Acopiar baldes con agua, cargar el celular en bares y otros flagelos de vivir sin luz

Corte de luz en Cordoba a la altura de Larrea, 19 de marzo de 2015
Corte de luz en Cordoba a la altura de Larrea, 19 de marzo de 2015 Fuente: Archivo - Crédito: Hernán Zenteno / LA NACION
Fragmento del libro Voltios, escrito por 16 periodistas, que narra las causas y las consecuencias de la crisis energética
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19 de diciembre de 2017  • 12:40

En diciembre de 2013 una ola de calor dejó sin energía eléctrica a casi doce millones de usuarios en la ciudad de Buenos Aires y el conurbano. Las calles se poblaron de vecinos furiosos quemando neumáticos en lo que fue la primera postal de muchas que se repetirían, casi idénticas, año tras año. Cada verano, los noticieros se llenaban de imágenes de vecinos furiosos golpeando cacerolas y cortando calles, pero cuando la luz volvía, todas esas escenas de desesperación desaparecían hasta que el verano siguiente volvían a recomenzar. Estaba claro que se mostraba el qué -qué está pasando- pero no se mostraba el por qué.

El libro Voltios es la consecuencia de eso. Un equipo de 16 periodistas intentando resolver una pregunta de apariencia simple: por qué se corta la luz. Trabajaron 18 meses como una redacción nómade, una redacción sin redacción. Conectados por redes sociales, por tecnología móvil, bajo la dirección de la periodista y escritora Leila Guerriero. El fragmento que publicamos, escrito por Carolina Cattaneo, se centra en los padecimientos de una vecina de Villa Crespo.

Rabia, desesperación, otra vez rabia

Por Carolina Cattaneo

Villa Crespo, Diciembre 2016

Valeria sabe.

Que tiene que buscar agua y cargar baldes en el pasillo para usar en su baño y compartir con sus tres vecinas de 84 años, que viven en los pisos superiores.

Que tiene que comprar botellones de agua mineral para tomar y para lavarse los dientes.

Que tiene que salir más temprano y con un bolso preparado para ducharse en el gimnasio.

Que tiene que llevar siempre el cargador del celular para cargarlo antes de volver a su casa.

Que si quiere hablar por Skype con dos de sus tres hijos, que están en Europa, no podrá hacerlo o que, en todo caso, deberá hacerlo en público, en la confitería Havanna o en el Café Martínez, algo que la incómoda.

Que para la cenar, mejor comprar sándwiches, así evita dejar platos sucios que no podrán lavarse si no hay agua, o salir a buscar algún lugar en el barrio donde haya luz.

Que hay que tener a mano linternas con pilas cargadas y jamás olvidar descargadas las luces de emergencia.

Que para matar el tedio en mitad de la noche, cuando la oscuridad exacerba el sonido de los propios latidos, puede escuchar música en el teléfono, pero solo un rato, para no gastar la batería. Valeria Jelencovich tiene 58 años y un trabajo que le gusta como profesora de natación y estimuladora temprana en una pileta adaptada para chicos discapacitados en Palermo.

Vive con la menor de sus tres hijos y dos perros. Hace unos nueve años que, tras divorciarse, compró 489 un departamento en la planta baja de un edificio en Malabia al 300, entre Camargo y Corrientes, en Villa Crespo.

La tapa del libro "Voltios" de editorial Planeta
La tapa del libro "Voltios" de editorial Planeta

Es un miércoles de comienzos de noviembre de 2016 y, luego de enterarse de que un grupo de periodistas trabaja en la investigación de este libro, decide contactarse por teléfono y contar que hace tres años sufre cortes de luz de manera reiterada. Lo hace, dice, porque ya no sabe qué hacer.

Villa Crespo fue uno de los barrios de la ciudad de Buenos Aires que, sobre todo a partir de los cortes masivos de 2013, padeció sin honores y con una insistencia insoportable prolongados cortes de luz. Ni estar ubicado en el corazón de la ciudad de Buenos Aires, rodeado de Palermo, Chacarita, Almagro, Caballito y La Paternal; ni estar atravesado por algunas de las avenidas porteñas más importantes, como Corrientes, Juan B. Justo, Scalabrini Ortiz o Córdoba; ni hospedar importantes zonas comerciales a cielo abierto, como los outlets de la calle Aguirre; ni albergar un estadio de fútbol, Atlanta, lo salvan de padecer interrupciones de suministro.

