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San Ernesto: la última leyenda del Che Guevara

En el camino que une La Higuera con Vallegrande, en Bolivia, el lugar que lo vio morir, el Che Guevara se ha convertido en "San Ernesto": le rezan en las calles y en la Iglesia, le dedican altares y hasta dicen que ha concedido milagros Por Andrés Schipani
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7 de octubre de 2007  

VALLEGRANDE/LA HIGUERA.- Hay misas, se le reza y nos hace milagros", dice Susana Osinaga mientras camina por las polvorientas calles de Vallegrande, un pueblo que parece suspendido en el tiempo. Pero ella no habla de Jesús ni de algún santo, habla de Ernesto "Che" Guevara, el guerrillero argentino que hace 40 años fue ejecutado a 60 kilómetros de aquí, en La Higuera, por el Ejército de Bolivia, después de su fallida aventura revolucionaria en la selva.

Bajo una inscripción en la que se lee "nadie muere mientras se lo recuerde", Osinaga dice, conmovida: "Era como Cristo". Exactamente cuarenta años atrás, ella fue la enfermera encargada de lavar el cuerpo de Guevara. Hoy, en el mismo lugar donde fue limpiado y expuesto, con los ojos abiertos y la barba tupida en la lavandería del Hospital Nuestro Señor de Malta, ella cuenta con emoción que desde aquel día se ha vuelto devota de "San Ernesto" y le reza en un pequeño altar, entre una imagen de Jesús y otra de la Virgen María, en su humilde casa-quiosco en Vallegrande, la ciudad en la que, desde 1967 hasta hace 30 años, permanecieron enterrados de forma oculta en una fosa común los restos del Che Guevara.

Desde aquel día, el de la muerte, muchos de los lugareños, como Osinaga, han "beatificado" sin necesidad de trámites a este personaje que aquí se ha vuelto sempiterno. Para los pobladores está siempre presente, pero presente de un modo distinto al que se observa en el resto del mundo, en donde ha permanecido o bien como inspiración política, o bien como ícono de consumo en la industria del entretenimiento. Aquí, como en La Higuera, la imaginación popular ha hecho de él presencia santa.

Eusebio Tapia, un hombre de origen aymara que hace décadas peleó junto a Guevara en la campaña boliviana, explica: "Sí, mucha gente en Bolivia tiene al Che como inspiración, se ha convertido en un ícono, un mito". Y agrega: "Pero existe otro mito, mucho más fuerte: el que ha construido la fe de la gente que lo tiene como si fuese un Cristo, como un santo".

Para los locales, en el camino de 60 kilómetros que une Vallegrande con La Higuera, el Che es simplemente "milagroso". Es allí donde nació el mito de "San Ernesto", ése que, aquí por lo menos, está por encima de cualquier controversia ideológica. Si para muchos de sus seguidores alrededor del mundo, el Che representa un ícono progresista y revolucionario y para sus críticos "una máquina de matar", para los lugareños de este rincón boliviano es completamente otra cosa. Para ellos es una "fuerza que protege y provee".

Después de describir, casi como una poseída, de qué forma "el alma del Che" -transformado en perro guardián- protegió a una amiga suya una noche en su humilde casa de Vallegrande, Ligia Morón cuenta que al ver a Guevara por primera vez, aquel 9 de Octubre en la lavandería, la imagen del guerrillero quedó "dibujada en mi alma". En su comedor, bajo una foto del Che, dice convencida: "Aquello que nosotros vemos que en la vida es imposible, para Dios y el Che no lo es". Al igual que muchos de sus vecinos, Ligia siente que el hecho de que Guevara fuera ejecutado aquí le dio una dimensión especial que "sobrepasó todo lo conocido" y terminó convirtiéndolo en una especie de predicamento bíblico: "El ha dado la vida por un ideal, luchando por nosotros aquí, al igual que Cristo ha dado la vida por nosotros".

