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Vargas Llosa, en Buenos Aires

El escritor peruano fue declarado "Huésped de Honor"; en el biblioteca Miguel Cané mostró su admiración por Borges y habló de la ciudad como "la más literaria del mundo, tal vez junto a París"
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25 de marzo de 2008  • 16:40

Por Susana Reinoso

De la Redacción de LA NACION




Mario Vargas Llosa estuvo encantado. Apenas recibió el diploma y la placa que lo acreditan como “visitante ilustre” de la ciudad de Buenos Aires –en medio del ajetreo histérico de los camarógrafos y los apretujones de periodistas, vecinos, funcionarios porteños y representantes de la cultura vernácula–, destacó emocionado “el simbolismo que para la literatura latinoamericana” tiene la Biblioteca Miguel Cané, de Boedo, en la que Borges trabajó, leyó y escribió algunas de sus memorables páginas

. “Esta biblioteca, cuya existencia conocía como todos sus admiradores, fue prestigiada por los nueve años que Borges pasó aquí. Lo descubrí muy joven y nunca he dejado de reelerlo. Es un escritor arraigado en la cultura contemporánea, un clásico, un ejemplo de rigor, de originalidad y de integridad intelectual para quienes compartimos la vocación literaria”, dijo conmovido.

Complacido con la circunstancia de sentirse un porteño más en la ciudad que Borges reinventó hasta volverla mítica, el autor de La tía Julia y el escribidor habló durante 15 minutos. Y sus palabras sobre el autor de El Aleph fueron admirativas. Cuando llegó al cuartito del entrepiso de la Biblioteca Cané, donde Borges se encerraba a leer, Vargas Llosa observó todo con respeto y lo comentó con Patricia, su esposa, que lo acompaña en todos sus viajes.

Es relevante que todo haya ocurrido en una biblioteca y no en el salón dorado del gobierno porteño. El autor de esa obra inolvidable titulada Conversación en La Catedral , expresó en el artículo “Epitafio para una biblioteca”, publicado en su libro El lenguaje de la pasión, su desasosiego por el cierre del Reading Room de la British Library.

De excelente humor, Vargas Llosa, que este año se sometió en Perú a un chequeo médico a raíz de una repentina descompensación, llegó al país invitado por la Fundación Libertad, que preside. En Rosario participará desde el viernes en el seminario “Los desafíos de América latina. Entre las falencias institucionales y las oportunidades de desarollo”. Y el viernes celebrará su 72° cumpleaños. El fin de semana estuvo en El Calafate, cuyos glaciares lo maravillaron, según comentó.

Del encuentro participarán, entre otros, los ex presidentes José María Aznar, Vicente Fox y Julio María Sanguinetti, y el escritor Marcos Aguinis. Pero ayer no hubo preguntas políticas: la literatura y Borges ocuparon el centro de la escena. Al referirse a la “argentinidad universal” de Borges –precisamente uno de los temas que se abordarán durante la I Bienal Borges-Kafka que se realizará en Praga a fines de abril–, Vargas Llosa dijo: “He podido captar la presencia augusta de Borges dondequiera que he ido. Aún en sus últimos años, nunca dejó de sorprenderme su ironía y su lucidez. Es un caso extraordinario pues creó una obra que trascendió todas las fronteras geográficas y culturales”.

Al referirse a la relación de Borges y Buenos Aires, el autor de Pantaleón y las visitadoras puso de relieve que “Borges creó una Buenos Aires paralela que sus lectores buscan cada vez que llegan”. Vargas Llosa tuvo tiempo para recordar a sus amigos, entre otros, la premiada actriz Norma Aleandro y destacó que en Buenos Aires se hizo la primera versión de su obra de teatro La señorita de Tacna . “Junto con París, Buenos Aires es la ciudad más literaria del mundo. Hay un olor de la cultura que uno respira aquí”, precisó.

Luego de los discursos del jefe de gobierno, Mauricio Macri, que fiel a su genio destacó que Vargas Llosa asistió al partido Boca-Colón, en la Bombonera, y del ministro de Cultura, Hernán Lombardi, que definió al escritor peruano-español, “un renovador del pensamiento que se adecua a nuevas realidades”, llegó el momento del desayuno en el Bar Margot, cuando promediaba la mañana.

Café y medialunas de por medio, el autor de La fiesta del Chivo , de impecable traje gris, y con un discreto hombre de seguridad atento a todos los detalles, ponderó entonces a otra argentina ilustre: Victoria Ocampo. La conoció en 1966, en una reunión del PEN Club, en EE.UU., que presidió Arthur Miller. Se interesó entonces por la situación de Villa Ocampo y la continuidad del legado de la mecenas argentina. De la charla informal con la subsecretaria de Patrimonio, la escritora Josefina Delgado, y el ministro Lombardi surgieron simpáticos cotilleos sobre Bioy Casares y su inclinación por las damas. Y Vargas Llosa recordó que aún conserva un decreto de la dictadura militar, de 20 páginas, firmado por Albano Harguindeguy, ex ministro del Interior, por el que se prohibió en la Argentina la circulación de su novela La ciudad y los perros .

Cuando se despedía y la prensa no cesaba de reclamarle declaraciones, el escritor dijo que “la literatura no puede tener fronteras porque, de lo contario, se convierte en folklore”.

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