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Groussac, en el ADN de LA NACION

Pola Suárez Urtubey
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9 de agosto de 2007  

La cultura ya estaba en el ADN de su fundador, Bartolomé Mitre, escribió Hugo Beccacece en el suplemento Cultura del domingo último. Esa afirmación le servía para anunciar la presentación, a partir de pasado mañana, de la nueva revista adn CULTURA, en reemplazo del suplemento dominical. La cultura ya era, desde 1870 en que se funda, parte esencial de la identidad de LA NACION. Pasaron poco más de 15 años, cuando este diario convoca a Paul Groussac, en 1886, para asumir la columna de ópera y teatro. Por entonces, ya era director de la Biblioteca Nacional. El propio interesado ha dejado un relato expresivo en "Mi primera campaña en LA NACION", dos artículos en los que recuerda la visita de José María Cantilo como portador de una propuesta del administrador del diario, Enrique de Vedia, con el ofrecimiento de escribir la crónica de teatro y música durante la temporada de 1886.

Groussac acepta. Según es evidente, siente temor por la crítica de óperas. Ya lo había hecho en otras publicaciones; pero seguramente consideraba arriesgado hacerlo en las prestigiosas columnas que ahora se le abrían.

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En este campo de la actividad intelectual, el hombre habría de provocar un verdadero cataclismo. Ese año fue tiempo de violencias en el periodismo musical, desatadas precisamente por Groussac con un artículo tremendo, "Entreacto", en el que disparó dardos fulminantes contra músicos, libretistas de ópera, cantantes, empresarios y críticos. A estos últimos los fustigó de una manera atroz. Pero en castigo, habría de recibir, por parte de sus colegas, una memorable, y merecida "carga de indios", según risueña expresión de su amigo Carlos Pellegrini.

Pero también supo elogiar sin reservas cuanto a su juicio debía ser celebrado. "Carne de Taine tiene el señor Groussac; pero hay un ruiseñor que canta de cuando en cuando cosas que no se oyen en la montaña de Taine." Así definió Rubén Darío a quien se convertía en la Argentina en el continuador de Sainte-Beuve y de Taine, y en el representante de la llamada crítica científica.

La lectura de algunas de sus críticas, particularmente las que escribió en LA NACION sobre Wagner, nos muestran a Groussac íntegro: el historiador, el polemista, el artista y el crítico profesional de ingenio vibrante, irónico, directo, seguro, con una técnica de ataque certero: mucho más cruel, porque lo lanzaba desde las olímpicas alturas de su erudición. Antes de él no se había hablado en la Argentina de estética musical con la madurez, la sólida reflexión, el método y el rigor crítico con que lo hizo Groussac. Y siempre con ese estilo suyo, fluido, elegante, y carente de esa solemnidad que atacó como uno de los mayores males de la intelectualidad argentina.

Groussac escribió sobre música unos 90 artículos en el lapso de 40 años en diversas publicaciones, entre ellas, dos en francés, fundadas por él mismo, además de un estudio sobre Bizet.

La Biblioteca Nacional anuncia ahora la aparición de estos escritos, en busca de los cuales esta columnista perdió -¿ganó?- parte de sus años, con su correspondiente estudio preliminar. Con el firme apoyo del director de la Biblioteca, Horacio González, y la experimentada coordinación editorial de Ezequiel Grimson, verá la luz en escasas semanas un primer volumen, al que seguirá un segundo, bilingüe, con las críticas musicales de Groussac escritas originalmente en su lengua madre y la traducción a nuestro idioma.

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