Metódico, laborioso y fanático de Racing

Encadena reuniones desde las 8; es madrugador y ama las comidas
Pablo Tomino
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13 de diciembre de 2015  

Cada sábado, a las tres de la tarde, después de comer las religiosas milanesas que se hace preparar, Horacio Rodríguez Larreta duerme la única siesta de la semana. Su reloj biológico no falla. "Me desmayo, esté donde esté", dice, y apunta que ni siquiera un partido de su querido Racing puede evitar que se encierre en un dormitorio de la casa de fin de semana que tiene en Zona Norte.

Metódico y organizado, Larreta hace culto al hombre madrugador: de lunes a sábados, se levanta a las 5.50. Cuatro veces por semana, poco después de las 6, sale a trotar. "Corro unos 20 minutos; a veces intercalo con el gimnasio y con natación", cuenta el jefe de gobierno, que en ocasiones tiene como compañero a Guillermo Dietrich, el ministro de Transporte. "Es un ironman, pero estamos bastante parejos."

Su devoción por la actividad física esconde una razón: le encanta comer. "Las calorías que pierdo las incorporo con alimentos, un buen bife de chorizo. Me gusta mucho salir a comer afuera y lo hacemos dos veces por semana con mi mujer [Bárbara Diez]." No cocina, salvo algún asado para sus amigos. Tampoco organiza reuniones de trabajo a la noche. Ese momento es para la familia.

Padre de dos hijas (Manuela, de 20 años, y Paloma, de 14), a los 50 años espera a su tercera niña: Serena, que nacerá el mes próximo. "Le pusimos ese nombre porque salió al padre", bromea quien es considerado "el robot" de la gestión porteña.

Larreta no para. A las 8 abre las puertas de su casa para comenzar a recibir a funcionarios. Con algunos desayuna. Suele hacer reuniones cortas y tiene tres secretarias. Puede hablar con las tres al mismo tiempo, de diferentes cuestiones, mientras está sentado con un político o con un periodista. Se define como un jefe "exigente"; es amable, nunca levanta la voz, pero si algo no le gusta se lo ve con mala cara.

Larreta hace reuniones laborales encadenadas. A quienes cita los ubica en distintas salas. Son encuentros cortos, algunos de cinco minutos. Entra, habla, sale y se va: "Tengo un día muy extenuante, pero me encanta. Lo disfruto mucho".

Amante del fútbol, dice que conoció a Mauricio Macri en los torneos de countries. A Larreta le gustaba jugar de 9, pero en los partidos oficiales lo ponían de 2: "Era un defensor rústico. Había una diferencia entre mi deseo y la realidad".

Ve muy poca televisión; tarda un año en terminar alguna serie y las últimas fueron la de Pablo Escobar y House of Cards. También lee libros, y ahora disfruta del que le regaló Macri: La sonrisa de Mandela (John Carlin).

Dice que este año la mayor adrenalina que sintió fue cuando Macri fue elegido presidente. Pero no cuando él ganó, porque "sin pecar de arrogante, era algo que ya venía masticando". Y aclara que no le preocupó la posibilidad de que Martín Lousteau le arrebatase el ballottage.

De hablar pausado, Larreta se capacitó con cursos para mejorar su puesta en escena ante los periodistas. "Por mi ansiedad, pisaba a los entrevistadores y lo mejoré. Todo se mejora." Se mueve en auto con chofer, sin custodia, y le gusta caminar por la ciudad "como cualquier vecino". Aunque no lo es. La gente lo detiene para saludarlo, hacerle reclamos y hasta pedirle trabajo. "Recién me cayó la ficha: chau, soy el jefe de Gobierno".

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