Receta de vida: una escuela en el Tigre que vive del pan

Cuando nació su segundo hijo, Mariano y Casandra resolvieron dejar la gran ciudad; así crearon el proyecto Los Biguaes
Leonardo Tarifeño
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3 de noviembre de 2013  

Mariano dejó todo y se fue a trabajar a una panadería. No a una panadería cualquiera: la que funciona como sede de la escuela Los Biguaes, en el Tigre, a un lado del río Carapachay. Cinco años atrás, él y su mujer, Casandra, vivían en Almagro y corrían de un lado al otro para mantener su casa alquilada, pagarle a la chica que cuidaba a los niños y sostener un ritmo de vida en el que nunca tenían tiempo, ni dinero ni energías. Hoy, Mariano recuerda esos días como si fueran parte de un sueño. O mejor dicho, de una pesadilla. Sueño es el que vive ahora mientras amasa el pan.

"Durante mucho tiempo rumiamos la fuga de la Capital -me dice, sin sacar los ojos de la nube de harina por la que se pierden sus manos-. Las cosas porteñas nos abrumaban. La hostilidad, el encierro y todo eso con lo que uno se llena hasta perder de vista lo de veras importante. Llega un momento en el que no sabés qué es necesario y qué ilusorio. Hasta que algo fuerte rompe esa rutina y te impulsa a tomar una decisión sin vuelta atrás. En mi caso, el nacimiento de mi segundo hijo me hizo pensar cómo quería que creciera, y me di cuenta de que para hacer realidad el deseo de una mejor calidad de vida teníamos que salir de Buenos Aires."

Mientras lo escucho, trato de descubrir qué clase de persona tengo enfrente. ¿Un aventurero? No, ya que parece guiarlo el sentido de la responsabilidad hacia sus hijos. ¿Un idealista? Tal vez, aunque da la impresión de que no pretende cambiar el mundo, sino encontrar un refugio. ¿Un inconformista profesional? En absoluto: al amasar el pan que venderá dentro de un rato se encuentra en completa armonía con su mundo. Mariano rechaza lo mismo que a tantos habitantes de Buenos Aires nos hace la vida imposible; la única (y enorme) diferencia entre él y los demás es que fue capaz de sumergirse en una dimensión en la que la queja por la queja misma se revela más inútil que nunca. ¿Por qué, entonces, siento que estoy ante un ejemplar exótico?

Por suerte, él no advierte mis sospechas. "Esta panadería es parte de la escuela Los Biguaes, que en definitiva es la razón por la que vinimos -cuenta-. La escuela funciona como una asociación de padres y maestros, sostenida en base a lo que cocinamos todos, en turnos rotativos, para pagar los sueldos de los maestros y el alquiler de la casa. El éxito del proyecto fue tan grande que mucha gente vino a vivir a orillas del Carapachay, atraída por Los Biguaes. Y ahora nos encontramos con un problema de crecimiento: la casa quedó chica; necesitamos un lugar propio y más grande."

Mariano me dice que la escuela sigue los lineamientos pedagógicos de la música Dorothy Ling, para quien el aprendizaje no es vertical, sino una experiencia que se comparte con los adultos. En Los Biguaes ( https://www.facebook.com/LosBiguaes ) no hay grados, ni calificaciones ni exámenes. Los artistas que conocieron el proyecto se sintieron tan impresionados que donaron obras (de León Ferrari, Marcia Schvartz, Adriana Lestido, Ana Eckell y Milo Lockett, entre otros) para una subasta, el sábado 9 ( http://issuu.com/marianapaulazuetta/docs/catalogo_subasta_biguaes_100_obras ), destinada a juntar los fondos que Los Biguaes necesita. Yo aprovecho un rato que me quedo solo para buscar en Google a Dorothy Ling. Y encuentro las siguientes palabras suyas: "El chico no necesita que lo distraigan y lo entretengan. Para sobrevivir necesita sentir que trabaja, y el estudio, tal como lo entiende nuestra sociedad, no es trabajo en sí mismo, sino algo que hacemos para más adelante. El chico necesita comprometerse, sentir que trabaja con lo que es (...) Mal puede una infancia sin contenidos verdaderos alimentar el interés del hombre que vendrá después".

Mariano me ofrece pan. Cruje entre mis dientes, y el sabor me hace volar de placer. Es el pan más rico que he comido en mucho tiempo. Mientras mastico, advierto que es imposible hacer esa maravilla sin amor. No quiero pensar que tal vez fue esa dosis de amor la que me hizo verlo como un bicho raro de confianza. Prefiero imaginar que entre mis labios no tengo un pan extraordinario, sino una receta para vivir mejor.

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