La vida secreta de los sonidos

Ana Belén Elgoyhen acaba de recibir en París un reconocimiento que muchos consideran el Nobel femenino: el Premio L’Oréal-Unesco For Women in Science, por sus aportes al entendimiento de la genética de la audición. LNR estuvo en su laboratorio del Conicet, un sitio pequeño donde ella hace trabajos de gigante, orgullosa de haberse formado en la Argentina
Valeria Shapira
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9 de marzo de 2008  

–Esta noche hay pastas –dice ella, con su voz suave y su tono tranquilo.

A las 9 de la mañana, Ana Belén Elgoyhen, de 49 años, llega al Instituto de Investigación en Ingeniería Genética y Biología Molecular (Ingebi) con el cronograma del menú familiar en la cabeza.

–Mi marido ayuda, y mucho. Pero las que finalmente definimos qué habrá de comer siempre somos las mujeres.

Acaba de ser reconocida con el que, para muchos, es el máximo galardón a las mujeres de ciencia: el premio L’Oréal-Unesco para la región de América latina, que cada año otorga cien mil dólares a cinco investigadoras –una por cada continente– que hayan contribuido con sus logros al avance científico en el nivel global.

Y vaya si lo de Elgoyhen ha sido una contribución: en 1994, cuando trabajaba en el Instituto Salk, en La Jolla, California, descubrió un sistema que, en el interior del oído, modula lo que escuchamos y lo hace entendible. Permite que detectemos un sonido en un ambiente ruidoso (por ejemplo, lo se dice en una conversación que se mantiene en una fiesta con música fuerte), y protege el oído del trauma acústico. En el futuro, su descubrimiento podría ser útil para hallar respuestas a patologías que van desde los acúfenos (zumbido o campanilleo) hasta la sordera.

–Todo fue por casualidad. Yo estaba estudiando ciertos receptores cerebrales involucrados en enfermedades neurodegenerativas, y en la recepción de sustancias como la nicotina. Un día encontré un gen que pertenecía a la familia de esos receptores, pero que tenía una estructura algo diferente. Descubrí que ese gen daba información para unas proteínas que los fisiólogos de la audición habían buscado durante más de 30 años. Así que dejé el sistema nervioso central y me dediqué a la fisiología auditiva y la genética de la audición.

Ana Elgoyhen es didáctica y simple a la hora de explicar. Dice lo suyo sin términos raros:

–El ruido intenso duele.

La sala en la que conversa con LNR es la más silenciosa del edificio, pero igualmente entran por la ventana los rugidos de los colectivos de la calle.

–Buenos Aires es una ciudad tremendamente ruidosa...

–Sí. Aquí no se cumplen las leyes que podrían protegernos más. Los colectivos, las bocinas, todo eso produce un daño que es acumulativo e irreversible. Y los iPod que usan los chicos... Hay que educarlos para que bajen el volumen, porque también pueden dañar.

En la oficina que la doctora Elgoyhen comparte con otro científico del Ingebi no entran más que tres personas de pie. Afuera, en el pasillo, las heladeras e incubadoras que guardan años de experimentos e investigaciones están apiladas como panqueques. Y eso que –según confiesa– ella tiene la suerte de estar en uno de los institutos públicos mejor equipados del país.

–Trabajo en casa antes de venir. Necesito leer, pensar, escribir, pero acá es difícil. Tenemos muy poco espacio, y eso es una lástima. El gobierno ha invitado a los científicos que viven en el exterior para que vuelvan a trabajar al país. Mi pregunta es: ¿en qué lugares?, ¿en qué edificios? Me parece que uno de los mayores desafíos para Lino (Barañao, ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva) será la infraestructura edilicia. A veces, hasta tenemos plata para comprar un equipo nuevo, pero no lo hacemos porque no sabemos dónde ponerlo.

–De todos modos, por educación o por cultura, en esta parte del mundo la gente siempre encuentra cómo arreglarse.

–La educación argentina sigue siendo buena. Yo me formé acá, primero en el Santa Catalina, de Belgrano. Hice el bachillerato internacional y terminé hablando inglés, lo que me ayudó mucho. Después estudié bioquímica en la UBA e hice un doctorado en farmacología en el Conicet. Todo de excelencia, incluso de mayor amplitud mental que en los Estados Unidos. La experta en la vida secreta del oído dice que allá, en el país del Norte, la gente tiene “orejeras”.

–Es estructurada, poco flexible. Cuando estuve fuera del país jamás me sentí con menos posibilidades que un europeo o un norteamericano a la hora de resolver. Es así: en América latina tenemos reflejos para arreglárnosla con cualquier cosa. Nos educan bien, pero hay carencias. Y eso ejercita los reflejos.

