Cómo afecta la crisis a las parejas jóvenes que acaban de constituirse

Es más difícil dialogar y resignar proyectos, pero si hay comunicación la relación puede salir a flote
Es más difícil dialogar y resignar proyectos, pero si hay comunicación la relación puede salir a flote
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29 de junio de 2002  

“Nos casamos hace cuatro meses, justo cuando se perdía el control de todo, y de la incertidumbre pasábamos al desamparo. No es el corralito lo que más nos preocupa, aunque no es un problema menor para quienes teníamos algún ahorro. Lo que más nos entristece es la situación general”, reflexiona Leticia Massigoge, de 28 años, desde su ciudad natal, Benito Juárez, y hay en su tono una mezcla de alegría y preocupación. Ella y su flamante marido, José Raúl Cluigt, de 33 años, se sienten privilegiados por tener “un techo y trabajo”, aunque “con la incertidumbre de todos al preguntarnos hasta cuándo”, admite Leticia, sin perder la sonrisa.

“Es un tiempo difícil para construir y cimentar una relación”, afirman las psicólogas Cecilia Beñatena y Florencia Biotti, coordinadoras del taller “La pareja joven en tiempo de crisis: ¿el amor no basta?”, organizado por la Sociedad Argentina de Terapia Familiar.

“Hay más posibilidades de que se pierda el sentido de unidad y de acumular tensiones por la imposibilidad de realizar proyectos. Pero quizá lo más complicado radica en la dificultad para delimitar la crisis, que puede afectar la intimidad: los problemas se meten por la ventana, la televisión, la radio, los diarios, están en la boca de la gente... ¿Cómo marcar un límite entre ese afuera lleno de incertidumbre y el adentro, el lugar confiable donde encontrarme con el otro?”

Pese a todo, Leticia y José continuaron con sus planes. Decididos a estar juntos, la realidad no pudo con sus sueños y se casaron. Y muchos, en su mismo lugar, los han imitado: según datos del Registro Civil de la Ciudad de Buenos Aires, entre enero y mayo de 2002 hubo una cantidad casi igual de casamientos –poco más de 6500– que durante igual lapso del año anterior.

“Nos conocimos en diciembre de 2000 y unos meses después decidimos irnos a vivir juntos –afirma Paula, de 29 años, acariciando la panza donde crece Inés, que nacerá en agosto–. Al principio, antes del corralito, pensábamos en tener un hijo y nos parecía que no era buen momento... Pero después dijimos que si había que esperar un buen momento en el país nunca haríamos nada. Los dos tenemos 29 años; creemos que es la edad ideal para ser padres. Estamos preocupados, pero por ahora puede más la felicidad.”

Cuestiones de género

Las licenciadas Beñatena y Biotti indicaron que durante el taller que coordinaron (que se repetirá el 8 de julio, de 19 a 21, informes por el [011] 4962-4306), uno de los temas que surgieron fue la demanda de “ser más escuchado por el otro”.

“Pero lo curioso –dijeron– es que apareció más de parte de los varones que de las mujeres, aunque generalmente es al revés. Esto parece indicar que los hombres se ven muy afectados por la situación, y tienen su autoestima muy baja en caso de que la mujer gane más o ellos se hayan quedado sin trabajo. Es decir, aun siendo varones jóvenes, sigue la idea de que tienen que ser el principal proveedor.”

“Si es el varón quien no tiene trabajo, se afecta su virilidad y su potencia y puede ocurrir una inversión de roles”, comenta la psicoanalista Stella Maris Rivadero, responsable del área de Pareja y Familia del Centro Dos. ¿Qué pasa si una pareja joven, debido a la situación económica, tiene que pedir ayuda o techo a sus familiares de origen? “El dinero suele ser una variable de ajuste y un lugar de poder –continúa Rivadero–. Si una pareja joven pide ayuda a la familia de origen, esto podría tener un precio alto para aquel cuya familia no aportó alguna solución.”

