Santa Fe tiene una experiencia para compartir

Mario Barletta
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8 de abril de 2013  

Santa Fe rememora en pocos días el peor desastre que le tocó vivir. En abril de 2003 el Salado, un silencioso río de llanura con periódicas crecidas importantes, ingresó a la ciudad por una defensa inconclusa, sumergió un tercio de ella bajo el agua, cobró muchas vidas, dejó 130.000 evacuados y destruyó innumerables pertenencias privadas y públicas. El agua quedó aprisionada por terraplenes que debían impedir el ingreso del río, convertidos en trampa mortal al impedir que escurriese. Previsible y evitable, el desastre desnudó la degradación del soporte urbano y de gestión.

La bronca del primer momento dio paso a una inmensa operación solidaria que priorizó a todo ser despojado de alimento, ropa y hasta de sus recuerdos más queridos. La sociedad santafecina y de muchas ciudades se movilizó espontáneamente. Luego, un ensayo de reconstrucción, pero el daño estaba hecho y llevará años compensarlo; reconstruir implica postergar lo que las ciudades tanto necesitan para sostener su desarrollo.

A pesar de los precedentes, cuatro años después lluvias intensas anegaron nuevamente la ciudad con un impacto diferente pero igualmente angustiante para quienes vieron otra vez cómo las defensas eran medida incompleta. Otra vez la solidaridad se impuso, otra etapa de reconstrucción por delante. Aparecieron reclamos más fuertes por medidas de fondo que tendieran a evitar y mitigar el impacto: el riesgo principal era ya bien conocido: inundaciones por desborde de ríos vecinos o lluvias intensas o la combinación de ambas, y poco se había hecho hasta allí.

Entonces, el cambio. La gestión que iniciamos en 2007 priorizó la cuestión. Pensamos que el riesgo se construye con las ciudades, que debe ser estudiado para tomar previsiones y medidas que lo eviten ; que el riesgo puede y debe ser abordado, que convivir con él implica estar preparado para gestionarlo. Sabemos que los desastres tienen cuatro fases que implican medidas estructurales y no estructurales: previsión, prevención, mitigación, contingencia y reconstrucción, y que encarar sólo la última es incorrecto y signo de planificación ausente o deficiente.

En Santa Fe, creamos una dirección que depende del intendente e iniciamos el Sistema Municipal de Gestión de Riesgo, con un amplio programa de acción de carácter integral: sensibilización de actores sociales, descentralización territorial y alianzas con instituciones y organizaciones civiles en el marco de un amplio plan de contingencias; encaramos desagües, reservorios, casa bombas, refugios, responsables, rutas de evacuación, mecanismos de alerta, radares meteorológicos, protocolos de información y comunicación, simulacros con participación ciudadana, educación y más. Nada fue dejado al azar.

Nuestra Gestión de Riesgo fue premiada por las Naciones Unidas, orgullo muy superado por la satisfacción de saber que los vecinos tienen hoy cierta tranquilidad, que conocen el riesgo en el que vivimos y saben que hay dispositivos para minimizar su impacto.

Las ciudades deben aprender de experiencias propias y ajenas, deben resolver su vulnerabilidad conociéndola y estar dispuestas a disminuirla. Eso hizo el gobierno en Santa Fe: embarcó a toda la ciudad en una gestión de riesgo que desde 2007 se profundiza con una nueva racionalidad que evita trasladar el daño de barrio en barrio, que atiende la compleja integralidad de los excedentes hídricos. Hoy, en La Plata y la Capital, solidaridad con los damnificados, contención del dolor de los que perdieron a los suyos y lo suyo, de los que se desploman ante un empezar de nuevo; hoy, ayuda material, espiritual y psicológica a cada uno de ellos. Mañana deben ponerse a trabajar seriamente en este sentido. Santa Fe tiene una experiencia para compartir.

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