Evocador del tango

Recuerdo: letrista y conductor de programas radiales, Julio Jorge Nelson dejó inspiradas creaciones en el dos por cuatro.
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26 de abril de 1998  

El 27 de abril de 1913 nacía en el Sanatorio Casinelli de esta ciudad Isaac Rosofsky, más conocido como Julio Jorge Nelson, decano de los comentaristas de tango que falleció en marzo de 1976. Y un nuevo aniversario de este arquetipo del barrio de Villa Crespo me devolvió su traza, de amplia sonrisa y múltiple personalidad, ya que incursionó en varias facetas del 2x4.

Fue conductor de programas radiales como "El éxito de cada orquesta" y "El bronce que sonríe", organizador de infinidad de concursos, creador del programa televisivo "Yo te canto Buenos Aires" y autor de varias y logradas composiciones que cimentaron su bien ganada fama.

Su estilo radial matizaba un profuso anecdotario con vivencias personales. También presentó grandes orquestas de su tiempo, como la de Aníbal Troilo, con un estilo artesanal no siempre valorado y tendiente a climas vehementes y emocionales. Porque Nelson, en el micrófono de una emisora o en los palcos de las confiterías, dominaba el misterio de la gestación de atmósferas mediante singulares ritos de complicidad y fantasía.

Redactor de varias publicaciones, su frecuentación con el folletín lo indujo a escribir letras de tango, por caso "Margarita Gauthier", en colaboración con Joaquín Mora, en 1935, inspirada en "La dama de las camelias", de Alejandro Dumas hijo. Este drama,que inspiró a su vez la ópera "La traviata", me indujo años atrás, en París, a visitar la casa de su progenitor, el célebre Alejandro Dumas.

Se me ocurre que Dumas hijo, criado a la sombra de los prototipos de su viejo, asumió el del marsellés Edmundo Dantés, que navegó en una pequeña embarcación hasta la isla de Montecristo para adoptar su título nobiliario y así causar daños y ofensas a otros en elocuente respuesta a los agravios que recibió.

Contrariamente a la índole vengadora de Dantés, el protagonista principal de "La dama de las camelias", Armando Duval, se constituyó en un decimonónico Romeo que, postrado de "hinojos en la tumba donde descansaba el cuerpo de su amada, llevaba un ramillete de camelias ya marchitas que ella le ofreció como emblema de su amor". A estas imágenes del romántico Duval, Nelson añadía que él "evocaba emocionado a su divina Margarita; aunque el idilio se había roto y la muerte profanado la virtud de tanto amor".

Ya Duval y la Gauthier habían recibido su bautismo tanguero en 1924 con "Griseta", de José González Castillo y Enrique Delfino, pergeñada al influjo de la literatura francesa. Sucede que nuestros autores populares rescataron esos modelos corporizándolos en las percantas que de la Francia lejana llegaron a nuestra bahía para recalar en cabarets y bailongos urbanos, tal el de caso "Madame Ivonne" y, quizá, "Mireya".

Un precursor

Julio Jorge también fue precursor para que sus pares en la tarea de introducir agrupaciones se animaran con las partituras. Así recuerdo a algunos de sus colegas, como Mario Soto, que alumbró "Pasional" con Jorge Caldara; Jorge Moreyra, con "No me hablen de ella", y Roberto Giménez, con "Qué me importa tu pasado" fueron algunos de los tantos locutores vates.

Cátulo Castillo también presentó orquestas, y recuerdo que cambiábamos ideas sobre Jorge Luis Borges, con quien él no coincidía,cuando surgió el fundamento de su tango "Anoche", escrito en 1949 con el bandoneonista Armando Pontier.

Revolvía un pocillo de café en su despacho de Sadaic y me lo contó: un veterano presentía el desenlace de su historia amorosa y resolvió apersonarse frente a la casa de su rival, donde titilaba intermitentemente un cartel luminoso. Tras una breve vigilia, la vio llegar "dorada de metal" luciendo ella en su meñique izquierdo un anillo que tiempo antes él le había obsequiado. Estupefacto, el curtido galán comprendió dolorosamente lo que es "vivir y morir, sintiendo la ilusión que claudicó".

El poema no incluyó una póstuma escena: él regresó al bulín compartido y en una solitaria ceremonia dio vuelta su chambergo dejándolo en la mesa de los dos, mudo estigma, mortuorio y adverso.

Me imagino que Borges hubiese coincidido con Nelson y Cátulo, y sus melancólicas y revanchistas criaturas, en jugarse a cara o cruz por una historia ya que el tango, así sus dichos, "crea un turbio pasado irreal que de algún modo es cierto, el recuerdo imposible de haber muerto peleando en una esquina del suburbio".

Y algo más: tanto Duval como el maduro héroe de Catulín se hubiesen identificado con Georgie en su máxima del "sabor de lo perdido, de lo perdido y lo recuperado".

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