Vida Silvestre, treinta años después

Por Aníbal Fernando Parera Para LA NACION
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15 de noviembre de 2007  

La Fundación Vida Silvestre Argentina empezó a hablar de conservación de la naturaleza en nuestro país cuando la cuestión todavía se debatía en sótanos de museos y en indescifrables informes científicos. “Tendimos un puente entre la naturaleza y el ciudadano común”, me dijo una vez Miguel Reynal, el apasionado ideólogo de la primera hora de la institución y primero de sus tres presidentes en treinta años. Lo siguieron, todos por períodos de diez años, Teodosio César Brea y Héctor Laurence, quien actualmente preside el consejo de administración de la organización.

Muchos argentinos todavía recordamos la primera campaña pública masiva dirigida a sumar el esfuerzo de la ciudadanía en procura del bien común. Transcurrían los años ochenta y los televidentes recibían el siguiente mensaje: con cada compra realizada con tarjeta de crédito Diners se entregaría un metro cuadrado de tierras a la novel Fundación, para proteger al casi extinto venado de las pampas en la bahía Samborombón.

Con aquel gesto, el ciudadano común se sumaba a la defensa medioambiental en la Argentina, en la que fue la más recordada campaña de la corta historia filantrópica de nuestro país. Se sumaron tres mil hectáreas para la primera reserva natural de la Fundación Vida Silvestre Argentina (FVSA), Campos del Tuyú, administrada durante más de veinte años por la entidad, pero hoy a punto de convertirse en el primer parque nacional ubicado en la provincia de Buenos Aires.

Con la presidencia de Brea, fuertemente vinculado al WWF (Fondo Mundial para la Naturaleza, organismo mundialmente conocido por su carismático logotipo del oso panda), la Fundación Vida Silvestre Argentina (FVSA) comenzó a proyectarse internacionalmente. Se convirtió entonces en la “representante del panda” en la Argentina. Sin embargo, prefirió no convertirse en la WWF Argentina, como se denominaban las delegaciones del Fondo Mundial en los demás países, sino seguir manteniendo su nombre y su propia marca, la también emblemática del oso hormiguero.

Por sobre todas las cosas, la FVSA siempre quiso mantener sus prioridades pensando en el país, aportando una mirada de la realidad ambiental puertas adentro. El oso hormiguero y la selva misionera, están antes que el oso kodiak y las selvas del Congo. Un espíritu que late desde entonces en el sexto piso de Defensa 251, en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires, desde el que se conducen las acciones de decenas de expertos y de dos oficinas regionales de soporte: una en Puerto Iguazú, Misiones, y otra, en Mar del Plata. La primera se ocupa, lógicamente, de los asuntos de la selva, mientras que la segunda coordina las actividades costeras y marinas que la organización mantiene en todas las provincias litorales desde hace casi diez años.

En la medida en que la globalización fue avanzando a lo largo de la vida de la Fundación, la organización se hizo más y más consciente de que los problemas ambientales no podían ceñirse a la flora y a la fauna. Ni aun a los temas de nuestra “pequeña aldea”. Los informes de Vida Silvestre fueron pioneros en incluir al hombre en el centro de su debate y de sus acciones. Algunos títulos de aquellos reportes hoy parecen extraños, por ejemplo “La conservación de la selva paranaense y el hombre”. Pero marcaron una época.

Más tarde, la Fundación avanzó francamente sobre el tema de la contaminación, los problemas sociales con impacto ambiental y los temas urbanos que preocupan a la sociedad en general.

Llegaría el turno de abordar los problemas globales, sin perder la perspectiva local.

Héctor Laurence ha señalado: “No podemos permanecer impávidos frente al cambio climático, porque vemos que constituye una realidad de estos días, mientras que hace poco tiempo parecía cosa del futuro”.

La Fundación, que cada cinco años publica Situación ambiental argentina (algo así como el “libro gordo” del ambiente en nuestro país), hoy está dispuesta a liderar el cambio frente al cambio climático global. “Los argentinos tenemos que pasar a la acción en este terreno. No podemos seguir elucubrando predicciones, mientras el agua empieza a mojarnos los tobillos. Necesitamos, por el contrario, tomar medidas, porque nuestra ganadería, agricultura, obras públicas y ciudades deberán adaptarse a la realidad en el curso de los próximos años”, me comentó recientemente Laurence.

Vale festejar el cumpleaños de una fundación que empezó entre osos hormigueros y campamentos organizados por jóvenes hace treinta años y que hoy enfrenta los grandes temas del ambiente en la Argentina con su clásico estilo sobrio y equilibrado, que prefiere la propuesta a la protesta, que lleva donados tres parques nacionales al Estado nacional (Monte León, El Nogalar y, en estos momentos, Campos del Tuyú, ni más ni menos que aquella reserva natural adquirida gracias a los usuarios de una tarjeta de crédito) y que tiene otras dos reservas propias (Urugua-í, en Misiones, y San Pablo, en la Península Valdés, Chubut) y convenios con propietarios de tierras para la conservación de decenas de miles de hectáreas a lo ancho y a lo largo del país.

Las velitas del oso se apagaron anoche en el Salón Roof Garden del Hotel Alvear, en un acto denominado La noche de la naturaleza. Allí concurrieron importantes personalidades y auspiciantes, que acompañaron a la FVSA en su historia. Pero también se soplaron velitas, al menos de manera simbólica, en cada hectárea de tierra conservada para las futuras generaciones de argentinos, y para venados, macás tobianos y huemules, que hoy pueden vivir un poco más relajados gracias a las acciones emprendidas por el “equipo del oso”.

Todos los interesados en pertenecer a Vida Silvestre, para apoyar su labor y recibir la siempre jugosísima revista Vida Silvestre, pueden hacerlo desde la página web de la organización, www.vidasilvestre.org.ar o en el teléfono 4331-3631, int. 41.

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