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"Ahora tengo ganas de vivir"

Tras un pasado lleno de fama, dinero y drogas, el ex jugador deIndependiente busca en la fe en Dios la última salida para reconstruir su vida
Diego Mazzei
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3 de mayo de 1998  

Retomar la senda apropiada cuesta y lleva tiempo. Si la voluntad acompaña, tal vez se hace menos duro. Más cuando alguien que en un pasado no tan lejano lo tuvo todo, se topa con un presente que lo tiene contra las cuerdas, esperando un error para sacarlo de combate.

Para Pedro Damián Monzón la sensación de volver a empezar es nueva, pero está entusiasmado. La densa mirada de la droga lo cegó hasta hace poco y en el bolsillo, donde supo acumular fama y dinero, sólo encontró hambre y desesperación. La realidad de quien lució con éxito las camisetas de Independiente y la selección argentina, se encontró un día con una familia, otrora orgullosa e invulnerable, rodeada de platos vacíos. Su actualidad quiere ser otra. Una escuelita de fútbol, ubicada frente a plaza Miserere, en el Once porteño, pretende ser su salvación. Rodeado de chicos, es un niño más. A los 36 años, aún conserva su figura delgada y el color negro de su pelo no delata el paso del tiempo. Afuera, en la plaza, turbas de gente deambulan por una tarde lluviosa. Adentro, en el bar que pertenece a las canchas, el mundo se instala a años luz de la charla. ¿Su encuentro con la fe? Para algunos podría ser un tardío guiño del destino; según Monzón, por obra de Cristo. "El pastor Hugo Giménez leyó una nota, en la que yo dije que no tenía para comer, se interesó por mi estado y vino a verme. Me dijo que mis hijos nunca más tendrían esas necesidades". Tiempo después, la vida lo encontró en una esquina cualquiera, repartiendo volantes de una iglesia. "Allí conocí a quienes son los dueños de las canchas. Me reconocieron y me propusieron este trabajo". Gozar de las bondades de la fama y caer en el oscuro camino de la marginalidad y el olvido quizá sean posiciones absolutamente antagónicas. Sin embargo, en la vida de Monzón ambas estuvieron comunicadas por un nefasto puente: la droga. "Yo llegué a estar muy bien económicamente -explica-, pero por culpa de la droga lo perdí todo. Si no hubiese encontrado a Cristo me hubiera muerto. Porque estaba viviendo mal, porque estaba enfermo por la droga. Pero cuando me di cuenta de que me estaba haciendo mal, no podía dejar de tenerla. Hoy estoy contento y con ganas de enseñarle a los chicos lo mucho o poco que aprendí en el fútbol, pero también fuera de él. Para que no se equivoquen como lo hice yo", se sincera y admite: "Fue el error más grande que cometí en mi vida. Sentí que me quedaba solo; me separé de mi primera esposa, perdí a mis amigos, y hasta mis hijos se alejaron de mí".

Volver a empezar

Jonatan (15), Braian (13), Kevin (9) y Damiana (5) comparten ahora este nuevo momento con su padre y María Luz (1), la preferida, que grita papá constantemente, mientras avanza a pura caída. A su manera, la mirada de cada uno ofrece aires de satisfacción. "Ahora no tengo casi nada de dinero, pero estoy muy bien conmigo mismo, con mis hijos, con María Luz, mi mujer...tengo ganas de vivir", confiesa.

La ayuda de la gente del fútbol llegó en cuentagotas. Pero Monzón saca a relucir su orgullo y no se queja: "Muchas veces hablé con ex compañeros, con técnicos y hasta he llorado. Pero les decía que era fuerte y que estaba bien, aunque en realidad deseaba que se dieran cuenta de que estaba enfermo y que no podía más. Yo no pedía plata; quería que me lleven a algún centro de rehabilitación".

Siempre se comentó su singular relación con los barrabravas. De hecho, en sus épocas de jugador, era muy común, cuando no jugaba, observarlo parado en un paravalanchas junto con los hinchas de Independiente. Monzón, muy lejos de ocultarlo, se enorgullece de tal vínculo: "Ellos siempre me cuidaron. Y, en los últimos tiempos, cuando estuve mal, los únicos que me acercaron un plato de comida fueron los pibes de Racing y los de Independiente".

Su paso por el fútbol chileno fue efímero y terminó con una suspensión por doping que lo catapultó de vuelta a nuestro país, pero ya no volvió a jugar. "En Chile se equivocaron. Se pensaron que por echar a un argentino se iban a anotar un poroto. Cuando volví golpeé cuanta puerta pude, pero nadie me quiso dar trabajo. Hasta probé con clubes de la C..." Alguna vez tuvo fama y dinero. Hoy la única fortuna de Pedro Monzón es la fe. En Dios y en él mismo. Casi todo. Casi nada.

De éxitos y frustraciones

La injusticia de muchos lo quiso hacer famoso por ser el primer jugador expulsado en la final de un Mundial, allá en Italia, en 1990. Pero aquella patada al alemán Jürgen Klinsmann no puede tapar los logros que obtuvo en su carrera. "Es una lástima que algunos se acuerden de mí por aquella jugada", comenta.

Los casi 200 partidos disputados en Independiente dieron sus frutos. Fue partícipe de la conquista de la Copa Intercontinental en Tokio, ante Liverpool, en 1984, dos años después de su debut en la primera, dato que pocos recuerdan.

Pero estar a la sombra de dos grandes como Hugo Villaverde y Enzo Trossero lo relegó a tal punto que en 1985 fue cedido a préstamo a Unión, de Santa Fe, de donde volvió con apenas un par de partidos encima. Sin embargo, en 1987, cuando estaba a punto de quedar libre de Independiente, Carlos Bilardo lo convocó para viajar con la el seleccionado argentino a una gira por Europa,y en el club de Avellaneda decidieron renovarle el contrato.

Ya como titular y símbolo de Independiente conquistó el torneo 1988/89, con Jorge Solari como técnico, y disputó la final de la Supercopa ´89 que perdió ante Boca. Del subcampeonato logrado con la Argentina en el Mundial de Italia también queda en la memoria el gol de cabeza que le convirtió a Rumania, en la etapa clasificatoria.

Luego de un corto paso por Huracán, volvió a Independiente, donde finalmente le dieron el pase libre. También se desempeñó en Barcelona, de Ecuador, Quilmes, Atlético Tucumán y, finalmente, Wanderers, de Chile.

La firme convicción de querer seguir ligado al fútbol lo empujó a realizar el curso para ser director técnico. Y aunque aclara que por el momento pretende dedicarse a trabajar en la escuelita, sueña con dirigir a Independiente. "A Independiente lo quiero tanto que hubiese trabajado hasta de aguatero. Sé que algún día voy a ser el técnico", sueña.

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