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Adiós a una contralto

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13 de junio de 1998  

Hondo pesar provocó entre una enorme cantidad de melómanos de Buenos Aires, muchos de ellos entrañables amigos que la frecuentaban con cariño, la noticia de la prematura muerte, a los 52 años, en la ciudad de Seattle, en los Estados Unidos, de la contralto italiana Lucia Valentini-Terrani.

La esposa del actor Alberto Terrani falleció como consecuencia de leucemia, enfermedad que combatía en el mismo centro asistencial donde se recuperó milagrosamente el tenor José Carreras.

La cantante, nacida el 28 de agosto de 1946, en Padua, de voz profunda, de color inconfundible, amplio volumen y bella estampa, fue una fugaz y deslumbrante estrella a partir del momento en que debió reemplazar, en La Scala, de Milán, a la notable Teresa Berganza, en una representación de "La italiana en Argel", de Rossini, a pesar de sus escasos antecedentes. Había debutado en 1969, en Brescia, y había obtenido un premio, en 1972, como cantante rossiniana en un concurso de la RAI. Ese mismo año debutó en Francia, como protagonista de "La Cenerentola", de Rossini.

Por el mundo

A partir de entonces se presentó en los principales escenarios del mundo, incluyendo su visita a Buenos Aires, en 1978, donde fue protagonista de "La Cenerentola" (Angelina), con un elenco excepcional integrado por el tenor inglés John Brecknock, el bajo Paolo Montarsolo y nuestros compatriotas Renato Cesari, Silvia Baleani, Evelina Iacattuni y Ricardo Yost, con dirección de Juan Emilio Martini.

En su retorno de 1981, obtuvo en el Colón un memorable triunfo al encarnar a Isabella, en "La italiana en Argel", también del autor que seguramente la hubiera tenido entre sus preferidas en su época, Rossini, con dirección del inglés Steuart Bedford y donde se lucieron especialistas del género bufo, como Montarsolo y Enzo Dara.

Canto con adornos

Si bien Valentini-Terrani abordó un repertorio muy variado en estilos e idiomas, con personajes como Eboli, en "Don Carlos", de Verdi; Quicly, en "Falstaff", también del compositor italiano; Mignon, en la ópera homónima de Thomas; Octavian, en "Las bodas de Figaro", de Mozart; Charlotte, en "Werther", de Massenet; Dulcinée, en "Don Quijote", del mismo compositor de Francia, y Orfeo, de Gluck, entre otros, su capacidad para el canto de coloratura, la amplitud de su registro de más de tres octavas y su perfección para lograr una articulación clarísima en los pasajes en staccato, siempre con justeza rítmica y musicalidad, la trasformaron en una ideal intérprete, poco menos que incomparable, del barroco y del especial canto rossiniano.

Cuando intentó apartarse de ese estilo y abordar obras de otra naturaleza dejó de brillar con la misma intensidad, pero siempre con sobriedad y elegancia.

Será imposible, gracias a numerosos registros grabados, que su arte pueda ser olvidado y mucho menos ese timbre aterciopelado tan característico y la sensualidad de su fraseo musical.

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