Con convicción

Por Luis J. Grossman
Por Luis J. Grossman
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22 de marzo de 2000  

La misiva está fechada el 18 de marzo de 1997 y la firma es de Carlos Chiavarino, un estudioso de la filosofía, que fue durante muchos años parte del fecundo equipo de redacción del diario La Nación (y que tuvo ocasión de dialogar con Martin Heidegger en su casa de la Selva Negra). Durante meses, el sobre reaparecía o se sumergía entre el aluvión de papeles que llegan regularmente a nuestras manos.

Como suele acontecer con los envíos de don Carlos, el material que acompañaba aquella hoja era en extremo interesante y original: se trataba, nada menos, de un trabajo del pensador alemán Jürgen Habermas, Arquitectura moderna y posmoderna . En varias ocasiones, aquellas reflexiones fueron la base de disquisiciones con colegas profesionales y docentes; en otras, extraje alguna cita para fundar juicios en torno del pensamiento del fin de milenio a propósito de las ideas rectoras de la arquitectura de este tiempo. Después, con esa silenciosa discreción que exhiben los escritos en verdad trascendentes, aquel sobre de papel Manila se ocultó con humildad en el fondo de algún cajón y reapareció precisamente en vísperas de cumplirse tres años desde el día en que Chiavarino decidió hacerme llegar esas fotocopias del filósofo de la Escuela de Francfort. Y al releer ese trabajo, a la vez que nos preguntábamos en qué medida lo erosionó el paso de los años (la respuesta era, obviamente, en lo más mínimo), decidimos la conveniencia de divulgar en lo posible, aunque fuera una parte, esas meditaciones.

Habermas comenzó a ocuparse de esta cuestión a fines de 1981 y redactó el trabajo al que nos referimos durante el otoño europeo de 1982. Estaba todavía fresca la tinta en los libros que Charles Jencks escribió acerca del tema. Pero el alemán ubica el fenómeno en un contorno que aparece dominado por el neoconservadurismo como "espíritu de la época".

Por otra parte, este conspicuo representante de la Escuela de Francfort fue, entre los 27 y los 30 años (nació en 1929), colaborador y auxiliar de Theodor Adorno, lo que no es un dato lateral cuando se trata de establecer una filiación a sus lineamientos y su personal escala de valores. En esa escala, Habermas destaca la noción de madurez , lo que le permitió vincular a la razón con la decisión en una postura equidistante de las teorías positivistas y marxistas. Un punto cardinal en las reflexiones de Habermas es aquel que postula que el espíritu de la modernidad está vigente, por encima de que algunas críticas hayan alcanzado un nivel casi unánime, y enuncia varias: "La falta de espíritu de la arquitectura funcional; la inadecuación al medio y la solitaria arrogancia de edificios aislados; la falta de sentido urbanístico, y el carácter inhumano de las ciudades satélites", entre otros juicios negativos. En síntesis, dice, lo que unos presentan como crítica inmanente, es para los otros oposición a la modernidad.

Lo que asoma con fuerza, a nuestro modo de ver, es la conciencia de lo moderno como contraste con los síntomas patológicos de esa malformación que se dio en llamar posmodernidad. Síntomas que Roberto Fernández enumera en un artículo demasiado laberíntico y oscuro que aparece con un título ambiguo Resistir con alguna dignidad en Summa+ 41 .

Decía mi corresponsal en su nota que "el solo hecho por el cual un pensador de este nivel se preocupe por las cuestiones esenciales de la arquitectura de nuestra época revela hasta qué punto el arte arquitectónico se convirtió en un aspecto singular de la estructura cultural de nuestro tiempo".

El doloroso artículo publicado hace diez días en la sección Enfoques de La Nación ( En la raíz de todos los males , por Jorge Roberto Annibaldi), que será motivo de comentario en una futura entrega, revela la importancia -para la tarea de arquitectos y urbanistas- que reviste la comprensión de las formas de vida, la interrelación básica entre existencia individual, existencia social y las necesarias ligazones entre economía, sociedad y arte.

Como nos sentimos visceralmente modernos, la lectura de Habermas es un estímulo intelectual y, por qué no, afectivo. Porque nos parece que afirmar con convicción es más conducente que "resistir con alguna dignidad".

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