—Este problema comenzó en 2013. Un infierno. Fueron quince días de diciembre sin luz —dice Valeria Jelencovich.

—¿De corrido?

—De corrido. Al principio no los registré. Pero ya de 2014, 2015 y 2016 tengo todo registrado, con todos los números de reclamos.

—¿Cuántos reclamos suma eso?

—¡Ay! —se ríe—. Tengo hecha una carpeta, directamente. No sé, qué sé yo. En 2015 estuvimos 56 días sin luz.

Vecinos protestan por los cortes de luz en Córdoba y Anchorena, imagen de archivo del 23 de junio de 2015
Vecinos protestan por los cortes de luz en Córdoba y Anchorena, imagen de archivo del 23 de junio de 2015 Fuente: Archivo - Crédito: Santiago Filipuzzi / LA NACION

…

La repetición de los episodios y las exigencias burocráticas llevaron a Valeria Jelencovich a convertir sus reclamos en una tarea metódica, y la obligaron a cultivar la persistencia en el arte de registrar el drama doméstico: si quería obtener una solución o cualquier tipo de resarcimiento por parte de Edesur, la empresa concesionaria del servicio de electricidad en el barrio, debía apuntar y conservar cada número de reclamo. Entonces, con la misma disciplina con que sale a correr cada mañana, comenzó a anotar 490 en una libreta negra la hora y la fecha de los cortes y los números de reclamos que le pasaban Edesur, el ENRE y el Ministerio de Planificación. Ese registro arroja que hubo 86 interrupciones entre 2013 y 2016. En promedio, 28,66 cortes por año, 2,38 por mes. A veces en verano, a veces en invierno, a veces una fase, a veces las dos. Quedarse a oscuras para Valeria Jelencovich no es un problema estacional; tampoco un problema exclusivo de su casa: alcanza al resto del edificio, al resto de la cuadra, al resto del barrio.

—Tenemos un grupo de WhatsApp, Vecinos sin Luz. Es deprimente. Entonces empezamos: «Malabia tanto sin luz». Somos Malabia al 200, al 300 y al 400. Y toda la manzana de Scalabrini, Corrientes y Vera. Y después tenemos en Ángel Gallardo y en Gurruchaga y Corrientes.

Aprendió de memoria a seguir el circuito de reclamos. Cada vez que hay un corte, va al centro de atención al cliente de Edesur, en Ángel Gallardo 34, donde ya la conocen, y luego va al ENRE. Lleva con ella las cartas de sus vecinas mayores, un poco por solidaridad y otro poco porque le dijeron que, cuantos más vecinos reclamaran, mejor.

—Y así estamos: voy a Edesur y voy al ENRE. Soy muy prolija —ironiza—, lamentablemente los vuelvo locos. Ya sabemos lo que hay que hacer: hay que hacer un cambio de cableado, la cuadrilla ya nos muestra dónde está el problema. Es cableado que hace muchos años que está. Y autorizaron a construir dos edificios, que es donde también empezaron muchos problemas. Son edificios que no tienen instalación de gas, todo es con electricidad. Uno está sobre Camargo, en Camargo y Malabia, y el otro está sobre Malabia, Malabia y Camargo. Son dos monstruos. Y ahora en Malabia al 400, en la cuadra siguiente a la mía, van a hacer otro, y ahí directamente queda todo Villa Crespo sin luz.

El último de los cortes prolongados fue en julio de 2016, quince días sin servicio, poco después de que el Gobierno Nacional anunciara los aumentos tarifarios. Valeria participó de las protestas que llevaron a cabo los vecinos en distintos puntos de la ciudad, con cortes de calle.

Cada vez que se corta la luz, ella aplica su protocolo de combate: va a ducharse al gimnasio Megatlón o en el sitio donde trabaja, sale con el cargador del celular, chequea las pilas de las linternas. Pero cuando se levanta a la mañana y se da cuenta de que no hay electricidad, siente crecer dentro de ella la ofuscación como una ola roja.

—Me enojo y me agarra bronca. Siento realmente un cambio fisiológico. Si en ese momento me miden la presión, creo que se va todo al carajo. Es una sensación muy extraña, rara y muy difícil de describir.

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