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Una obra de Julio Chávez llega al cine

Edi Flehner habla de su amor por el teatro y de cómo adaptó "sin traicionar" este ejercicio para tres actores
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25 de marzo de 2008  

"Empecé a hacer cine publicitario en una época difícil", recuerda Edi Flehner. Su biografía dice que es reportero gráfico de profesión, incluso docente en esa especialidad, y que más tarde se orientó a la publicidad. En 1985 fundó su propia productora, con la que respaldó cortos y largometrajes. Ha dirigido más de 1500 anuncios en todo el mundo, el videoclip de El diablo de tu corazón , de Fito Páez, por el que ganó el premio Carlos Gardel y desde 1997, como productor de varias películas exitosas - Comodines y Cohen vs. Rossi- y algunas del nuevo cine, como Fuckland, 76-89-03 y, más recientemente, Una novia errante.

Con Rancho aparte , que pasado mañana estrenará Distribution Company, marca su debut como director de largometraje. El desafío es grande.

La pieza teatral que toma al pie de la letra nació en el taller de Julio Chávez. La historia comienza con Tulio y Susana, padre e hija, que viven en un miserable rancho en Nogoli, San Luis. Sus vidas discurren sin mayores problemas, hasta que el hombre que maneja el pueblo los priva del techo. Con su mundo de yogur, salame, mate y TV a cuestas, una vez en Buenos Aires, enfilan hacia el departamento de Clara, la hermana de clase media de Tulio.

Hay nada más que tres actores: Leandro Castello, Mercedes Scapola y Luz Palazón (los mismos que le dieron forma con Chávez) y Cecilia Felgueras en la producción general. Flehner, con la colaboración de la directora de arte Mariela Repodas, armó la principal escenografía de la historia, el interior del departamento de la prolija Clara, en un set muy particular: el espacio que ocupó la platea del viejo cine Cosmos sobre la calle Corrientes, oculta desde hace muchos años detrás de una persiana metálica.

-¿Cuándo nació la idea de hacer cine?

-El cine es una disciplina moderna que no tiene la cuestión de los mil años de la medicina, y cuando empecé en lo mío no había escuelas. Por eso, primero hice cine publicitario, como una forma de aprender a usar la herramienta, que es un tema muy importante.

-¿Y después?

-Transité veinte guiones; incluso hace poco tuve uno muy bueno que transcurría en China, San Francisco y Buenos Aires. El teatro siempre fue una vocación fuerte, pero como espectador. Recuerdo haber visto Una libra de carne , de Cuzzani, en el teatro Los Independientes. Esa vez, tuve la sensación clara de la muerte, en el sentido de que ese hecho único con el que te conectás no se repite más: existe y en el mismo momento muere. Con el tiempo, uno se va haciendo un poco más acotado, o quizá más sensato, menos ambicioso o más sensible.

-¿Y Rancho... ?

-Un día fui a ver un ejercicio de Julio Chávez, un tipo particular y extraordinario a la vez. Lo que me gusta de él es el uso de la sonoridad de las palabras, y en su juego, que es lo que lo hace único, porque la palabra es la fuerza vital del teatro. La vi en 2003 y me reí. Me conmovió porque me sentí identificado en mi imposibilidad de entrar en contacto con algunas cosas que naturalmente se rechazan. Sentía algo que estaba construido que era digno de ser rescatado desde otro lenguaje. Cuando se lo comenté a Chávez, me dijo que no valía la pena. Después, la obra tuvo más éxito en el San Martín, pero fue en ese momento en que ya había decidido hacerla. Algunos me decían que un cine sin actores famosos no puede funcionar. Pero yo me juré a mí mismo que no iba a traicionar esta experiencia.

-¿Una adaptación rigurosa?

-Respeté el texto a rajatabla, pese a los tironeos. El problema del cine es tratar de reinterpretar, trasladar y que sea algo propio. Empieza distinta y termina distinta, pero contiene a la obra. Tengo la sensación de que no traicioné ni manipulé, sino que reinterpreté el original. Hay una escena dentro de una habitación que dura quince minutos: respeté el agobio que produce el encierro frente a dos seres que viven del cielo.

-A puerta cerrada

-La puesta teatral estaba circunscripta a tres paredes y armé todo un departamento. Una maqueta en escala real. Lo hicimos porque tuve un equipo fantástico: un asistente como Juan Pablo Laplace, que ahora es el de Coppola, y Cecilia, que fue clave; sin ella, no podría haberla hecho, porque contuvo el proceso y lo llevó adelante.

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