<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/" version="2.0" xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/"><channel><title><![CDATA[LA NACION - Ideas]]></title><category><![CDATA[Ideas]]></category><link>https://www.lanacion.com.ar</link><atom:link href="https://www.lanacion.com.ar/arc/outboundfeeds/rss/category/ideas/" rel="self" type="application/rss+xml"/><description><![CDATA[LA NACION - Ideas News Feed]]></description><lastBuildDate>Tue, 14 Apr 2026 21:45:05 +0000</lastBuildDate><language>es</language><ttl>1</ttl><sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod><sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency><item><title><![CDATA[Lecturas: Cuando una casa explora su propia historia]]></title><link>https://www.lanacion.com.ar/ideas/lecturas-cuando-una-casa-explora-su-propia-historia-nid11042026/</link><guid isPermaLink="true">https://www.lanacion.com.ar/ideas/lecturas-cuando-una-casa-explora-su-propia-historia-nid11042026/</guid><dc:creator><![CDATA[Verónica Boix]]></dc:creator><description>En la última novela de Selva Almada, una voz, la de una casa de monte cercada por la naturaleza, se pregunta por el misterio de los que ya no están</description><pubDate>Sat, 11 Apr 2026 03:05:00 +0000</pubDate><category><![CDATA[Ideas]]></category><content:encoded><![CDATA[<p>Una casa puede ser refugio, cuerpo, secreto. Permanece muda, pero siempre está habitada por alguna historia. O mejor aún: habla a su manera, con la luz que recorre los espacios, el crujir de la madera, las manchas de humedad, las telarañas. Imaginarle una voz es traducir esos sonidos a una lengua familiar; al menos, eso parece hacer <b>Selva Almada</b> (Entre Ríos, 1973) en <i>Una casa sola</i>, su novela más reciente, en la que una casa deshabitada en medio del monte narra en primera persona la desaparición misteriosa de la familia que vivía en ella.</p><p>Muy pronto queda claro que sola, sola de verdad, la casa nunca está. El monte crece en ella a través de las raíces que se extienden por sus cimientos, las enredaderas que trepan por las paredes de adobe descascaradas. La casa abre los ojos al día y, frente a ella, un puñado de gallinas comen lombrices, la galga blanca arrastra un lagarto overo para darle de comer a otra perra y sus cachorros. La cuestión es que los Lucero, la familia que la habitaba, desaparecieron de un día para el otro sin dejar rastro. La casa busca en los recuerdos que la pueblan, inmóvil pero atenta a los detalles mínimos, a las conversaciones de los visitantes, a esas escenas que tuvieron lugar desde que Lucero llegó a caballo solo, y de a poco, se juntó con Lorena, y juntos formaron una familia.</p><p>Es una casa observadora; su voz capta el ritmo poético del litoral, una cadencia diáfana hecha de los bisbiseos del monte, las voces de los pájaros, la densidad de una intemperie vibrante. Ella quiere saber qué fue de la familia, solo que empieza por los tiempos de antes de los Lucero, cuando ni siquiera era una casa o un rancho o nada, apenas parte de la tierra. Tiempos de un caudillo en decadencia, el general que fue asesinado –nunca se lo nombra, pero claramente es Urquiza– y toma la forma de un fantasma con un agujero en la cara. A él se suman otros espectros: una mujer que arrastra una cuerda porque alguna vez se ahorcó, por vergüenza o por amor; varios excombatientes de Malvinas, una bandada de nenes. Así, la narración se ramifica en cada una de sus historias, que alimentan el caudal central con los relatos de esa tribu heterogénea que vaga por el monte. Son fantasmas que conforman un coro de voces: algunos recuerdan la lengua de la gauchesca, otros dan miedo, y muchas veces se dedican a hacer travesuras como nenes contentos.</p><p>Claro que no es la primera vez que en la literatura argentina una casa toma la voz de un relato. Lo hizo de modo excepcional Manuel Mujica Lainez (Buenos Aires, 1910-La Cumbre, 1984) en una novela emblemática del género gótico llamada, precisamente, <i>La casa</i>. El autor de <i>Misteriosa Buenos Aires</i> encuentra en una casa porteña el mejor punto de vista para contar la historia de una familia, desde su esplendor hasta su decadencia. Sitúa a su narradora sobre la calle Florida a finales del siglo XIX, una época en la que aún era una calle distinguida. En ella vivían el senador don Francisco, su esposa Clara y sus cuatro hijos. A través de ellos, la casa narra la caída de la aristocracia, en particular de la generación del 80, que conlleva el derrumbe familiar y da paso al protagonismo de los criados, las prostitutas y los criminales.