuicios, sospecho sin embargo que malinterpretan menos a los Negros... Y no porque sean más inteligentes, o más morales, sino simplemente porque no han tenido en su isla, hasta fecha muy reciente, nada que se parezca a un problema Negro.

La publicación de la correspondencia completa de Baldwin también crearía renovado interés por un escritor que en los últimos años ha concitado menos la atención del lector común que la de los teóricos culturales, ya que la raza y la sexualidad de Baldwin proporcionan una doble dosis de “diferencia”, hecho que no carece de ironía, ya que durante toda su vida el autor luchó por liberarse de las limitaciones impuestas por las categorizaciones del color y la sexualidad. Le disgustaba particularmente el término “gay” y se negaba a identificarse como tal. Sin embargo, hasta fecha muy reciente, su hermana y albacea, Gloria Karefa-Smart- Baldwin, prohibió la publicación de las cartas, alegando –razonablemente desde cierto punto de vista– que los sentimientos expresados en privado, y para consumo privado, debían mantenerse en ese plano.

El libro de Cezzar, Dost Mektuplarý (Cartas a un amigo), publicado por la editorial de Estambul Yapi Kredi Yayinlari, comprende alrededor de cien páginas de cartas de Baldwin, complementadas por las respuestas de Engin y por los apuntes de Baldwin sobre su trabajo conjunto en el teatro. La primera misiva fue enviada a fines de 1957 desde la colonia de escritores MacDowell, en New Hampshire, donde Baldwin había ido a trabajar en la versión dramática de El cuarto de Giovanni y en los primeros borradores de Otro país. “En el mismo momento en que me encontré entre estas viejas colinas y estos viejos árboles de Nueva Inglaterra y respiré un poco de aire verdadero, empecé a sentirme otra vez humano y productivo.” En Nueva York, Engin pasaba un mal momento trabajando en una disquería, esperando novedades del libreto y siendo ignorado por diversos directores de teatro. “Malas noticias de [Josh] Logan”, escribe Baldwin el 29 de julio de 1958. “Se siente ‘decepcionado’ por la obra, no encuentra en ella ‘la electricidad de la novela’, no le ‘interesan’ en absoluto la chica y el muchacho.”

Como El cuarto de Giovanni trata acerca de una relación entre dos muchachos, podemos imaginar la perplejidad que produjo a Baldwin el comentario final de Logan: “Además, el final me pareció poco concluyente y de alguna manera la tragedia de la muerte del muchacho invade toda posibilidad de felicidad de la chica y el muchacho”. Baldwin: “Suena como si hubiera leído la obra bastante mal”. No obstante, había otros directores y otras estrellas: “Lo único bueno es que no es probable que Brando rechace la obra, simplemente porque nunca le contesta a nadie”.

Cezzar tenía la esperanza de quedarse en Estados Unidos y ser excluido del servicio militar en su país, y una producción importante de El cuarto de Giovanni podría haber convertido su esperanza en realidad. Sin embargo, para el verano de 1959, su expectativa parecía cada vez más infundada. “Al menos hemos empezado por la cima, tras haber eliminado tanto a Gadg [Elia Kazan] como a Josh (o haber sido eliminados por ellos).” Cuatro meses más tarde: “¿Qué te parecería una producción off Broadway de Giovanni?”.

Finalmente, Engin volvió a Turquía, donde conoció a su esposa, Gulriz Sururi, una actriz, e hizo el servicio militar. Las cartas ulteriores siempre concluyen, fielmente, enviando “besos” para Gulriz. Leer la correspondencia en orden, de principio a fin, es seguir el camino de la pérdida de la inocencia.

Los primeros intercambios entre el escritor y el actor están colmados de entusiasmo. “Debo hacer algo respecto de mis finanzas antes de marzo, cuando se acaba mi reducido presupuesto”, escribió en enero de 1958. Un mes antes, había garrapateado una nota sin otro propósito que citar un poema de Marianne Moore que tenía pegado sobre su escritorio. Era demasiado bueno, demasiado inspirador, como para guardárselo para él:

¡Nada como la fortaleza!

¡Qué savia corrió por esa fibra tan /pequeña para hacer roja a la cereza! Baldwin era básicamente un hombre religioso A los catorce años se convirtió en predicador juvenil de la Asamblea Pentecostal Fireside, una iglesia sita en un establecimiento comercial de Harlem. (Su primera novela, Ve y dilo en la montaña, ofrece un relato ficcional que transcurre en el Templo del Fuego del Bautismo.)

La desilusión con la iglesia le llegó antes de salir de la adolescencia. “Siempre quise trabajar en el teatro –diría más tarde– sin darme cuenta de que lo había hecho todo el tiempo.”

Aunque la doctrina le falló, su fe espiritual permaneció inalterable, la convicción de que la gente “puede” –un golpe sobre la mesa– “ser mejor de lo que es”. Ese es el principio esencial de Baldwin, que redime a la supremacía blanca y el sufrimiento que esa supremacía inflige al Nuevo Mundo. Durante toda su vida, en la escritura, en sus discursos, en sus conversaciones, Baldwin repitió su simplísima enseñanza: “Hay una sola raza, y todos somos parte de ella”.

En una carta escrita en 1959 desde París y dirigida a Cezzar, quien aún se encontraba en Nueva York, hace una típica referencia de predicador a un lugar de “curación” en el que “el limo del Nilo, los plátanos de Atenas y la cruz romana confluirán para transfigurarse y darnos una nueva moral”.

