La conciencia histórica del país

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26 de septiembre de 2007  

Debe verse con satisfacción que la televisión argentina incentive, como en las últimas semanas, la discusión en los hogares sobre nuestra historia, en lugar de bombardearla permanentemente con reality shows o concursos de baile que a menudo rozan la procacidad y el mal gusto.

La iniciativa de El gen argentino, programa de la productora Cuatro Cabezas con formato ideado por la BBC de Londres que emite Telefé, es "buscar al argentino más grande", para lo cual el público puede votar en Internet por su favorito en rubros como historia y política de los siglos XIX y XX; artes populares y periodismo; artes, ciencias y humanidades, y deportes.

Pero como acertadamente señaló un crítico especializado de LA NACION, el ciclo televisivo no ha respondido con precisión a la pregunta sobre qué clase de personalidad argentina se desea encumbrar por encima de todas las demás. No es lo mismo, en ese sentido, ser el más grande que resultar el más popular. Ni es lo mismo ser el más talentoso que el más representativo.

Quizás esta confusión, compartida por los productores del programa y por el público, haya provocado tamaña disparidad de criterios para elegir a los personajes que disputarán la ronda final para encontrar al "más grande" de los argentinos. Y resulta lógico que para no pocos observadores, en un tiempo en que el patriotismo y los valores morales parecen tener poco sentido, se esté convirtiendo a la propia historia del país en un terreno fértil para el mercadeo.

Que el Che Guevara haya sido elegido como la figura más grande de la historia política argentina del siglo XX demuestra un desconocimiento gravísimo. No se trata de demostrar que aquel revolucionario nacido en Rosario limitó su aporte a la tierra donde había visto la luz a la tarea de entrenar guerrilleros que sacudieran sus entrañas, sino de preguntarse qué grave error vienen cometiendo cuantos tienen la obligación de educar a la ciudadanía -no hablamos sólo de la escuela, sino de los medios de comunicación y de cuantos intervienen de manera directa o indirecta en el proceso formativo de los jóvenes- para que se sitúe en primerísimo lugar a un personaje, cuyo rostro adorna las remeras de chicos y chicas que ni siquiera conocen su historia, en lugar de tener presentes a otros grandes, cuya existencia ni conocen. Dicho sea de paso, en la ciudad natal de Guevara se celebrará el "Año del Che", mientras hace tiempo que lleva su nombre un gran viaducto, a la vez que su retrato de grandes proporciones campea en una de las plazas más céntricas.

Cuando este país joven vivía los momentos difíciles de su organización nacional, los historiadores exaltaron a personajes que por sus acciones podían ser considerados fundadores de la nacionalidad. No hay duda de que la inevitable cargazón política de aquellas décadas bravías proporcionó una visión sesgada del pasado. Pero el tiempo y los estudios ecuánimes fueron poniendo las cosas en su lugar. El debate llegó a diferentes ámbitos, sin excluir la propia escuela, con lo cual, para decirlo con una fórmula de cincuenta o más años atrás, el "con Rosas o contra Rosas", suscitó discusiones que, más que perniciosas, eran estimulantes porque ponían sobre el tapete concepciones contrapuestas del país para ser confrontadas aun por los más jóvenes.

El inmenso vacío que existe en el plano educativo tampoco se cubre ahora en otros planos. La preferencia de ciertos medios televisivos o de empresas editoriales por productos de dudosa calidad, pero de segura colocación masiva, hace que se aliente la difusión de engendros que se solazan con los presuntos escándalos del pasado para demostrar que nuestros males actuales vienen de muy lejos y que no se puede variar una especie de destino fatal.

No es así. La Argentina se hizo grande y en una época se convirtió en ejemplo en el mundo, por obra de aquellos hombres y mujeres que, pese a las debilidades que puedan señalárseles, fueron fieles a los ideales generosos por los que luchaban.

La tarea es inmensa pero indispensable. Para mantener vivo el pasado y afirmar la conciencia histórica nacional, deben sumarse los esfuerzos de todos. Cuando se oyen en las máximas alturas del poder las manifestaciones de un sedicente patriotismo, habría que pensar que ese sentimiento se demuestra trabajando por la cultura y la educación de los jóvenes, más que lanzando acusaciones a terceros en tono vocinglero e insustancial.

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