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El Club del Vino no se marea

El tango y el folklore vuelven en una acertada programación.
Gabriel Plaza
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8 de abril de 1998  

Tres mujeres: Liliana Herrero, Lidia Borda y Cristina Banegas; un pianista y actor, Martín Pavlovsky; un guitarrista, Diego Rolón, y dos géneros: el folklore y el tango. Lo necesario para seguir formando parte de la programación del Club del Vino, Cabrera 4737, que sigue su curso.

Los viernes, a las 22, es tiempo de las "Veladas criollas", y los sábados, a la misma hora, el tango, con Nelly Omar, Néstor Marconi Trío, el histórico dúo Salgán-De Lío y el Nuevo Quinteto Real.

Pero con la segunda temporada de "Veladas criollas" se apuesta nuevamente por otra manera de ponerles el cuerpo a las canciones. Ese espíritu "en perpetuo movimiento", como sugiere Banegas, no deja de ser un modelo de recital para armar y desarmar todas las noches, hasta completar el rompecabezas musical y que las piezas encajen a la perfección. Construir el arte siempre al borde del abismo y conspirando como sí fueran asaltantes de la ilusión.

"Subirse a un escenario es como asaltar un banco, porque uno tiene que hacer una planificación y salir a robarle algo al espectador, que es su sensibilidad y su percepción. Creo que en Veladas criollas se ha dado una verdadera conspiración. En el sentido de que es conspirativo juntar el tango y el folklore; juntar estilos tan diferentes como tenemos las tres como intérpretes y que al mismo tiempo sean tan complementarios", piensa en voz alta Cristina Banegas.

Pero como de armar y desarmar se trata, la entrada del multifacético Pavlovsky, en este nuevo año, incluye otros ingredientes a este jugoso plato musical. Cristina sigue monologando mientras el resto la escucha en silencio. "Su aporte incentivó esa fricción y confrontación entre las tradiciones y la modernidad".

Casi relegado, por su impuntualidad, Martín Pavlovsky, que parece un intelectual debajo de esos lentes y esa apariencia seria, es el más ocurrente, y el encargado de desnudar la escenografía interior de estas veladas. "Lo mejor de este encuentro es que a pesar de ser tres mujeres no hay ningún tipo de histeria y divismo, y eso es lo que más resalta. Además, desde que llegué había instalada una broma interna, que me dio más libertad para actuar y poder sacar a relucir cosas que me divierten".

Lidia Borda, voz para tangos del 20 y del 30, que se sale de la vaina por intervenir, asegura: "Hay una clave y es que cada una tiene una personalidad particular. Eso, al principio, nos causó un poco de vértigo, especialmente a ella -dice señalando a la Herrero, que oculta su mirada detrás de unos lentes negros y se ríe-. No sabíamos qué iba a pasar con todo esto y cómo iba a funcionar. Pero se dio un intercambio tan creativo y profundo que ese resultado de mucha complicidad se nota en las funciones".

Rebelándose contra los mecanismos habituales en el que cada cual atiende su juego, estos músicos-actores-artistas eligieron la reunión y el debate de ideas, colores y texturas musicales. Para los integrantes del espectáculo ya es memorable el momento en el que Banegas y Pavlovsky interactúan en "Mano a mano" o la poesía gauchesca que recita el actor y músico.

"Hay otras partes que estamos incluyendo o van surgiendo de las búsquedas continuas. Es por eso que uno hace discos y recitales, para que siempre surja algo nuevo que te conmueva, y eso es lo que sucede con Veladas criollas. Si no, nada de lo que hacemos tendría sentido", sostiene Herrero, la decidora folklórica.

Mantener la sorpresa de la primera vez: es el secreto de la juventud de un espectáculo que tiene dos años, pero nace todos los días de nuevo.

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