La científica loca

Hacía 30 años que Ana Elgoyhen no viajaba a París. Esta vez le tocó llegar hasta allí para ser aplaudida por premios Nobel y científicos de todas partes. Está feliz, pero igualmente lo del premio todavía le resulta increíble.

–¿Por qué la sorprende tanto?

–Si hubiera habido hombres en la competencia, seguramente lo habrían ganado Parodi (Armando, de la Fundación Leloir), Koremblit (Alberto, del Conicet) o Rubinstein (Marcelo, del Conicet)

–Pero parece que el jurado internacional (también integrado por hombres) encontró que usted era merecedora de un premio así.

–Sí, tiene razón.

–¿Le parece que todavía hay que hacer alguna diferencia entre las mujeres y los hombres en el ámbito de la ciencia?

–La verdad, yo nunca me sentí discriminada. Nadie me puso un pie delante para que me cayera. Si a un hombre le fue mejor que a mí, siempre pensé que era por mérito y no por género. De todas maneras, si uno mira las cifras, hay más becarias mujeres que hombres, y a medida que se avanza sobre los cargos ejecutivos la pirámide se invierte: siempre hay más varones en los cargos de mayor envergadura.

–¿Por qué?

–En parte, creo que a nosotras se nos sigue complicando más hacer la carrera. Estamos divididas. Hay que criar a los hijos, ocuparse de la casa, contribuir a la economía familiar... De todos modos, yo creo que las cosas se pueden balancear. Y no dejaría una por otra.

A su hijo Bruno lo tuvo a los 40. Con Norberto, su marido, a quien conoció en el Ingebi cuando era becaria, en 1988. El se ocupa de cuestiones relacionadas con la importación de insumos para la investigación. Están juntos desde el ’97.

–Nunca pensé que iba a tener un hijo. O en realidad, pensé que ya no me iba a tocar. Seguramente por eso llegó: yo estaba “en otra”.

–¿A Bruno le interesa la ciencia?

–Dice que va a ser artista o dentista. Pero no sé, lo imagino ingeniero. Le encanta construir.

–¿Y qué opina él acerca de su trabajo?

–Que soy una científica loca.

–¿De dónde viene eso?

–Supongo que de algo que vio en la televisión. De esos programas o dibujitos donde los científicos aparecen como seres algo extraños.

–¿Lo son?

–No creo. Supongo que se nos ve así porque pasamos mucho tiempo en el laboratorio, sobre todo los que hacemos ciencia básica. La carrera del científico suele ser solitaria. El 80% de las veces uno se frustra porque no consigue nada de lo que busca, y hay que tener vocación para seguir ahí, haciendo un trabajo que es ingrato y que vale la pena por el 20% restante, por esos momentos en que descubrís algo, y aparece la magia de la ciencia.

Fotos: Micheline Pelletier/gent. L’oreal

Para saber más: www.loreal.com ; www.ingebi-conicet.gov.ar

Diez años de reconocimientos

Fue lanzado en 1998 y nada lo detuvo. El Programa L’Oréal-Unesco For Women in Science identifica cada año a cinco mujeres líderes en la ciencia (a las que premia con 100.000 dólares) y concede a 15 jóvenes científicas una beca de investigación. También otorga un premio nacional que entregan las subsidiarias de L’Oréal con el apoyo de las comisiones nacionales de la Unesco y de un tercer socio (en el caso de la Argentina es el Conicet), que consta de 20.000 dólares y que en su primera edición fue otorgado a la bioquímica bahiense Cecilia Bouzat. Desde su creación, el programa ya ha reconocido a 362 mujeres de 76 países.

Béatrice Dautresme, directora general de la Fundación L’Oréal y vicepresidenta ejecutiva de Comunicación y Relaciones Exteriores de la compañía (en la foto), fue una de las impulsoras del programa. Hoy, asegura que el balance es positivo porque se ha dado a conocer la tarea de cientos de científicas de distintos rincones del globo.

Y la tarea continúa.

“El mundo científico se está abriendo a las mujeres, pero con una enorme lentitud. Los estereotipos aún están muy presentes en el mundo, y es real que muchas tienen un «techo».Las mujeres rara vez acceden a puestos de responsabilidad, a pesar de sus títulos o su extensa formación académica. Y además, en el nivel mundial, ellas no representan más del 27% del total de los investigadores”, afirma Dautresme.

