Una superioridad desde el alma: la era de los Pumas

La Argentina rompió con las reglas de la lógica de este deporte y llegó a las semifinales; éste es el Mundial de los que juegan con el corazón, un atributo que no se compra con millones
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8 de octubre de 2007  

PARIS.- Las lágrimas incontenibles de Scelzo cantando el Himno reflejan la misma emoción de millones de argentinos. Los cuerpos inquietos de los héroes de París mientras entonan la canción patria transmiten el mismo nerviosismo que conmueve a los que los admiran desde afuera. La revolución Puma trasciende más allá de los límites del universo ovalado; como un ejército de guerreros ingobernable, el seleccionado conquista cada vez más espacio en un campo donde sólo había lugar para unos pocos, los que se sentían dueños de este deporte. Pero la gesta no sólo es deportiva, sino social, pues la proeza de estos domadores de adversidades es un ejemplo, un modelo de sacrificio, valor, entereza y unidad. ¿Qué más se le puede pedir a un grupo que representa a un país? Porque esto no es sólo del rugby, la trascendencia de este majestuoso logro sobrepasa cualquier intento de darle real magnitud en medio de la desbordante euforia.

Así como el plantel se unió para salir adelante en una órbita en la cual convive en inferioridad de condiciones, la Argentina se identificó con la causa de estos gladiadores. Los Pumas hacen estallar los corazones de alegría; en Buenos Aires, el interior o hasta en esta capital, sitiada por los colores celeste y blanco, han desencadenado la locura, la pasión por este equipo, el mejor que se haya visto en la historia. Son superiores, desde el alma, desde la implacable fortaleza mental, y en esta Copa del Mundo más de uno se ha quedado atónito. "Son los últimos románticos, son un verdadero ejemplo", declaró con sinceridad Jean-Pierre Rives, un referente del rugby francés, el capitán de Les Bleus , luego de la épica victoria en la presentación del certamen.

Se vuelven a casa Nueva Zelanda, Australia, Gales, Irlanda, todos favoritos -en sus distintos niveles- y hasta aquí dueños absolutos de todo los que sucede con esta actividad. Pero la selección argentina rompió esas añejas reglas, así como también se unieron a esta rebelión -aunque no pudieron concretarlo en resultados- Fiji, Tonga o Samoa, más integrantes del pelotón de relegados. Este no es el Mundial de los "grandes", este es el Mundial de los que juegan con el corazón. Ese es un atributo que los presupuestos millonarios no pueden comprar, ni por el cual los dirigentes pueden negociar. Se tiene o no se tiene, y los Pumas son los referentes de esa legión que no se deja dominar.

Esta inolvidable historia nació desde el anonimato o hasta de la marginación. Con fracasos, con momentos de zozobra o de desconsuelo, pero jamás los Pumas comulgaron con los que se rinden. En los peores momentos fue cuando más resplandecieron las virtudes, porque los grandes episodios de este conjunto se construyeron a partir del esfuerzo cotidiano, en el día a día, en cada entrenamiento. Pero no sólo lo que pasa hoy es la reivindicación para los 30 colosos de Loffreda y Baetti, en el camino muchos también dejaron su marca, y esos aportes ayudaron a engrandecer la mística que empezó a transmitirse de generación en generación, desde que en 1965 Marcelo Pascual quedó inmortalizado en ese vuelo a la gloria. Cada cual en su época, pero todos hicieron algo para que este presente sea realidad.

El lobby del hotel Marriott, el búnker para este choque ante los escoceses, se inundó de familiares y fanáticos un par de horas después de la nueva exhibición de grandeza en el Stade de France. Ex jugadores del seleccionado -de todas las edades-, amigos, allegados, gente sin lazos directos con los protagonistas en realidad, todos están con los Pumas, todos se sienten un poco Pumas. Porque, ¿quién no sueña con salir con la frente alta en alguna batalla quijotesca? Bueno, esos también son los que veneran a Pichot y Cía., porque todos se identifican con la filosofía de la perseverancia por sobre todas las cosas.

La selección argentina escaló a un lugar sublime, el sitial más elevado al que ni el más aventurero se haya podido imaginar. Pero nada termina aquí. No hay límites para este equipo de gigantes, no hay fronteras para los que se animan y dan cuerpo y alma por un sueño, por la ilusión de que le reconozcan lo que realmente son. No más palabras, hechos, dijeron hace un tiempo y embistieron como fieras embravecidas. Los Pumas se llevaron el mundo por delante, pero con tesón y humildad, no con otros argumentos, sólo el ejemplo y la mesura como insignia. La grandeza de la selección es admirable, y el impacto estremece con vehemencia. El imperio de los poderosos del rugby sucumbió. Es la era de los Pumas.

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