El eslabón más débil de la cadena

Gabriel Tomich
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25 de julio de 2015  

A esta altura del Siglo XXI, hay una gran evolución de los elementos de seguridad en los vehículos. Muchos automóviles, SUV y hasta camiones cuentan con dispositivos sofisticados como controles de estabilidad y tracción, frenos automáticos de ciudad para evitar colisiones a baja velocidad, sensores que avisan si perdemos nuestro carril, airbags de todo tipo, ganchos para asientos de niños, etcétera.

El cinturón de seguridad fue el primero de dichos elementos. Con un antecedente pionero en el famoso Tucker Torpedo de fines de los ’40, en 1959 el Volvo Amazon adoptó a este eficaz sistema como equipamiento de serie.

Hoy, 56 años más tarde, resulta curioso (porque ya sorprendente no hay nada) que un estudio realizado por Ford en Europa afirme que 1 de cada 3 personas no utiliza los cinturones de seguridad del asiento trasero, que son tan o más importante que los delanteros en el caso de un accidente. ¿Por qué? Simple física: la inercia actúa en todos los cuerpos por igual. Ir sentados atrás no implica que viajemos más seguros y, por lo tanto, no hay excusas para no utilizarlo. Pruebas al canto. El mencionado informe es claro: el Consejo Europeo de Transporte estima que en 2013 en la Unión Europea la utilización del cinturón de seguridad trasero evitó más de 8600 muertes y que el 60% de las 1900 perosnas que fallecieron fue por no usarlos.

Aquí en nuestro país, son muchos los vehículos de alquiler (taxis y remises) en los que es imposible abrocharse el cinturón de seguridad en el asiento trasero. Algunos están ocultos detrás de los respaldos o cojines; otros no se pueden ajustar o, directamente, no están en óptimas condiciones. Todo esto a pesar que deben pasar controles técnicos vehiculares obligatorios. Lo que es peor, en mi caso personal, nunca me tocó un conductor que me exigiera que utilice el cinturón.

Nada de esto puede sorprender. En nuestro país, aún hoy, con autos dotados de airbags frontales, muchos conductores (profesionales y particulares) manejan sin abrocharse el cinturón, duplicando el riesgo de serias lesiones si se produce un accidente. El problema es que la cadena de la seguridad tiene un eslabón débil: nosotros. Los seres humanos.

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