El único cerebro que crece en primavera

El fenómeno está relacionado con la necesidad de las hembras de recordar en qué nidos ajenos pusieron sus huevos
El fenómeno está relacionado con la necesidad de las hembras de recordar en qué nidos ajenos pusieron sus huevos
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20 de agosto de 2000  

Cuando llega la primavera, lo habitual entre las aves es que el macho y la hembra se unan y construyan un nido. Ella pondrá huevos y ambos los defenderán. En muchos casos, tanto uno como el otro alimentarán a las crías recién nacidas y seguirán haciéndolo algunas semanas después de que los pichoncitos abandonen el nido. Con los hijos ya criados, algunas parejas se separarán, otras se reproducirán nuevamente y otras esperarán la próxima primavera.

Sin embargo, ciertas especies saltearon todo este proceso: nadie construye nidos. Las hembras ponen sus huevos en nidos ajenos para que otros los incuben y alimenten a sus descendientes.

Ceden su maternidad, por así decirlo, a cambio de poner muchos más huevos que las hembras de otras especies. El macho, en tanto, no colabora con ella relevando posibles nidos. Sólo se dedica a volar, junto a otros machos, en bandadas, buscando pareja.

A este último grupo pertenece el tordo renegrido de las Pampas, un ave de nuestro país que se reproduce en parte gracias al trabajo de otras especies, parasitando sus nidos. No es la única que actúa de este modo y sobre su comportamiento se han posado los curiosos ojos del biólogo argentino Alex Kacelnik, radicado desde hace 26 años en el exterior, que periódicamente retorna al país para continuar elevando información sobre el tordo.

Kacelnik, de 53 años, egresado de la Universidad de Buenos Aires (UBA), es desde hace una década profesor de Ecología del Comportamiento en el Departamento de Zoología de la célebre universidad inglesa de Oxford. A pesar de los años y la distancia es profesor visitante de la UBA, donde dicta cursos de comportamiento animal.

Nacido en el barrio porteño de La Paternal, y con la memoria y el afecto intactos por la Argentina, trabaja actualmente junto a Juan Carlos Reboreda, investigador del Conicet y profesor de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA.

Con el aporte del British Council, los biólogos han comprobado que una región del cerebro de la hembra del tordo aumenta de tamaño en primavera, cuando busca nidos donde parasitar sus huevos.

La neurogénesis

Fernando Nottebom, otro eminente científico argentino radicado en los Estados Unidos, demostró hace años que entre las aves adultas existe neurogénesis, es decir, generación de nuevas neuronas. Kacelnik y Reboreda, siguiendo esta teoría, entienden que el incremento de una zona del cerebro del ave cuando se dedica a buscar nidos podría estar acompañado por la generación de nuevas neuronas y de sinapsis, es decir, de conexión entre esas células nerviosas. La investigación que conducen sería un paso más en la comprensión de cómo el cerebro opera a nivel de comportamiento y memoria, y de qué modo controla funciones como su propio crecimiento.

Y estos aportes siempre encienden una luz de esperanza nada desdeñable sobre nuevos avances en el conocimiento y el diseño de nuevas alternativas terapéuticas para enfermedades neurodegenerativas, como el Mal de Alzheimer y el Parkinson o los tumores cerebrales.

Una hembra ubicada

"Desde el punto de vista reproductivo, la única limitación que tienen los machos es la cantidad de hembras que consigue fertilizar. Es que el semen es un recurso muy económico en términos energéticos -dice Kacelnik-. En cambio, lo que suele limitar reproductivamente a las hembras es la imposibilidad de conseguir suficientes recursos para alimentar a sus crías. La hembra del tordo saltea esta dificultad: logra alimentar a sus pichones a través del trabajo de otras especies."

Los investigadores descubrieron que la hembra del tordo tiene un desarrollo cerebral mayor de la parte que corresponde a la memoria y el aprendizaje de la dimensión espacial.

Es una zona del cerebro llamada hipocampo, que también existe en el cerebro humano.

"Este ave -continúa Kacelnik- tiene más desarrollada un tipo de memoria que funciona como un inventario: rápidamente tiene que aprender la organización espacial para saber en qué nidos está poniendo huevos, pero al mismo tiempo tiene que ser capaz de borrarlos de su memoria y no utilizarlos otra vez, evitando de este modo el hiperparasitismo, es decir, poner demasiados huevos en un mismo huésped."

Además del trabajo de campo, los investigadores someten a tordos de ambos sexos a pruebas de laboratorio para comprobar si ciertas conductas y capacidades cambian según si son macho o hembra y de acuerdo con la época del año.

Para Kacelnik, la observación de la conducta animal es una constante permanente a lo largo de toda su vida. Desde muy chico los bichos fueron su pasión. "Tenía una colonia donde criaba cucarachas en mi casa y uno de mis hobbies favoritos de siempre fueron los hormigueros", recuerda el biólogo, que está casado desde hace 27 años con Lidia, una editora argentina. Ambos tienen un hijo de 23, Oliver, que realiza un doctorado en neurociencias, también en la Universidad de Oxford.

Kacelnik estuvo interesado por el comportamiento animal aun antes de que fuera considerado una disciplina científica. "En el momento en que empecé a estudiar biología -recuerda- no existía la etología propiamente dicha. Entonces, cuando todavía era un estudiante, me acerqué al Instituto de Biología y Medicina Experimental (Ibyme) a estudiar fisiología del comportamiento. Recuerdo que todavía estaban el doctor Leloir en el piso superior y también Houssay, que iba y venía con su guardapolvo, siempre muy activo, por los corredores del Instituto."

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