Todos los aspectos del carácter de Baldwin están expuestos en sus cartas. Era magnético, compulsivamente sociable, elaboradamente extrovertido, oscuramente introvertido, depresivo, magníficamente generoso, absorto en sí mismo, dramático, divertido, iracundo, colmado de buenas intenciones, decidido ante cualquier incumplimiento de palabra... y capaz de mostrar todo esos aspectos entre el almuerzo y la cena, y entre la cena y el último whisky de las 4 de la mañana.

Sus planes de viajar a Estambul sufren reiterados cortocircuitos causados por planes alternativos. En un avión camino a Africa, en agosto de 1960, comenta que acaba “de decidir saltear el Festival de Edinboro [sic], al que debemos asistir a fines de agosto, e iremos a verte... vía El Cairo”. En octubre, está de vuelta en Nueva York.

Pero: “te veré pronto”. Algunos de los numerosos proyectos artísticos sembrados aquí –novelas, ensayos, películas, obras teatrales– brotaron como retoños extraños, y otros se marchitaron. Dentro del estudio de Baldwin, y también fuera de él, las cosas rara vez crecían como era de esperar.

Para mediados de la década de 1960, el tono de las cartas se vuelve más sombrío, reflejando el cambio del estado anímico de Baldwin y la atmósfera incendiaria que prevalece en las calles de las ciudades estadounidenses.

En 1966, cada vez más celebrado, cada vez más buscado, cada vez más desesperado (“Simplemente seguiré trabajando. Probablemente me haga cada vez más famoso y me las arreglaré de ese modo”), Baldwin volvió a Turquía, no para refugiarse de los personajes de su novela y obra de teatro (“los chicos”, los llamaba cariñosamente cuando estaba contento y enclaustrado en MacDowell), sino de los “desastres”, los disturbios raciales que se difundían en Estados Unidos como un reguero de pólvora. Desde la Biblioteca del Pashá, en 1966, le escribió a Cezzar, quien aún vive cerca de la plaza Taksim, diciéndole que esperaba que ese día lo “acosara” la prensa estadounidense “con sus miserables y cobardes” encuestas, y con su pregunta insistente y mal formulada: “¿Qué quieren los Negros?”.

El 12 de abril de 1968, otra vez en movimiento pero mucho más afianzado y seguro (“problemas en Francia, tuve que abrirme paso a la fuerza hasta Inglaterra”), escribió: “Entre 2 & 3 semanas atrás tuve que volar desde Hollywood a NY para una función benéfica con Martin [Luther King] en el Carnegie Hall. No tenía un traje y me hice hacer uno esa tarde. Usé el mismo traje en su funeral”.

El asesinato de King en Memphis fue el momento de la travesía en el que Baldwin bajó los ojos, la etapa en la que perdió de vista, simultáneamente, su inocencia anterior y sus esperanzas para el futuro. “Cualquier movimiento que hago es, para los ojos del gobierno estadounidense, un movimiento político.” El rojo de la cereza de Marianne Moore se había licuado, como en una pesadilla cinematográfica, y se extendía por el suelo como sangre. Cuando había copiado el verso “¡Nada hay como la fortaleza!”, no había previsto que las cosas terminarían así. “Repudio la desesperanza, pero la diaria necesidad de repudiarla contiene su propio comentario desesperanzado.” Siguió tratando de equilibrar sus obligaciones como escritor y como portavoz de sus ideas, pero cada vez con menos éxito. A fines de 1968, comentó su prolongada batalla con los productores de Columbia Pictures, que lo habían contratado para escribir el guión de un film sobre Malcolm X: Espero que finalmente hayan entendido que mi intransigencia tiene sentido y que se hayan reconciliado con el hecho de que, en esencia, son ellos los privilegiados por pagar por el film para el que me han contratado a mí. En ningún grupo de personas me he topado con un sentido de la realidad tan extraño y enigmático. El sol de California les ha revuelto el cerebro, las piscinas les han tapado los oídos... No son malvados: son simplemente incompetentes hasta lo sublime.

El film nunca se hizo, aunque el guión se publicó en 1972 con el título One Day When I Was Lost (el film sobre Malcolm X realizado por Spike Lee en 1992 incluía un crédito en el que agradecía a Baldwin).

Sin embargo, aún quedaba el teatro, la arena en la que la energía heroica podía reivindicarse luchando contra las tribulaciones. Cuando Baldwin y Cezzar lograron finalmente montar una producción juntos (no de El cuarto de Giovanni, sino de la obra Fortune and Men’s Eyes, de John Herbert, en el teatro de Cezzar en Estambul, llamado La Vía Láctea, con Baldwin en la dirección y Cezzar como protagonista) fue, como lo dice Baldwin en sus cartas, “un éxito”, que siguió en cartel durante muchos meses, desde 1969 hasta 1970.

Siguió adelante como siempre lo había hecho, irreprimible, invencible, tal vez no porque siguiera creyendo en “una nueva moral” sino porque ésa era la única manera en que su temperamento le permitía actuar. En la misma carta en la que felicita a Engin por el éxito de Fortune and Men’s Eyes, prevé un nuevo proyecto, otra pieza teatral, Slow Dance on the Killing Ground, de William Henley. “Creo que con esta fábula podemos hacer algo ameno.” Como ocurrió con muchos otros, su plan no llegó a concretarse, pero el mismo comentario podría aplicarse a la vida de Baldwin, que aspiraba a ser una fábula y a ofrecer “amenidad” bajo la forma de libros y de ejemplo moral. “¡Nada como la fortaleza!”

Traducción: Mirta Rosenberg

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