Pero se muestra esperanzada: “Hay que convencer a las mujeres jóvenes de que tienen en la ciencia un fabuloso nicho de empleo: de aquí a 2010, los laboratorios europeos reclutarán 700.000 nuevos investigadores. Demostrarles, como lo hacemos por medio de este programa, que, lejos de una carrera solitaria, les espera una vida rica en desafíos intelectuales y colaboraciones formidables”.

Entre el laboratorio y la familia

Una de ellas, de 74 años, fue la primera argentina en obtener el Premio L’Oréal-Unesco, en 2003. Las demás ganaron la Beca Internacional. Todas opinan sobre el lugar de las mujeres en el campo científico

Mariana Weissmann (74)

Dra. en Física. Premio L’Oreal-Unesco 2003 por ser pionera en el uso de computadoras para el estudio de las propiedades de los sólidos

Fue la primera mujer miembro de la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. “Alguien tenía que serlo”, comenta risueña. Trabaja en la Comisión Nacional de Energía Atómica y, con más de 100 artículos publicados, piensa que “formar profesionales que hoy tienen cargos en el Conicet, en la Comisión Nacional de Energía Atómica, o integran equipos de universidades argentinas y europeas, es lo más importante que hice en mis cincuenta años de carrera”.

Weissmann asegura que “la situación de las científicas ha mejorado mucho” desde que ella empezó, aunque admite que, por ser mujer, ella no sintió ninguna desventaja. “La Argentina tiene más mujeres que hombres científicos, porque se gana poco y porque los hombres son más propensos a emigrar.”

Doctora en física por la Universidad de Buenos Aires, comenzó a trabajar estudiando las nubes, en los años 60, en el entonces recién creado Departamento de Meteorología de Ciencias Exactas. Audaz y creativa, trabajó junto a un equipo para evitar la caída de granizo en Mendoza sembrando las nubes con ioduro de plata. “Este proyecto, como muchos otros, se vio perjudicado por La Noche de los Bastones Largos”, recuerda. Weissmann y los promotores del proyecto emigraron, y todavía lamenta que aquella idea nunca fuera “debidamente probada”.

Después, su especialidad fue la física computacional aplicada a la materia condensada, tema por el que recibió el premio L’Oréal-Unesco For Women in Science, con el premio Nobel de Física 1991, Pierre-Gilles de Gennes, como jurado. Fue la primera vez que una argentina obtuvo ese galardón.

Para esta pionera de 74 años, la ciencia que se hace en el país es muy buena, pero poca.

“Mi vida ha tenido momentos difíciles –dice–, pero la decisión de ser científica nunca estuvo en juego. No tuve hijos, pero mis estudiantes de doctorado suplieron ese déficit afectivo. Recomiendo este oficio a cualquier mujer joven, curiosa, y con capacidad de pensamiento abstracto.”

María Gabriela Palomo

Dra. en Biología, especialista en ecología marina de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Becada en el año 2003

La mujer que ganó la primera beca L’Oréal-Unesco para la Argentina (20.000 dólares destinados a un posdoctorado en Australia para investigar el impacto del hombre en sus costas rocosas) se excusa por contestar “casi sin tiempo”, porque “son las tres menos cinco y tengo que ir a buscar a mis hijos a la colonia”.

Casada, con una hija de 2 años y un bebé de 8 meses, su anterior dedicación a la ciencia ha cambiado un poco: desde las tres de la tarde, “vive” para sus hijos. “Pero cuando hago trabajo de campo le dedico más tiempo porque para obtener muestras hay que caminar varios kilómetros por la costa (a veces rocas, a veces fango)”.

Gabriela no duda: “No es fácil tener buen rendimiento científico y ser mamá. Socialmente, es muy difícil explicar por qué dejo a mis hijos durante 8 horas para hacer algo que ni siquiera reditúa económicamente; por qué es divertido ir con ellos a buscar cangrejos y embarrarse; por qué tienen que viajar para que yo pueda estar en un congreso, en vez de vivir una vida “tranquila”. Si tengo que faltar porque tienen fiebre, falto. Pero, igual, la gente me dice que no logra entender lo que hago”.

María Laura Guichón

Dra. en Biología de la Universidad de Luján. Becada en 2004 por una investigación sobre ecología

En la Universidad de Southampton (Inglaterra) desarrolló modelos que permiten predecir la dinámica de invasión de la ardilla de vientre rojo en la región pampeana. Luego de volver de Inglaterra, trabajó como becaria posdoctoral del Conicet en Junín de los Andes, y se estableció definitivamente como investigadora y docente en la Universidad Nacional de Luján. Vive con su marido, también biólogo, y está embarazada de su primer hijo.

