Secretos familiares

Por Silvia Hopenhayn Para LA NACION
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13 de febrero de 2008  

La abogada y psicóloga Anne Ancelin Schützenberger nació en 1919. Rozó la Primera Guerra Mundial y padeció la Segunda. Y, sobre todo, estuvo inmersa en el furor creativo de las décadas del 60 y el 70, en pleno auge del interaccionismo, las terapias de grupo y muchas de las investigaciones originadas en la Escuela de Palo Alto.

Trabajó con Margaret Mead y Gregory Bateson. Se interesó en el psicodrama y la comunicación no verbal. Su forma de indagar en los vínculos humanos es resultado de diversos estudios, que van de Freud a Dolto, con gran énfasis en las dinámicas de los grupos familiares. De allí que su libro ¡Ay, mis ancestros! , ahora publicado por Taurus -en Francia, se agotaron catorce ediciones-, presente gran parte de las teorías que ella reunió.

Esto significa que al escribir está acompañada por todos los que la fueron nutriendo y le permitieron elaborar cierta síntesis. Cita a los autores que le parecen valiosos a la hora de definir cuestiones relativas a la familia. Al tiempo, subraya el valor de escritores como Proust, Musil, Modiano e incluso Hergé (el creador de la historieta Tintin ). De allí que este ensayo ahonde en los traumas que pasan de una generación a otra, los codiciados secretos familiares que yacen bajo el silencio y las formas de filiación que se establecen según determinadas circunstancias.

Para Schützenberger es tan fundamental el núcleo familiar como el contexto en el que se desarrolla la existencia. Las guerras, las crisis económicas o morales influyen en los modos de relacionarse y provocan experiencias tan extremas que se requieren varias generaciones para disolverlas o hallarles una significación. Es notable cuando la autora se refiere al "escalofrío intergeneracional", al que llama "el viento aterrador de la bala del cañón". Se basa en relatos de cirujanos de Napoleón, durante la campaña rusa de 1812, que hablaron del shock de ciertos soldados al sentir pasar a su lado el viento de la bala de cañón. Según cuentan, algunos perdieron la memoria y otros se aterraron a tal punto que se les heló el alma. Para la autora, cierto frío que "cala los huesos", manifestado por hijos o nietos de inmigrantes escapados de la guerra, proviene de estas experiencias devastadoras de sus ancestros. Hay una parte del libro dedicada al "genosociograma", un estudio del árbol genealógico. El libro promueve la interacción con el lector; quizás un modo que la autora tiene de poner a prueba sus teorías. Licenciada en Derecho y luego especializada en Psicología, Schützenberger estableció un puente entre ambas disciplinas para preguntarse por lo que es justo. Según ella, el grito de los niños suele significar: "Esto no es justo". En ¡Ay, mis ancestros! , la interjección se refiere al alarido que se traslada de generación en generación reclamando justicia. Muchas veces es demasiado tarde, pero siempre hay algo que absuelve el resentimiento: discernir lo propio de lo heredado.

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