Coronavirus: muchas horas varada en Ezeiza después de un vuelo desde París

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
Fuente: LA NACION - Crédito: Ignacio Sánchez
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11 de marzo de 2020  • 15:41

Después de un vuelo de 14 horas (más cuatro desde que salí de París en el metro que lleva hasta la construcción futurista del aeropuerto Charles De Gaulle), la llegada a Ezeiza me sorprendió con una multitud infrecuente frente a las ventanillas de Migraciones. Si en algún momento había supuesto que el trámite iba a ser veloz por la disminución del turismo global causada a partir de la que desde hoy se considera la "pandemia" del coronavirus (Covid-19) , muy pronto comprobé que estaba equivocada: al revés de lo que se recomienda, cientos y cientos de personas nos agolpábamos, no a un metro de distancia, sino a pocos centímetros, tratando de encontrar un espacio para avanzar hacia la meta, recuperar nuestro equipaje y dirigirnos a casa.

El trayecto había sido notablemente tranquilo. Alguna mascarilla aquí y allá, uno que otro frasquito de alcohol en gel para limpiar la superficie de las pantallas individuales ubicadas en la espalda de los asientos y que se controlan con la yema de los dedos, pero ni una tos que alterara el ánimo de los pasajeros. Se diría que la realidad que transcurre en las redes sociales y los medios de comunicación, con un alud de sobreinformación y superficiales reinterpretaciones de todo tipo que se suceden segundo a segundo, es muy distinta de la que se advierte en las calles, los cafés y los medios de transporte.

La única señal de que estamos cursando lo que se considera una emergencia de salud global se produjo al final del vuelo, cuando desde la cabina de mando, entre las instrucciones para preparar el aterrizaje, se recordó que si algún pasajero había estado "en China o en otros países con circulación activa del coronavirus", y tenía síntomas como fiebre o dificultad para respirar, debía ponerse en contacto con las autoridades nacionales de salud en un número telefónico.

Además de carteles con este consejo ubicados aquí y allá, y de dispensers de alcohol en gel, una grabación similar se escuchó repetidamente en varios idiomas durante los largos minutos que debimos esperar para completar los trámites migratorios. incluso con el sistema computarizado "exprés", que resultó más lento que el manual. Al menos en mi caso, no hubo que llenar formularios ni declaraciones juradas, aunque mientras me dirigía hacia la salida vi a un señor con un papel en la mano preguntando qué tenía que hacer con eso que le habían dado para llenar.

Pero esto no fue muy diferente de lo que vi a mi llegada a Estocolmo, primero, y luego a París, donde el gobierno de Emmanuel Macron ya contemplaba iniciar la fase 3 de la epidemia ("mitigación", cuando la propagación del virus en la comunidad es inexorable). En ninguno de esos aeropuertos advertí sistemas de control, más allá de los habituales posters de recomendaciones, que también se repetían en las estaciones de tren. En cuanto a las poblaciones, tanto en Estocolmo como en París, ni las calles ni los cafés estaban desprovistos de público y todo parecía seguir su ritmo con normalidad.

Está comprobado que tomar la fiebre en los aeropuertos es una medida imprecisa que no ofrece beneficios desde el punto de vista epidemiológico. Pero sí sería interesante que, por lo menos hasta que pase esta epidemia, se agilicen los trámites de migraciones para no someter a los viajeros a una aglomeración de horas totalmente desaconsejada por las autoridades de Salud. Y, claro, también por el sentido común.

Por: Nora Bär
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