“No creo en las diferencias de género, sino en las individuales. Creo que la mayor diferencia entre el varón y la mujer se expresa cuando se tienen hijos, lo que inevitablemente afecta al crecimiento profesional y académico. En mi caso, esto postergó mi maternidad por varios años, hasta que logré un puesto relativamente estable como investigadora”.

Laura Echarte

Dra. en Ciencias Agrarias. Recibió la beca internacional en 2007 por su proyecto de sistema de cultivos intersiembra maiz-soja para aumentar la producción sin dañar el suelo

Su aspiración es poder mejorar la producción de cultivos cuidando el ambiente. De hecho, ya está realizando en la Argentina la campaña de cultivos alternados para preservar el suelo. A fines de abril cosechará las muestras y las llevará a Canadá, país elegido para desarrollar su beca. Su marido y su hijo de un año y medio tienen el mismo nombre: Prando. Y cuenta que –como todas– antes de tener al bebe le dedicaba al trabajo científico el 80% de su tiempo. Ahora, “sólo 8 horas diarias; el resto, al bebé”.

Asegura que “nuestras capacidades y reconocimiento son similares a los de los hombres, pero a la hora de tener hijos quedamos atrás si no queremos descuidar a la familia”.

Tuvo oportunidad de tomar cursos en otra ciudad “pero amamantaba a mi bebé y la rechacé. No lo lamento. Tengo la vida que quiero, aunque... una mejor remuneración económica ¡no estaría mal!”.

María Valeria Lara

Doctora en Biología. Becada en 2005 por un proyecto de investigación en ingeniería genética

Casada y esperando una beba para los primeros días de abril, le dedica al trabajo científico 9 horas diarias, no sólo en investigación, sino también en formación de recursos humanos y docencia universitaria.

“Soy una científica que no ha encontrado ninguna dificultad en compatibilizar mi trabajo con otros roles. Pero los niños pequeños pueden dificultar las tareas de investigación, o el asistir a simposios y congresos, porque mientras los hombres dedican su cerebro «exclusivamente» al trabajo, las mujeres piensan en sus hijos y en el hogar. Pero se puede hacer todo.”

Aspira a contribuir al progreso del conocimiento, y a “dejar mi impronta en la gente que formo para que aprenda a trabajar correcta y rigurosamente. Tengo la vida que elegí y por la que me esforcé. También tengo una linda familia, y no puedo más que estar agradecida”.

Cuestión de género

Están por todas partes. Pero no se las ve. Son premiadas, pero tienen bajo perfil. Han hecho investigaciones y descubrimientos descollantes, pero poco se sabe de ellos. Son las mujeres científicas. Las que han querido dedicarse por entero a la ciencia y lo han logrado; las que se las ven de figurillas para repartirse entre la guardería y los protocolos de investigación, y también las que han debido optar por resignar sus aspiraciones de ganar el Premio Nobel y formar una familia Ingalls al mismo tiempo.

Es que la frase “todo no se puede” parece haber sido hecha a la medida de las mujeres que se dedican al campo de la investigación científica. Y no por falta de méritos. De hecho, “cada vez más mujeres ingresan en las carreras científicas –tanto las tradicionalmente femeninas (Medicina, Psicología) como las duras (Física, Biología, Matemáticas)”, explica la profesora Gloria Bonder, coordinadora del área de Género, Sociedad y Políticas que lleva adelante la Cátedra Regional Unesco Mujer, Ciencia y Tecnología en América latina.

Son mujeres que tienen buen rendimiento universitario, incluso –en algunos países– mejor que el de los hombres. Se reciben sin dilaciones y acceden a puestos de trabajo en ámbitos académicos o empresariales. “Y ahí es donde empieza el problema del «techo de cristal», que incluye varias aristas: abandonan su profesión, se quedan estancadas o se segregan en funciones menos reconocidas.” Esta situación es cuasi universal, aunque a la Argentina le va mejor que a otros países: en este momento, para un mismo puesto, las mujeres pueden llegar a ganar... hasta un 80% de lo que gana un hombre. De todos modos, “en el Conicet, de los ocho integrantes del Consejo Directivo, sólo uno es mujer, y de la carrera de Historia”, señala Bonder.

