La hora del podcast

¿Es de verdad el nuevo medio de expresión o sólo otro invento con que nos abruma la tecnología? ¿Por qué estos programas de radio "a medida" pueden ser una buena opción? En esta nota, la experiencia en primera persona
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14 de octubre de 2007  

Hace un par de semanas, caminando de noche por una calle de Providencia llena de cerezos en flor, en medio de esas espesas neblinas de agosto que lo invaden todo, me enteré de que Sam van Halgren, uno de mis mejores amigos nuevos, partiría de mi órbita. No fue un momento agradable, lo confieso, y no estaba para nada preparado. La desaparición de Sam –anunciada por él mismo– me hizo pensar si uno puede considerarse amigo virtual de alguien con el cual nunca ha estado ni ha visto, pero al que ha escuchado por más de un año con leal atención. Escucharlo, sí, porque nuestra amistad fue, digamos, una amistad podcast, de esas que sólo nacen cuando uno se aísla del mundo con unos audífonos para entrar en otro muchas veces mejor, más culto y con mejor pronunciación, que nada tiene que ver con la dictadura de lo actual, del chiste rápido y la información al instante, que no mide minutos ni posibles audiencias y donde lo único que importa es el flujo de la conversación y el interés en aquello que a la mayoría no le interesa nada.

Me hice un total adepto del mundo podcast. Y explico los porqués: el medio no es masivo y, por lo tanto, puede darse un lujo que ni siquiera la televisión por cable digital puede darse: los creadores de estos programas radiales tratan primero de complacerse ellos antes que al resto. Bienvenidos, entonces, a la segmentación de la segmentación, donde todo es gratis (los podcasts se descargan por nada, que es más o menos la suma que un podcaster gana por emisión) y la idea de pensar que alguien puede ser medido por lo que tiene (ABC1) y no por sus gustos y pensamientos (cinéfilos, republicanos recalcitrantes, gourmets veganos, adictos al tenis, seguidores de Lost) parece ofensivo y pasado de moda. En la moral podcast no se trata de convocar a todos, sino al revés: una o dos personas (a lo sumo un grupo) se juntan para hacer un podcast (una conversación acerca de su reducido mundo personal) y esperan a que lleguen los indicados.

A diferencia de la radio, donde el aire no sobra y todo está regulado, el ciberespacio es tan grande que, aunque grites, es perfectamente posible que nadie te escuche. Pero a veces sí. Y por cada tres docenas de podcasts sin auditor alguno aparece un programa que seduce a millares (o millones).

Alguien me pregunta qué son los podcasts, cuánto valen y si son como los blogs. Obviamente, no sé qué responder o, al menos, me demoro, pues ya son tan parte de mi cotidanidad como para algunos es googlear cualquier duda. Le explico que, para mí, algunos de estos podcasts son muchísimo más importantes que ciertos programas de radio, o columnas o suplementos de la prensa análoga. Luego le explico que son sin costo, que es cosa de suscribirse (gratis) usando un software tipo iPodder o cualquier podcatcher, que toda computadora posee o puede poseer si se baja (en mi caso personal uso el iTunes, que se actualiza automáticamente cada vez que aparece un nuevo episodio de un podcast al que estoy suscripto). Lo más cómodo es subir el podcast a tu aparato reproductor de mp3 o iPod, aunque también se puede escuchar directamente de la computadora. Pero lo cierto es que el sitio natural para escucharlo es el iPod, pues así te permite acceder al programa a la hora y en el sitio donde uno desea (estos reproductores también se pueden conectar a los parlantes del auto).

Los blogs son parientes que parten de la misma premisa (armar tu propio medio o forma de expresión) y utilizan una tecnología parecida, aunque un podcast es claramente más “pesado” y de mayor complejidad.

Los podcast requieren de esfuerzo y trabajo (y tarjeta de sonido y micrófonos), y quizás sea ése el factor que los separa del resto de la comunidad digital por ahora.

La llegada de ellos es un grano más en lo que algunos llaman “control de los medios”: no en el sentido de ser sus propietarios, sino en el de tener control sobre lo que podemos escuchar y leer, y eso ocurre simplemente porque ahora tenemos muchas más opciones. No sólo podemos leer y escuchar y navegar por la Web; también podemos crearla (blogs, páginas web, fotologs, podcasts y una extraña forma de tevé/cine llamada Youtube). Quizá no sea el fin del mundo ni el comienzo de otro, pero sin duda está modificando el que existe.

Lo más fascinante, y donde compiten mano a mano con la prensa análoga (la tradicional), es que estos podcasts no tienen que rivalizar y no tienen problemas de tiempo o de pauta. ¿Un escritor paquistaní, un jazzista malayo, un arquitecto sueco? Todos pueden ser entrevistados por largo tiempo vía podcast.

Todo esto supera la imaginación. Háganme caso. No se lo pierdan.

revista@lanacion.com.ar

Para saber más:

http://podcast.com.ar

Cómo escucharlos

Los podcasts se pueden escuchar o ver desde la página web en la que han sido colocados. También pueden ser descargados los archivos de sonido y video. A partir de ahí, es algo personal. Se pueden usar programas especiales que leen archivos de índices, descargan la música automáticamente y la transfieren a un reproductor mp3. También se puede optar por escucharlo en la computadora (como sugiere la nota) e incluso copiarlo en CD de audio a partir de los archivos mp3 u ogg, dependiendo del formato original.

También se pueden escuchar los podcasts con herramientas como Odeo, que permiten suscribirse a los autores de podcasts preferidos o bajarlos y escucharlos en la computadora.

Otros programas para poder escucharlos son Doppler, disponible sólo en inglés, e Ipodder, ahora llamado Juice, disponible en español.

Fuente: Wikipedia

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