</p><p>Al igual que la casa de Almada, la de Mujica Lainez reconstruye para sí misma las historias que la habitaron al mismo tiempo que se desmorona. Y las narra desde un punto de vista femenino y sensible. Es testigo de mundos que parecen provenir de varias dimensiones, entre ellas los objetos y los fantasmas. Más allá de eso, las voces de ambas casas resultan muy distintas. La de Mujica Lainez parece más perpleja, se hace preguntas, sufre de complejos de culpa; podría decirse, incluso, que es bastante neurótica. En el fondo, la voz de la casa tiene las características de una voz humana.</p><p>Por el contrario, la narradora de la escritora entrerriana encarna una forma de habitar el espacio –no solo en él, sino con él–. “Si uno se detiene a mirar un rato, todo aquí, hasta lo más ínfimo, se manifiesta”, dice. Sabe que proviene del monte y que va a volver a ser parte de él. No le preocupa su destino, sino que a través de su mirada se exploran los vínculos de poder desiguales entre el patrón y los puesteros, entre hombres y mujeres, entre los humanos y los animales, entre la explotación y la naturaleza. Tanto es así que en algunas frases –“un sonido les salía como viniendo de la panza cada vez que metían el hacha y el monte se llenaba de ese ruido bestial”– parece resonar la dicotomía civilización versus barbarie. Una cuestión que, por cierto, los narradores de la literatura autora comprenden: su escritura presta el oído al devenir de la naturaleza, del día, de las estaciones. Se ve en la mirada de la casa y también, en especial, en <i>No es un río</i>, su novela anterior, que también encuentra en la vida del monte un modo de exponer las capas que construyen la realidad más allá de la supuesta modernidad.</p><p>Más allá de la riqueza de su trama, lo más hermoso de <i>Una casa sola</i> se esconde en los silencios que construye la escritura de Almada. Un lenguaje preciso, limpio y certero para bordear el misterio que nunca se nombra, pero late con fuerza en cada escena. En otras palabras: en el vacío de las paredes, en las pausas, en la noche oscura o en los huecos de la memoria parece descansar una verdad de otra especie. Quizá por eso escuchar hablar a la casa se siente, por momentos, parecido a atrapar la materia furtiva del tiempo.</p><img src="https://resizer.glanacion.com/resizer/v2/5FQDB6VJABE53FYFJZJOJWZ2YE.jpg?auth=21263ab1ec2a523ac42b45f282d5179a65c1eedc3d07099146c51e07e2773952&smart=true&width=3000&height=2000" alt="" height="2000" width="3000"/><p><i>Una casa sola</i></p><p>Por Selva Almada</p><p>Random House</p><p>160 páginas</p><p>$ 32.999</p>]]></content:encoded><media:content url="https://resizer.glanacion.com/resizer/v2/NRDIYRH26VEZBLS2CMOSM5IA4E.jpg?auth=0b522a114dea85041dac5939421232f522b49dffad28bb8c9c82e94ec0749b87&amp;smart=true&amp;width=2000&amp;height=1333" type="image/jpeg" height="1333" width="2000"/></item><item><title><![CDATA[Reseña: Bella Vista, de Damasia Amadeo]]></title><link>https://www.lanacion.com.ar/ideas/resena-bella-vista-de-damasia-amadeo-nid11042026/</link><guid isPermaLink="true">https://www.lanacion.com.ar/ideas/resena-bella-vista-de-damasia-amadeo-nid11042026/</guid><dc:creator><![CDATA[Daniel Gigena]]></dc:creator><description>Una localidad y la memoria de infancia</description><pubDate>Sat, 11 Apr 2026 03:02:00 +0000</pubDate><category><![CDATA[Ideas]]></category><content:encoded><![CDATA[<p>Como <i>Turdera</i>, de Ángela Pradelli; <i>Villa Celina</i>, de Juan Diego Incardona; <i>Transradio</i>, de Maru Leonhard, y <i>Bahía Blanca</i>, de Martín Kohan, el segundo libro de narrativa de Damasia Amadeo (el primero fue <i>Diario desde el balcón</i>) lleva como título el nombre de una localidad de la provincia de Buenos Aires y explora un territorio singular. “Es un nombre agradable, que estimula y no puede contener