Hacia una poética de lo útil

Por Luis J. Grossman
(0)
29 de agosto de 2001  

Una vieja narración hebrea se refiere al "carnero que se trabó en un zarzal por sus cuernos", y aquel relato volvió a hacérseme presente cuando meditaba acerca del artículo del arquitecto holandés Kees Christiaanse (en la Revista Quaderns, número 229).

El texto del joven colega comienza con un interrogante: Fuck the programme? , que yo traduje libremente como ¿Al diablo con el programa? El autor señala en el inicio que se apoya en un postulado de su célebre compatriota, Rem Koolhaas, que aplicó aquel verbo al contexto . Para seguir con esa actitud iconoclasta, Kees la amplía y le asesta un garrotazo al programa , es decir, la consigna que traduce no sólo las necesidades del destinatario del proyecto, sino también los rasgos distintivos de aquél y el rostro del tema a resolver.

Como una argumentación pertinente para apuntalar sus dichos, K.C. transcribe algunas citas que pueden parecer graciosas pero que, en el fondo, tienen un profundo contenido polémico y denuncian una progresiva carencia en el enfoque taxonómico de la disciplina. Carencia que, de agudizarse, no hará más que consolidar esta atmósfera de todo vale que se espeja en otro axioma aún más delicado, que es el que proclama que nada vale más que la forma.

Esculturas habitables

Siempre hubo una tensión latente entre forma y función, forma y técnica constructiva. Es un dato que enriquece el juego dialéctico de la creación arquitectónica en su eterno vaivén como arte utilitario. Es lo que valoriza más eso que podríamos designar como una poética de la necesidad .

En el alba del siglo XX hubo sentencias que sellaron a fuego un compromiso: una de ellas afirmaba que la forma sigue a la función. Más tarde aquel postulado se relativizó al introducir entre los condicionantes los rasgos culturales y la impronta del paisaje natural o urbano. En esa dirección se mueven corrientes tales como el contextualismo y el regionalismo.

Después de la siesta posmodernista, al compás del pensar deconstructivista (con una plataforma sostenida por doctrinas ambiguas, pero seductoras) empezó una progresiva demolición de valores hasta entonces respetados. Así se llega a las explosivas afirmaciones que dieron origen a estas líneas. Junto con la exitosa experiencia (en el terreno del marketing) del conjunto diseñado por Frank Gehry para el Museo Guggenheim de Bilbao y la futura sede neoyorquina.

Los consumidores de arquitectura tienen necesidades y expectativas, y lo que nosotros diseñamos no es un fin en sí mismo, aunque en los tiempos recientes prevalezca la idea de identificar la arquitectura con una escultura habitable.

Una obsesión formalista que corre peligro de trabarse en el zarzal, y por los cuernos.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?