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Otras reflexiones en torno de Dieste

Por Luis J. Grossman Especial para LA NACION
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30 de agosto de 2000  

Parece mentira, pero en los tiempos del correo electrónico y el chat hay también comunicaciones que se entrecruzan sin verse. Gracias a eso, a que un colega uruguayo -el arquitecto César J. Loustau- no había recibido aún un suplemento (9 de agosto) en el que se publicó una columna mía en recuerdo del ingeniero Eladio Dieste, recibí por su proverbial gentileza un extraordinario y muy rico material de archivo a propósito del maestro recién desaparecido.

Valoriza todavía más los papeles que me llegaron la presencia de fragmentos con expresiones documentales -escritas y verbales- en las que resplandecen las cualidades humanas y profesionales de don Eladio.

Hay un escrito acerca de la iglesia de Atlántida y una entrevista (concedida pocos meses antes de su muerte, en octubre de 1999) en un mismo número de la revista Misión. Por supuesto, tal como acontece con frecuencia en el caso de un octogenario, se advierten reiteraciones de frases y conceptos ya leídos o escuchados. Pero precisamente por su proverbial franqueza y por la transparencia que adquieren las ideas cuando está cercano el umbral de la salida, me pareció valedero reproducir algunos fragmentos de esa publicación.

Cuando se refiere a los modestos medios con los que se edificó la iglesia (ladrillos, mortero y varillas de hierro), dice: "Materiales humildes como los fieles para quienes la iglesia se construyó, pero fueron tratados con un desvelo que aspira a ser el homenaje que estos humildes merecen".

Y el anciano pronuncia estas palabras con el rostro severo y la mirada fulgurante detrás de las grandes gafas, el mentón firme y en la mano el grueso bastón. En la entrevista se habló después de otra iglesia, la de San Pedro de Durazno, en la que se hizo célebre el lucernario con un audaz trazado pentagonal de ladrillos armados (su materia prima) que sorpende por su levedad.

Cuenta Dieste que en la obra había un empleado, "que era italiano y que me preguntó: Ingeniero, ¿esto no se cae? Entonces yo le dije: Mire, no pierda cuidado que yo mañana vengo y sacamos el encofrado de madera juntos . El hombre, que era muy inteligente, se convenció de la explicación que le di y entonces, al otro día, cuando llegué, el lucernario ya estaba pronto, ya le habían quitado todo. Entonces eso me produjo un efecto muy fuerte; me acuerdo que le dije al párroco que en ese lucernario podía ver la presencia de Dios por lo que había hecho en otro. ¿Se imagina lo que fue eso para mí?" El cronista que dialogaba con Dieste señala de modo reiterado que le costaba entender sus dichos por la tos y sus dificultades respiratorias. Pero -subraya- entendía muy bien lo que me quería decir.

En otro texto que me hace llegar Loustau, esta vez uno publicado en El País Cultural hace cinco años, hay una cautivante conversación entre Dieste y Antonio Bonet en ocasión de hacer la casa Berlingheri en Solanas (Punta del Este), obra en la cual colaboraba y donde el dueño "quería que se usara el ladrillo más por razones arquitectónicas que técnicas. Allí fue donde conocí a Bonet y le sugerí hacer las bóvedas de ladrillo. Y se me ocurrió ponerlos de plano, con la cara del ladrillo hacia abajo, de tal manera que la bóveda quedara como una cáscara. ¿Se puede hacer? preguntó Bonet, y yo le contesté que no sabía. Y era verdad, no sabía, tenía enormes dudas".

En la entrevista de El País, al hablar de la iglesia de Atlántida, Dieste dice que "esa fue mi Facultad de Arquitectura".

Tal vez se revele en estas notas aquella "noble humildad del ladrillo" que vemos en Dieste.

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