fealdad”, observa la autora en el prólogo. </p><p>El relato, que se apoya en los recuerdos de infancia de Amadeo y está ambientado en los turbulentos años de la década de 1970, comienza por la casa familiar y se extiende luego por las calles del barrio (de tierra y asfaltadas), la familia, las empleadas domésticas, los vecinos y los vendedores ambulantes, entre ellos, un filosófico heladero que clasifica a sus clientes entre “indecisos, resueltos, desconfiados, arrepentidos, pedigüeños, amarretes, angurrientos, charlatanes, malhumorados”. </p><p>En los diez capítulos, de una entonación tan clara que puede suscitar un ánimo evocativo en los lectores, tiende a repetirse un esquema en el que, luego de un episodio, la narradora reflexiona sobre la memoria, la infancia, la religión o el trabajo. Del mismo modo se explica el umbral que a veces existe entre el recuerdo propio y el que tienen los demás sobre un mismo hecho del pasado. “De pronto supe que el punto de vista ajeno se había convertido en el mío, y que le había otorgado a lo vivido un valor desfavorable, adverso, que no me pertenecía”, admite. Ese descubrimiento la condujo a un “sentimiento nuevo” y, luego, a la escritura. </p><p><i>Bella Vista</i></p><p>Por Damasia Amadeo</p><p>Planeta</p><p>192 páginas</p><p>$ 37.900</p>]]></content:encoded><media:content url="https://resizer.glanacion.com/resizer/v2/K5VGPME5OJBN5HYZQBK4PKO6UE.jpg?auth=dd2c28b6aac3e62abd5a20fdaf05be94867e985610e829ea97b1d1aacb8c5e95&amp;smart=true&amp;width=2000&amp;height=1333" type="image/jpeg" height="1333" width="2000"/></item><item><title><![CDATA[Reseña: El peso de las mariposas, de Fernanda Riveros]]></title><link>https://www.lanacion.com.ar/ideas/resena-el-peso-de-las-mariposas-de-fernanda-riveros-nid11042026/</link><guid isPermaLink="true">https://www.lanacion.com.ar/ideas/resena-el-peso-de-las-mariposas-de-fernanda-riveros-nid11042026/</guid><dc:creator><![CDATA[Eduardo Lamarche]]></dc:creator><description>Cuando las pérdidas son un aprendizaje</description><pubDate>Sat, 11 Apr 2026 03:01:00 +0000</pubDate><category><![CDATA[Ideas]]></category><content:encoded><![CDATA[<p><i><b>El peso de las mariposas</b></i>, de <b>Fernanda Riveros</b> (Lanús, 1976) es una narración sobre pérdidas diversas, pero también una novela de aprendizaje.</p><p>Que la narradora sea Fernanda, un personaje a priori lateral, es uno de los hallazgos del libro. Está en pareja con Santiago, el sobrino de Delia, una mujer mayor que acaba de perder a su marido. Los olores rancios, el desorden –una presencia recurrente en la novela– aparecen con todo su poder ya en las primeras líneas, cuando ambos entran en el departamento de la tía, en el que todavía está el fallecido. A la narradora le asombra que Delia llame a su marido por el apellido: Aguirre. La señal deja entrever signos de confusión en la mujer. La trama de <i>El peso de las mariposas</i> sigue con una prosa tersa la relación de la narradora con esa otra protagonista, con la que muchas veces debe interactuar a solas debido a los trabajos de su pareja. Desde la cuñada que nunca aparece en el velorio hasta una vecina desconfiada que los confunde con ladrones, desde las expensas atrasadas o la rara situación de que Delia la confunda con otra, o incluso que desaparezca del departamento, se va retratando esa disgregación de la memoria.</p><p>Esa experiencia, sin embargo, activa en contraste la memoria de Fernanda y la enfrenta a sus propias pérdidas: la principal, la de su primer embarazo. En esa dialéctica, que traslada su peso a la propia voz narradora, la novela encuentra su espesor, hasta resolverse en los diálogos del final, en una epifanía que se adecua al título, con el peso de esa mano tan liviana que parece reunir todo el caudal de la experiencia y de la edad.</p><p><i>El peso de las mariposas</i></p><p>Por Fernanda Riveros</p><p>El fatalista</p><p>154 páginas</p><p>$ 22.000</p>]]></content:encoded><media:content url="https://resizer.glanacion.com/resizer/v2/N62U6ZINHNFD5KTIN6SYRBBS7I.jpg?auth=5f87bd1985417c41299b7cf19af9d486e2f600c9d14d4853084501a9386b563c&amp;smart=true&amp;width=2000&amp;height=1333" type="image/jpeg" height="1333" width="2000"/></item></channel></rss>