El estilo es el hombre

Como un arquero zen, Miguel Ocampo persistió a lo largo de su vida en la búsqueda de la imagen esencial; prueba de ello son las pinturas de los sesenta que exhibe Coppa Oliver y el espacio con su colección inaugurado en La cumbre
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15 de marzo de 2008  

Para LA NACION

La afirmación del naturalista francés Louis Buffon de que "el estilo es el hombre" cabe a Miguel Ocampo como anillo al dedo. Ocampo y su obra se corresponden sin posible disociación. ...l admite que "uno siempre pinta el mismo cuadro, hasta que lo merece". Es decir, que el artista persiste en la búsqueda de la imagen esencial, de la cifra íntima e intransferible que contiene todos los avatares de una vida y los supera en epifanía.

Arcano y diáfano, sencillo pero no simple, accesible, nunca imperativo, Ocampo escucha atento y sobre todo alerta al soliloquio interior. Un arquero zen, se diría. Tan conciso y exacto como un haiku de Basho o un poema del entrerriano Juan Laurentino Ortiz.

Ocampo expone obra nunca antes exhibida, realizada en París en los años sesenta. Son óleos sobre cartulina ("bien barata") montada sobre bastidor. Ha pasado mucho tiempo, pero existe una afinidad inocultable con la obra reciente exhibida en La Ruche y el año pasado en Coppa Oliver Arte, galería donde reincide en la muestra que se inauguró el miércoles.

¿Reminiscencias figurativas sublimadas, abstracción, informalismo, paisajes subjetivos, transfiguración plástica de lo visivo? Los interrogantes recorren, sin sobresaltos, toda la producción de Ocampo. Esta veintena de obras que conforman la muestra no acusan los desasosiegos del tiempo en que fueron gestadas. Se comprende la renuencia del pintor (también arquitecto y diplomático) a enrolarlas en el movimiento informalista.

En los sesenta, la definición implicaba el comportamiento casi autónomo de la materia -con frecuencia generosa-, gestualidad espontánea o caligrafía refinada. Era lo usual en Estados Unidos y en Europa; en la Argentina eclosionaba la Nueva Figuración (De la Vega, Macció, Deira, Noé) antecedidos por Silvia Torrás, Kenneth Kemble, Alberto Greco y, mucho antes, por Juan Del Prete. Aldo Pellegrini lo alineó con Hans Hebi, Alfredo Hlito, Enio Iommi, Claudio Girola, Lydi Prati, Tomás Maldonado, y con la pareja conformada por Sarah Grilo y Juan Antonio Fernández Muro, amigos y compañeros en el taller del catalán Vicente Puig. Corría 1952, y la exposición en la Galería Viau alborotó el medio porteño. La vanguardia geométrica, apadrinada por Ignacio Pirovano, llevó al grupo a ser invitado por el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro y el Museo Stedelijk de Ámsterdam.

Ocampo ya tenía experiencias europeas desde 1948. Conoció a Georges Braque, asistió al taller de André Lhote, lo deslumbraron Piero della Francesca y Paul Klee. Estos acicates, metabolizados, trasuntan en toda su obra. La normativa geométrica fue progresivamente postergada, suplantada por otros planteos. Pero el rigor ascético no abandonó a Ocampo, que lo escondió en valores plásticos absolutos y en transfiguración poética.

Las obras que da a conocer ahora Coppa Oliver, realizadas en los sesenta, trazan un acorde armónico con la producción más reciente. Desasidas, ingrávidas, revelan una variación poética y tal vez mística surgida durante el apogeo de la pulsión informalista. Ocampo matiza la filiación al movimiento. Y tiene buenas razones, que la perspectiva de los años corrobora.

Tramas sutiles, cósmicas, miríadas de puntos agrupados o dispersos, algún rasgo -leve- conforman el virtual campus stellae de estas obras. Ocampo confirmó que fueron realizadas, como todo lo suyo, con el soporte en posición horizontal. Esto explica la ausencia de chorreados, la superposición de capas pigmentarias. Pero lo definitorio es que Ocampo no "confronta con el soporte" en aquél vis à vis combativo de los informalistas refinados o furiosos. Ocampo escucha, dialoga con la materia. Inclinado sobre el papel o la tela, su postura es meditativa, recoleta, absorta en el diálogo que no interfiere la volición, la prisa o la obediencia a la moda en uso. Estas obras demandan del espectador el mismo abandono de preconceptos y la disponibilidad a la revelación de la dimensión espiritual operada en el artista.

El sosiego que identifica su obra fue ganado en frecuentes mudanzas obligadas por su tarea de diplomático. Vivió en París, Roma, Washington y Nueva York, donde residió diez años luego de su renuncia a las funciones diplomáticas en 1974. En 1978regresó a la Argentina, mejor dicho a La Cumbre, su refugio cordobés, donde reside en una incomparable inmersión en la naturaleza. Pero Miguel Ocampo se concentra en la búsqueda de la cifra esencial. No rehúye el mundo, mantiene sus contactos con el público del país y el extranjero. Y cumple con su cargo de miembro de número de la Academia Nacional de Bellas Artes, distinción recibida en 1983.

Las muestras se suceden en varias ciudades (Madrid, Roma, Japón, Venecia, Nueva York, París, México, Washington, Bogotá, Tucson, Cali, Basilea, Múnich, Hamburgo, Bonn, Río de Janeiro), sin menoscabo de las presentaciones en museos y galerías argentinas. Tanta actividad se expande al museo que diseñó y creó en La Cumbre para dar cabida al arte argentino. Pero tales desempeños múltiples no logran interferir el diálogo -silente y secreto- de Miguel Ocampo con la cifra íntima que su pintura nos invita a compartir.

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Pertenece al grupo de Artistas Modernos de la Argentina, con una estética no figurativa. Nacido en Buenos Aires en 1922, es arquitecto y diplomático. Representó a la Argentina en la Bienal de Venecia (1982) y es miembro de número de la Academia Nacional de Bellas Artes. Vive en La Cumbre, donde inauguró un espacio de arte con su obra.

UN "SAPO DE OTRO POZO" París no era una fiesta. Al menos no lo fue para Miguel Ocampo en la década del sesenta. No conseguía galería para exponer las pinturas -que se exhiben ahora en Coppa Oliver Arte- en un medio imantado por el informalismo rico en materia, gestualidad o elegancia caligráfica. Era sapo de otro pozo, evoca el pintor. La tarea diplomática ("tan hueca, mero protocolo y rendez- vous") restaba tiempo a su obra. Una aflicción que compartió con el colega y amigo Pablo Curatella Manes ("imaginate: un escultor errante, trabajando en cuartos de hotel...").

FICHA. Miguel Ocampo, en Coppa Oliver arte (Talcahuano 1287). Óleos sobre cartulina realizados por el artista en París, en la década del 60. Hasta el 24 de abril .

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