La devoción por los dos, el "andar con los dos", Jesús y el Che, se repite una y otra vez en el camino que va de Vallegrande a La Higuera. Entre las curvas sinuosas y el olor a zorrino, la veneración por Guevara se ve en las piedras pintadas con estrellas rojas, marcas de "La Ruta del Che" que parecen emular el Camino de Santiago, donde la ruta que va desde Santiago de Compostela a Roncesvalles está marcada con vieiras, símbolo del santo patrono de España.

En La Higuera, un pequeño pueblito de no más de 100 habitantes, reina un silencio sepulcral, casi de convento, sólo interrumpido por los cerdos y las gallinas. Las paredes de las escasas construcciones están revocadas con imágenes del Che en diferentes formatos y colores, en paredes, piedras y altares. Las inscripciones dicen "Ernesto, tu lucha es el camino", o "Tú vives por siempre Che, Comandante amigo". Sentado bajo una de ellas, Melanio Moscoso cuenta que él le reza, y que "es milagroso: todo lo que le pedimos siempre se cumple, el Che es una fuerza presente en La Higuera que nos da salud y fuerza para seguir". Para ellos, "San Ernesto nació en La Higuera", y hoy, en el pueblo rebautizado como La Higuera del Che, el espacio central es ocupado por un altar donde una cruz cristiana y una gruta con una Virgen comparten escenario con un gris busto del Che. Pintadas en la piedra que los sostiene, banderas argentinas, bolivianas, cubanas y venezolanas flamean junto a la inscripción: "Tu ejemplo alumbra un nuevo amanecer".

De acuerdo con los habitantes de La Higuera que estuvieron allí el día en que Guevara fue ejecutado, lo que sobrevino luego de las ráfagas de ametralladora que lo fulminaron fue un silencio desolador. "Todavía se siente ese silencio", dice Manuel Cortés, entonces vecino de la escuelita. "Yo escuché el ratatatatá y después otro ratatatatá", dice, y cuenta que él sintió mucho dolor aquella vez, como un temblor, ya que desde el día en que lo conoció, muy cerca de La Higuera, le había caído muy bien. Pero Manuel es también consciente de que desde aquel día el lugar y el Che cambiaron: "San Ernesto nació aquí, en La Higuera, y yo lo llamo así, santo, porque él es milagroso y nos protege, desde aquel día nos protege", asegura. Pero su vecino, Cleto Zárate, se siente extranjero en su propia casa. No admite devociones: "No sé por qué tanta devoción por el Che, si el Che no hizo nada por ellos. El vino a saquear y a matar. No entiendo por qué tanta devoción por el Che", dice y repite, mirando con desprecio el busto del guerrillero.

Son sin duda dos visiones irreconciliables. Por teléfono, desde su casa en Suecia, el pintor mendocino Ciro Bustos -quien acompañó al Che en la campaña de Bolivia y fue capturado al separarse del grupo junto al filósofo francés Régis Debray- trata de explicar el fenómeno de la devoción desde una perspectiva escéptica: "La izquierda trabaja sobre los sueños y la Iglesia sobre el miedo. Los íconos sirven para manipular mejor ambas ilusiones y, de paso, aparentar hacer algo". Para algunos, esta parece ser la razón por la cual, a 40 años de la muerte del Che, su imagen sigue dando la vuelta al mundo, presente en manifestaciones y claustros universitarios, mientras que aquí en Bolivia uno puede encontrar una especie de beatificación casi sacrílega para muchos, a la que la Iglesia local no parece oponerse.

