Los capos dejan la extravagancia y cultivan el bajo perfil

Otra estrategia de los jefes de la droga
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12 de agosto de 2007  

La muerte de Pablo Escobar Gaviria, en 1994, marcó simbólicamente el fin de una era en la que el narcotráfico estaba dominado por los colombianos y los narcos se encolumnaban detrás de un líder único e indiscutido, el mismo Escobar.

Hoy todo ha cambiado y la situación es mucho más volátil: las drogas las manejan los mexicanos, los capos eligieron bajar el perfil y los carteles ya no funcionan con jerarquías tan verticales y claras como en el pasado.

La agencia estadounidense antidrogas (DEA, por sus siglas en inglés), que como en una actualización de los tiempos del Lejano Oeste ahora publica en Internet a los fugitivos más buscados, también refleja esta tendencia: no existe un capo por el que se entregue una recompensa superior al resto. Los nuevos barones de la droga valen todos lo mismo -5 millones de dólares-, ninguno sobresale.

Los años 90 fueron la época dorada del narcotráfico a la antigua. Los carteles colombianos tenían la estructura de un ejército, y todo dependía de los capos, que adoraban la notoriedad pública y hasta el reconocimiento social. Pero primero cayó Escobar, y con él se derrumbó el Cartel de Medellín. Al año siguiente, en 1995, cayeron los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, y atrás de ellos se desplomó el Cartel de Cali.

Ambiciones medidas

"Los nuevos capos asimilaron muy bien la experiencia del pasado y prefieren dominar una fracción del negocio en vez de buscar el control total del mercado. Si son demasiado poderosos y demasiado visibles, se convierten en un objetivo más fácil", cuenta a LA NACION desde Colombia el director de la Fundación Seguridad y Democracia, Alfredo Rangel.

En los últimos 15 años, Colombia pasó de tener tres o cuatro poderosos carteles de la droga a contar con decenas de pequeños carteles que han optado por una estrategia más flexible. "Esto les facilita el ocultamiento ante las persecuciones de las fuerzas de seguridad. Es más difícil perseguir a decenas de capos medianos", añade Rangel.

Actualmente, cada cartel colombiano funciona como un conjunto de asociados que se respetan entre sí. Esto no quiere decir que sea una organización horizontal, pero al tener una jerarquía más dócil, por cada jefe que detienen hay varios mandos medios que toman inmediatamente su lugar.

Como resabio del pasado quedó el Cartel del Norte del Valle, cuyos líderes son Diego León Montoya Sánchez, alias "Don Diego", y Wilber Varela, alias "Jabón". Ambos figuran entre los más buscados de la DEA.

Los carteles mexicanos, que fueron acumulando poder a medida que se desplomaban los colombianos, se encuentran en plena evolución.

"Las organizaciones narcotraficantes tienden a tener líderes menos visibles", explicó a LA NACION Jorge Chabat, especialista en seguridad y narcotráfico del Centro de Investigación y Docencia Económica de México.

Sin embargo, el narcotráfico mexicano aún orbita alrededor de cuatro carteles violentos y relativamente disciplinados: el Cartel de Juárez, el Cartel de Tijuana, el Cartel del Golfo y el Cartel de Sinaola.

Signo de los tiempos, algunos carteles, como el del Golfo, se encuentran acéfalos. Otros poseen líderes buscados por la DEA, como Joaquín Guzmán Loera, alias "El Chapo" (Sinaola) o Eduardo Arellano-Felix (Tijuana).

Pero ninguno de estos capos se compara con Amado Carrillo, conocido como "El señor de los cielos" por la flota de Boeing 727 que tenía para distribuir cocaína. Era un líder discreto, pero tenía un poder considerable -sus tentáculos alcanzaban al ejército, la policía y la clase política- y su fortuna personal superaba los 20.000 millones de dólares. Murió en circunstancias oscuras en 1997 y su desaparición dio inicio a la progresiva fragmentación que conocen los carteles mexicanos.

"Ahora todo es más difuso, todos es menos claro", concluye el especialista Chabat.

Y por eso también, la DEA y las fuerzas de seguridad locales combaten hoy contra un monstruo de mil cabezas, menos visible para la opinión pública, pero más difícil de decapitar.

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