Beñatena y Biotti agregan: “El matrimonio o la convivencia recientes implican una etapa de construcción especial de la pareja en la que debe crearse una diferenciación respecto de las familias de origen. Por eso, la amenaza de tener que volver allí puede resultar devastadora en pleno período de consolidación de los propios proyectos”.

Vivir en la incertidumbre

Hace siete años que Sergio y Andrea, ambos de 28, están juntos. Noviaron tres años y convivieron cuatro, pero en octubre de 2001 se casaron. “Teníamos ganas y la posibilidad económica de hacerlo –recuerdan–. Ahorramos durante más de un año, hicimos una fiesta muy linda y nos fuimos de luna de miel a Europa. Habíamos quedado en cero, pero pensábamos volver a ahorrar una vez llegados. Quince días después del viaje, comenzó el corralito. Estábamos al borde del abismo.”

Andrea trabaja en un banco y estudia. Sergio es empleado público, y desde la crisis de diciembre perdió casi el 50% de su salario. “Esa pérdida era nuestro poder de ahorro, y también el dinero con el que contábamos para ayudar a nuestras familias –afirman–. Nos queremos muchísimo, pero la realidad es muy difícil.”

Andrea explica que uno de los aspectos que más los tensionan es no poder despegarse de los dramas del trabajo. “Además, uno está con la daga en el cuello, por la amenaza de perderlo”, dice Sergio.

Este joven matrimonio afirma que la inestabilidad y la incertidumbre no pasan solamente “por lo económico, sino también por la violencia y el miedo, que están todo el tiempo en la calle –afirman–. Quizá discutimos por temas que antes ni siquiera ocupaban lugar en la conversación, como por ejemplo haber gastado 30 pesos más de teléfono, porque en realidad no tenemos de dónde sacarlos”.

La licenciada María Rosa Glasserman, directora general del Centro de Familias y Parejas de Buenos Aires y docente de la UBA, afirma que la situación actual puede generar estados cotidianos de “microviolencia, causados por las desilusiones mutuas, por no poder responder a las expectativas del otro o las propias. Esto, más que separaciones o divorcios, entraña otro peligro, que es permanecer juntos pero como si se estuviera separado. Es que abrirse implica más dinero para disponer de dos casas, dos presupuestos...”

Stella Maris Rivadero agrega que otro de los aspectos que por la crisis actual amenaza especialmente a las parejas jóvenes es la destrucción de la confianza en la palabra. “Esa falta de confianza puede ser trasladada al interior de la relación. Los proyectos y anhelos se volatilizan y puede incrementarse una tendencia a la ruptura, a actuar sin reflexionar.”

La contracara de esta dura realidad es que la joven pareja busque puertas adentro el refugio y la paz que en ningún otro lado se consiguen. “La pareja no tiene que convertirse en el fusible por donde explote la angustia y el dolor”, dice Rivadero.

Y mucho de esta compensación se nota en las palabras de Leticia y José. “Por suerte –dicen– tenemos en claro que el amor es lo único auténtico en este clima tan raro. Desde que decidimos casarnos, sabíamos que eran tiempos muy difíciles y que mantener el amor que nos había juntado sería nuestro tesoro.”

También conocen de lo mismo Sergio y Andrea. “Después de toda la violencia cotidiana –dicen–, volver a casa es el único refugio que tenemos. Y no hablamos sólo de sexualidad, sino de intimidad: charlar, tomar mate, mimarnos. Vivimos en una sociedad donde todo el tiempo hay roces o choques con la gente. Pero no contacto. Y eso es lo que logramos puertas adentro de nuestra casa.”

Preservar la unidad

Diálogo: es importante estar dispuestos al diálogo, a escucharse y a hacer cambios.

Intimidad: mantener espacios de intimidad (aunque esto sea tomar un café a solas).

Tiempo libre: buscar maneras alternativas de ocupar el tiempo libre (que no sean sinónimo de gastar dinero).

Amigos: encontrarse con amigos, pero no hablar todo el tiempo de la situación económica y social.

Elección: no perder de vista por qué se eligió a la persona como pareja.

Ayuda: pedir apoyo terapéutica si hay tensiones, discusiones o malestar.

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