Ser madre es una ciencia

En la Argentina, donde el número de mujeres dedicadas a la investigación básica en ciencias biomédicas casi duplica al de hombres, casi ninguna accede a los puestos más altos. Esto se debe a que en los años de formación (de los 28 a los 40 o 45), volcados a la producción de trabajos cientificos que permiten acceder a niveles superiores, “la mujer tiene que dedicar un tiempo significativo a la educación de sus hijos y a organizar su hogar”, explica el doctor Armando Parodi, prestigioso jurado de la Beca Internacional L’Oréal-Unesco. Este hecho se ve agravado por los salarios bajos de los científicos –un investigador básico gana aproximadamente 2500 pesos por dedicación de tiempo completo–, que impiden contratar guarderías o jardines de infantes, y por la falta de estas instituciones en el lugar de trabajo. Para Parodi, además, se trata de un problema cultural: “Cuando los niños pequeños se enferman o tienen problemas en la escuela es la madre quien se ocupa de remediar el problema”. Y advierte seriamente que “si se desea sobresalir, no sólo es necesario trabajar de 8 a 10 horas en el laboratorio; hay que mantenerse actualizado, lo que supone dedicar por lo menos 1 o 2 horas diarias al estudio. Por eso, la mujer está naturalmente en desventaja respecto de los hombres a la hora de un concurso que evalúe una promoción en la carrera científica”.

Aunque también para la doctora Bonder el “doméstico” es el problema más serio, no es el único que deben enfrentar las científicas. Muchas veces, los obstáculos parten de ellas mismas. Desde la Cátedra de la Unesco, Bonder está realizando una experiencia con investigadoras latinoamericanas en biomedicina que intenta superar esos escollos. “Cuando una mujer ingresa en los ámbitos de privilegio de la ciencia, se comporta como una minoría en un sector de elite, «se la cree». Se siente agradecida por estar en tal instituto y trata de adaptarse. Entonces, no genera conflictos, porque tiene miedo –con justa razón– de ser segregada. Ahí se produce un círculo vicioso: la institución tiene una cultura que a ella no le gusta, pero a la que le gusta pertenecer”.

Rigurosas diferencias

Este año, el trabajo de la doctora Ana Belén Elgoyhen impresionó al jurado del Premio L’Oréal-Unesco, “que no imaginaba que en un país periférico, como el nuestro, se hacían investigaciones relevantes capaces de competir con el Primer Mundo”, asegura Parodi.

En la consideración internacional, las científicas argentinas son exactamente iguales en motivación y dedicación que sus colegas del Primer Mundo. Incluso tienen ventaja: es muy común que en centros de investigación y universidades de Estados Unidos se prefiera contratar a hombres para realizar investigaciones, por el “tiempo muerto” que suponen los embarazos y la crianza. “Esta discriminación –asegura Parodi– casi no se da en nuestro país.”

Hoy, las mujeres “relacionan su trabajo con abnegación, con salvar a la humanidad”, dice Gloria Bonder. Y advierte que hay que “generar y negociar las condiciones de poder necesarias: quién va a un congreso, quién obtiene la beca, quién posee el laboratorio mejor equipado”. Por otra parte, según varios científicos, las mujeres no se consideran a sí mismas trabajadoras. “Se creen algo especial, un grupo de elite –confirma Bonder–. Nosotros les demostramos que son trabajadoras, y que deben luchar por sus derechos como tales.”

A pesar de los obstáculos, las mujeres científicas se multiplican. Pero claro que su futuro en la ciencia será venturoso si se promueven cambios culturales. Si eso no sucede, Parodi vaticina que “continuaremos descartando al 50% de los cerebros que podrían dedicarse a la ciencia”.

Carolina Trochine, desde el Sur

De 9 a 18 está en su laboratorio de la Universidad Nacional del Comahue, en Neuquén. Pero a veces, para encontrar a Carolina Trochine –bióloga y flamante ganadora en París de la beca internacional L’Oréal-Unesco– hay que dar un paseo por el lago.

“Me interesan los lagos poco profundos, y ahora me voy a Dinamarca a ver el efecto que tiene el nitrógeno proveniente del impacto humano, el que, por ejemplo, está en el agua que llega de los campos cultivados”, le cuenta a LNR.

Lo suyo –dice– es “un granito de arena para poder entender qué efectos producen estas sustancias, cómo actúan, y comparar la situación actual con escenarios venideros. Quizás ayudemos a encontrar maneras de prevenir grandes contaminaciones”.

Carolina tiene apenas 30 años. Y un novio que nunca se separa de ella, y la acompañará a Europa. “Marcelo me bancó siempre. Cuando yo cursaba el doctorado, nos íbamos a la laguna a conseguir muestras. Toda mi familia me apoyó. Para hacer esto, necesitás tener cerca a los que querés y te quieren.”

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