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Una metáfora sutil y poética de Manuel Rego

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20 de marzo de 2008  

En una entrevista, Itzhak Perlman afirmaba que según las peculiaridades de la obra que iba a tocar, escogía si hacerlo con su Stradivarius o con su Guarneri. Para cualquier amante de la música, esa distinción puede llegar a parecer de un nivel de sofisticación rayano en la ostentación si no en la impudicia. Sin embargo, los violinistas sí entienden que el instrumento es esencial y que sus posibilidades interpretativas y expresivas dependen, en una buena medida, de lo que su herramienta de trabajo les ofrece. Pero los pianistas corren en franca desventaja con respecto a quienes pueden desarrollar su oficio con su propio instrumento. El pianista llega a una sala, prueba el aparato e, inmediatamente, entiende con quién deberá lidiar. La dureza o blandura del teclado, la velocidad de repetición, una tecla puntual de funcionamiento sospechoso, esos agudos secos o esos graves atronadores, la sordera general o la estridencia penetrante son algunas de las variables que pueden aparecer incluso en los pianos de gran cola de los mejores teatros. Pero, a medida que los músicos se alejan de los grandes centros, donde los pianos, además, son atendidos por técnicos expertísimos, los problemas aumentan. Alicia Belleville aprendió de su maestro, el recordado Manuel Rego, que lo más importante es tocar, acercar la música al público, obviamente, ofreciendo siempre lo mejor, más aún cuando la calidad del instrumento no sea la óptima. En ese sentido, hacer música es casi una misión. Alicia recuerda que, en una oportunidad, por teléfono, le preguntó a Rego cómo había sido el concierto del día anterior. La respuesta llegó contundente: "¡Buenísimo!" Avida de más detalles, Alicia insistió: "¿Y el piano?" Sutil y poético, exactamente como cuando tocaba, pero metafórico y con una cuota de humor, Manolo describió, cabalmente, la situación: "Una mesita de luz".

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