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Perón, Frondizi y el pacto que marcó una época

Por María Sáenz Quesada Para LA NACION
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22 de febrero de 2008  

El acercamiento del doctor Roberto Lavagna al ex presidente Kirchner con miras a la reorganización del justicialismo es calificado por unos en forma positiva, pues favorecería el sistema de partidos; otros prefieren denominarlo “pacto”, término que suele utilizarse en tono negativo. Prejuicios aparte, lo que importa es juzgar este tipo de acuerdos por sus resultados.

En el siglo XX, el pacto por antonomasia fue el de Frondizi, candidato de la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI), con Perón, presidente depuesto y proscripto, para asegurar el triunfo de la UCRI en las elecciones de febrero de 1958. No se trataba, como ahora, de dos políticos de un mismo partido separados circunstancialmente, sino de los jefes de agrupaciones antagónicas en un país que había estado, dos años antes, en el límite de la guerra civil.

Para la sociedad política, dominada entonces por el espíritu gorila, opuesto a cualquier forma de inclusión del peronismo, ese pacto no era siquiera imaginable. Por eso, a pesar de que los emisarios del jefe de la UCRI –fundamentalmente, Rogelio Frigerio– venían conversando en secreto con John William Cooke, en Chile, y con Perón, en Caracas, en el gobierno militar no se les dio crédito a los rumores. Sin embargo, el embajador argentino en Panamá, Samuel Alperín, viajó expresamente a Buenos Aires, en diciembre de 1957, para entregar las pruebas de la negociación al ministro de Relaciones Exteriores, quien llevó el informe a una reunión de gabinete. Como no le dieron importancia, el ministro se sintió desairado y renunció.

“Lo cierto es que ni el general Aramburu ni yo creímos que el doctor Frondizi pudiese haber contraído un compromiso de esa naturaleza con Perón”, reconoció el vicepresidente, almirante Isaac F. Rojas, a una pregunta del historiador Potash.

Rojas tenía tantas discrepancias con los radicales del pueblo que veía en la denuncia sólo un argumento más a favor de Ricardo Balbín, candidato favorito del presidente Aramburu.

Esta rivalidad dentro del gobierno de facto contribuyó para que el tema no estallara en forma escandalosa antes de las elecciones, a pesar de las denuncias, de los informes periodísticos y de los rumores que Frondizi desmintió en una declaración: “No tenemos acuerdos ni pactos secretos con ningún grupo o persona” (La Nacion, 14-02-58).

Los entretelones se conocen. Se sabe que Perón, al principio, se mostró reacio. “Los pactos políticos entre facciones adversas son siempre de mala fe, aunque sean convenientes”, dijo, temeroso de que si la operación resultaba exitosa se legalizara la revolución.

Otro efecto posible era que la masa de sus electores se negara a votar por un candidato que expresaba tradiciones y estilos muy diferentes.

Cambió de opinión a raíz de los resultados electorales de la Convención Nacional Constituyente de 1957: el voto en blanco que respondía a sus órdenes había convocado a la cuarta parte del electorado solamente.Entendió entonces que si se mantenía en la línea insurreccional muchos peronistas votarían por Frondizi para evitar el triunfo de la Unión Cívica Radical del Pueblo, más identificada con los antiperonistas que la Unión Cívica Radical Intransigente.

Por otra parte, después de los fusilamientos de junio de 1956 no había opción para una segunda intentona militar. Por eso, aceptó el acuerdo y desoyó a quienes aconsejaban insistir en el voto en blanco.

Perón necesitaba un respiro para continuar el juego de ajedrez que evitaría que su fuerza política alumbrara nuevos liderazgos, riesgo posible, dado que Aramburu admitía la participación de partidos neoperonistas en los comicios.

El pacto, firmado el 3 de febrero de 1958 en Ciudad Trujillo (Santo Domingo), donde Perón se había refugiado luego del derrocamiento del dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez, dice que votar por Frondizi es la mejor forma de luchar y que el candidato estaba comprometido a restablecer las conquistas sociales del justicialismo y a permitir la libre expresión política y sindical.

Este último punto incluía el compromiso de normalizar los sindicatos y volver a la CGT única, lo cual permitiría al peronismo reorganizarse sobre su sólida base gremial. Hubo también una parte no escrita: Perón necesitaba con urgencia recursos económicos; de esto se encargó Frigerio.

Otros puntos fueron dejados de lado. Me refiero a la convocatoria a elecciones de constituyentes, la declaración de la caducidad de las autoridades y el llamado a elecciones generales. Esta promesa formó parte de la letra muerta del compromiso, no sólo porque cuando Frondizi asumió la presidencia el poder de veto siguió en manos de los militares, sino también porque él mismo se había comprometido, como “hombre de honor”, a respetar lo actuado por la Revolución Libertadora y estaba dispuesto a cumplirlo.

Por su parte, Perón, a la pregunta de alguien de su círculo “¿Usted cree que Frondizi va a cumplir con el pacto?”, contestó: “No, m’hijito... Y nosotros tampoco. Los pactos políticos nunca se cumplen” (según reveló Marta Cichero en 1992). Sin embargo, hizo efectiva la parte inmediata del acuerdo al ordenar que su gente apoyara a la UCRI.

Gracias a esto, la UCRI mejoró su porcentaje electoral con respecto a las elecciones de constituyentes, ganó en todos los distritos y se aseguró la mayoría del colegio electoral y del futuro Congreso.

Con respecto al pacto, las opiniones se dividen. Los desarrollistas lo defienden a rajatabla porque, a pesar de sus trampas –Frondizi nunca lo firmó de su mano–, simbolizaba el acuerdo que se había conseguido para que el país superara esa etapa de rencores y de violencia.

Otro sector de la UCRI consideró que Frondizi estaba en condiciones de ganarle a Balbín por las suyas, dado que su propuesta para “veinte millones de argentinos” representaba la voluntad de cambio y la expectativa de un futuro sin odios que permitiría modernizar el país.

Visto a la distancia, el pacto sirvió para la coyuntura inmediata más que para la construcción de una democracia sólida. Frondizi, cuyo pasado de izquierda democrática resultaba difícil de digerir para un sector militar ultra, quedó debilitado cuando el acuerdo finalmente se publicó. Los radicales del pueblo, defraudados en todas sus expectativas electorales, se constituyeron en una oposición intransigente.

Por otra parte, su hipotética victoria no constituía una alternativa dramática como se suele alegar: por la lógica de las necesidades políticas, también la UCRP debía captar al peronismo y propiciar una amnistía.

Hubo, sí, dos beneficiados firmes por el compromiso. Uno de ellos, Frigerio, quien se convirtió en el dueño del secreto de Frondizi, de su gestión presidencial y de su futuro político. Los otros, los sindicalistas peronistas, favorecidos por la vuelta de la CGT única, sistema que perdura hasta hoy (y que no se privaron de hacerle una oposición frontal a la política económica del desarrollismo).

En consecuencia, el Pacto de Ciudad Trujillo sirvió para construir un sistema político en el que las corporaciones adquirieron un peso sustancial en el manejo del Estado, mientras los partidos perdieron relevancia, y así, actualmente, luego de veinticinco años de ejercicio de la democracia, todavía marchan a los tumbos.

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