Discurso del método

Nora Bär
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22 de agosto de 2001  

Durante la conferencia de clausura del último Congreso Internacional de Periodismo Médico, hace unas ocho semanas, Manuel Calvo Hernando ilustró la trascendencia que puede adquirir la promoción de la salud en los medios de comunicación masiva recordando el caso de una telenovela mexicana por cuya influencia las consultas en los dispensarios de planificación familiar aumentaron un 33 por ciento.

Tras algo más de dos décadas de periodismo científico, ya casi nadie discute el impacto de la divulgación de los últimos conocimientos de la medicina y de las ciencias a través de diarios, radios y TV, que alcanza para transformar al vecino amante del asado en un juicioso vegetariano o para empujar a las multitudes a trotar por los bosques de Palermo.

Pero hay un problema: como pensamos que la ciencia puede darnos respuestas inmediatas y certeras, leemos hasta la noticia más nimia como si fuera la última de las verdades.

Lo cierto, sin embargo, es que el Olimpo de los científicos se parece más a un volcán en erupción que a un lago de aguas apacibles. Por un lado, abundan los desacuerdos y las controversias. Por otro, los estudios epidemiológicos tomados individualmente tienen un coeficiente de incertidumbre que suele ser muy alto.

Todo esto plantea un escenario que está lejos de tranquilizarnos. ¿Qué hacer? Una buena medida puede ser imitar a los mismos científicos: ellos resuelven este intríngulis dejando de lado las afirmaciones absolutas y aprendiendo a evaluar probabilidades. No confían en un estudio único hasta que otros confirman los mismos resultados, y toman las noticias médicas con grandes dosis de prudencia.

Hace ya más de medio siglo, el filósofo austríaco Karl Popper demostró que lo único que verdaderamente se sabe de una teoría es que, antes o después, llegará otra que la superará.

Ptolomeo, el más grande astrónomo de la antigüedad, dijo que la Tierra era el centro del universo. Galileo fue superado por Einstein. A principios de siglo, Ciryl Burt creía que la estupidez era hereditaria. Y Max Nordau, autor de un singular libro de divulgación sobre la “Psicofisiología del genio y el talento” (Daniel Jorro Editor, Madrid, 1910) sostenía que, “en los seres vivos, las hembras son, por regla general, típicas, y los hombres, individuales; las primeras tienen una fisonomía media, éstos una fisonomía propia”. Para Mornau, en resumen, la originalidad en las mujeres “es morbosa”.

Lamentablemente, la realidad muchas veces se obstina en dinamitar los castillos conceptuales de los investigadores. Como bromeaba Thomas Huxley: “La tragedia de la ciencia es la destrucción de una bella hipótesis por un hecho desagradable”.

Por: Nora Bär

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