El dolor, en una muestra polémica

Pasa revista a las múltiples formas en que el ser humano enfrentó el sufrimiento o lo causó
Juana Libedinsky
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28 de abril de 2004  

LONDRES.- No es muy común que una exposición en un museo de ciencia comience con una advertencia para gente impresionable o con problemas cardíacos. Pero del paracetamol al sadomasoquismo, del parto a la religión, del amor a la tortura, verdaderamente hay muy poco que "Dolor: pasión, comprensión, sensibilidad", la nueva exposición del Science Museum, deje afuera.

El recorrido lo aclara desde un principio: en una sociedad obsesionada con la búsqueda del placer, la sensación de dolor sirve para la supervivencia. Un número pequeño, pero significativo, de personas nace sin la capacidad de sentir dolor y sus vidas son arruinadas por terribles heridas causadas en la niñez o problemas que quedan sin ser diagnosticados.

Para el resto, el dolor resulta universal, pero describirlo y medirlo es extremadamente difícil. "Su significado no fue el mismo a lo largo de la historia: el dolor ha sido y es visto tanto como un camino a la salvación como el símbolo de una enfermedad o la ruta hacia la superación personal", asegura Javier Moscoso, curador de la muestra, profesor de Historia y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Murcia, y autor de "Dolor privado, sensibilidad pública" (Biblioteca Valenciana, 2002).

La exposición explora cómo en la historia el ser humano se ha enfrentado al dolor, con qué métodos ha intentado reducirlo o cuáles ha usado para provocarlo. O cómo se siente, se percibe, se combate, se disfruta o se padece, ya que los temas no excluyen la amputación de miembros, la circuncisión, el parto, la tortura, el masoquismo y el sadismo.

Explica también cómo la medicina ha controlado el dolor, aunque no siempre con éxito. Algunos médicos del siglo XIX, por ejemplo, veían al papel del dolor de una manera muy diferente: creían que los gritos del paciente en una operación sin anestesia eran parte de la cura. Hasta un médico francés, Hippolyte Bilon, argumentó en 1803 que las enfermedades se podían diagnosticar por la calidad de esos gritos.

Así es como la muestra aborda lo que puede llamarse una historia cultural del dolor, sobre la que artistas, científicos y filósofos hablan de igual a igual . Moscoso, que ha sido curador en el Museo del Prado, logra que toda la exposición tenga un sabor profundamente español: imágenes de Goya y otros artistas contemporáneos conviven con íconos religiosos y legados de la Inquisición. "El catolicismo, con su iconografía poblada de santos flagelados, ha glorificado el dolor como el camino a la salvación -explica el curador-. Pero estas figuras artísticas llevaron directamente a las primeros retratos correctos de la anatomía humana: el ícono del dolor se convirtió en la figura anatómica."

La muestra, cuyas piezas pertenecen en su mayoría a la colección Wellcome, incluye instrumentos de tortura, como una pinza española para arrancar lenguas, una bota de hierro -quizá de origen inglés- para tirar aceite caliente sobre los pies de la víctima o una silla china con cuchillas.

Y justamente esa silla, en la primera sala de la muestra, está junto a dos sillas que de lejos lucen muy parecidas. De cerca, una es de partos y la otra, de dentista, como una forma sutil de decir que sufrimos o infligimos dolor en algún momento de la vida.

Sin problemas, la muestra explora también la dimensión sexual del dolor. Muy efectiva es la reproducción de una cabina telefónica londinense empapelada con tarjetas en las que hombres y mujeres ofrecen sus servicios con frases como: "Si es dolor lo que buscas, es una agonía lo que te daré" o "Tu dolor es mi placer". Por las dudas, los números de teléfono fueron tachados con prolijidad.

Aun así, no se pudo evitar el escándalo. Junto a la cabina se reproducen palabras de Santa Teresa de Avila y William James, autor de "Los distintos tipos de experiencia religiosa", que describen las penas de los religiosos para alcanzar la iluminación espiritual. "El dolor y el gusto por el dolor fueron vinculados con el ascetismo, pero no tratamos de equiparar sexo con experiencia religiosa", aclaró Moscoso al diario británico The Times.

Quizá lo más duro de la exposición es una segunda cabina, donde se proyecta una película de la amputación de una pierna a comienzos del siglo XX con testimonios de quienes sufren dolores en un miembro cuando ya no lo tienen, la explicación que dan los científicos y testimonios de quienes sufren de "dolor crónico" sin causa física. Si uno de los objetivos de la muestra es fomentar la compasión hacia quienes sufren, estos testimonios lo logran junto con la palabra de corredores de maratones, bailarinas, adictos a las cirugías plásticas o un artista que se mutila como forma de expresión.

Abierta hasta junio, la muestra despertó gran polémica. En definitiva, no es una exposición "fácil", pero si el objetivo era abrir la discusión en un tema tabú, muchos ya la consideran un hito.

El padecimiento de un torero

Una de las historias más tristes que se pueden conocer a lo largo del recorrido de la exposición la trae la ropa bañada en sangre que utilizó un joven torero, en 1992.

Manuel Granero tenía tan sólo 20 años, pero ya era un ídolo de las multitudes cuando se enfrentó con un toro llamado Pocapena en una corrida en la arena de Madrid. Primero fue atacado en el muslo y cayó al suelo, pero murió cuando Pocapena perforó su ojo con un cuerno.

Entre los observadores presentes en ese momento en la plaza estaba el filósofo y escritor francés Georges Bataille, quien convirtió aquel hecho del que había sido testigo en la "Historia del ojo", una alegoría de dolor, muerte y deseo que algunos consideran un clásico de la literatura erótica.

Un lado más convencional de la muestra en el Science Museum es la aparición y el uso de los calmantes y la anestesia, que muestran cuánto les debe la vida moderna.

Y no es que su popularización haya sido simple. Por ejemplo, a fines del siglo XIX, la idea de perder el control bajo la anestesia causaba un temor enorme. Prueba de ello son las imágenes, muy comunes en esa época, de mujeres jóvenes desnudas frente al anestesista y con expresión de horror.

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