"No se puede hacer nada, para ellos él es como cualquier otra alma a la cual se reza", dirá el cura de Vallegrande, el padre Agustín, quien suele recibir de sus feligreses oraciones que incluyen invocaciones a San Ernesto. Pero Bustos agrega: "Al parecer, los seres que auténticamente se entregan a una causa se transforman en símbolos, que son expresión de deseos frustrados, en realidad reprimidos, de la multitud. El ser humano es devoto de sus íntimos deseos, solamente". De hecho, siguiendo los últimos trazos del Che, muchos piensan que sus íntimos deseos lo llevaron a pelear y morir en un lugar donde el fracaso de su campaña era casi inevitable. En los últimos días de aquella campaña boliviana, según recordó el cubano Daniel Alarcón, lo que el Che expresaba día a día era la idea de que lo único que quedaba por delante era la muerte. Quizás sabía que lo esperaba cierta inmortal devoción, pero no esta forma de fervor religioso o el hecho de que, para muchos aquí, su figura se transformara en una fuerza mística y poderosa.

Pero esta fuerza mística no está desprovista de claros y oscuros: los milagros de unos han sido maldiciones para otros. O al menos así lo dice la leyenda. Para quienes tuvieron algo que ver en su captura y posterior muerte, el permanente y sepulcral silencio de La Higuera se tornó un llanto de tragedia, algo así como la maldición del Faraón Tutankamón. Muchos de los militares que participaron en su captura sufrieron destinos trágicos, lo que dio vida al mito de la "maldición del Che", en contraposición al mito de "la santificación del Che". La lista de los marcados incluye al entonces presidente de Bolivia, el General René Barrientos, quien murió en un misterioso accidente de helicóptero dos años después de la muerte del guerrillero argentino. También su mano derecha y sucesor, el General Alfredo Ovando, que fue testigo de la muerte de su propio hijo en un accidente de avión, cayó en una profunda depresión y murió poco después. Más tarde, Joaquín Zenteno, comandante de la división a cargo de la captura del Che y la persona que tuvo a su cargo transmitir la orden de su ejecución, fue baleado en París por un llamado Comando Che Guevara. La misma suerte corrió, en su oficina de Cónsul de Bolivia, en Hamburgo, Roberto Quintanilla, quien quería decapitar el cuerpo del Che. A su vez, el Coronel Andrés Selich, uno de los encargados de vigilar a Guevara en la escuelita de La Higuera y quien burlonamente tiraba de su barba mientras éste estaba esposado, fue linchado por miembros de su propio regimiento en La Paz. Y el Capitán Gary Prado, jefe de un pelotón que capturó al Che en la escarpada Quebrada del Churo, recibió una bala perdida en su columna que lo obligó a vivir los últimos 35 años en una silla de ruedas.

"No quiero hablar del Che nunca más, cada vez que hablo del Che me trae problemas -le dijo Prado a LA NACION-; cuarenta años con el Che a mis espaldas es demasiado. Estoy cansado del Che". Pero ésta también fue la suerte sufrida por soldados rasos. En Santa Cruz de la Sierra, el hijo de Edilberto Mariscal recuerda cómo su padre murió en forma trágica al caer misteriosamente de un auto en marcha, luego de una reunión con los compañeros que habían capturado al Che en Punata de Cochabamba. "Nadie sabe cómo se abrió esa puerta, pero él cayó y murió casi al instante", cuenta Mariscal. Y agrega que algunos de sus compañeros sufrieron una suerte similar.

De vuelta en Vallegrande, las palabras del poeta Cubano Nicolás Guillén resuenan en la radio, como un aviso, casi un presagio, cantadas por el trovador español Paco Ibáñez: "Pero aprenderás seguro soldadito boliviano, que a un hermano no se mata, que no se mata un hermano". Pero lo mataron, y le ofrecieron así una plataforma de lanzamiento inmejorable para todos los mitos de santificación y maldición del Che Guevara.

Se cuenta que, herido, apoyado sobre una piedra en la Quebrada del Churo, Guevara dijo: "No disparen, soy el Che Guevara y valgo más vivo que muerto". Al parecer no estaba en lo cierto: para bien o para mal, más allá de los pósters, las remeras y los cantos de protesta, su figura ha trascendido como mito y como símbolo. Y para algunos, aquí donde halló la muerte 40 años atrás, también como santo obrador de milagros.

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