Cuando el uso pasa a ser abuso

Gabriel Tomich
Gabriel Tomich LA NACION
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13 de febrero de 2016  

Las características de cada tipo de vehículo cubren, obviamente, las necesidades de sus usuarios, sean particulares y las aplicaciones laborales. Así, hay bicicletas, motocicletas, automóviles, pickups, camiones y ómnibus, con las variantes de cada uno.

Es decir, los hay grandes y chicos, ágiles y lentos, más o menos maniobrablesEl, versátiles, etcétera. Así, cada usuario aprovecha, por supuesto, las cualidades de su vehículo. El problema es cuando el usuario abusa de las características de éste, en detrimento del resto de los actores del tránsito.

Por ejemplo, no pocos conductores de pickups y 4x4, que aprovechan la fortaleza y capacidad de sus unidades para circular por las banquinas (a fondo, además), en rutas y autopistas, cuando hay un congestionamiento de tránsito. Muchos también no dudan en utilizar las dimensiones de sus chatas para intimidar, con total indolencia, a conductores de automóviles más pequeños.

Muchos motociclistas (a esta altura, la mayoría) son otros usuarios que abusan de las características de sus vehículos. En este caso, por su agilidad para moverse en el tránsito denso. Por lo general, todos parecen estar siempre muy apurados, lo que los lleva a no respetar carriles ni sentidos de circulación, a pasar indistintamente por derecha o izquierda, a zigzaguear como enajenados entre los vehículos detenidos, a subirse a las veredas, amén de otras conductas muy peligrosas. Entre ellas agredir, con insultos, gestos obscenos y hasta ataques físicos a cualquiera que se interponga en su camino, la mayoría de las veces en forma involuntaria.

Éstos y otros abusos imponiendo el mayor porte, la potencia o la maniobrabilidad del vehículo propio no es privativo sólo de los conductores mencionados. Por el contrario, esa prepotencia está enraizada en nuestra idiosincrasia conductiva.

Más allá de la falta de controles efectivos, el problema de fondo de todo esto es siempre el mismo: la falta de educación. Es lo que lleva, en definitiva, a no respetar las leyes de tránsito, a ejercer un estilo de conducción de riesgo, a no respetar a los demás, a que importe muy poco la seguridad propia y la del prójimo.

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