En el país, soplan vientos en contra para la energía eólica

Un taller analizó su estancamiento
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30 de octubre de 2000  

Si se la compara con Dinamarca y Alemania, los dos países donde la industria eólica tiene mayor pujanza, la Argentina muestra fuertes ventajas comparativas: tiene más y mejor viento.

Es probable que en el largo plazo la Argentina se vuelva una potencia eólica por lo mismo que Kuwait es potencia petrolera: por pura superabundancia del recurso. Lo que no está asegurado, sin embargo, es el presente: los jóvenes emprendimientos eólicos argentinos están atravesando una situación pedregosa y el parque instalado, que creció en flecha entre 1994 y 1998, está congelado.

Un reciente taller de la Asociación Argentina de Energía Eólica (AAEE) y la Carl Düsberg Gessellschaft, de Alemania, juntó en Buenos Aires las principales cabezas locales de esta aventura.

El techo de penetración

A la hora de las cuentas reales, la potencia eólica instalada en todo el país suma apenas 13 megavatios, lo suficiente como para iluminar a lo sumo un pueblo de unos 2000 habitantes. Frente a los 17.000 megavatios de parque térmico, hidroeléctrico y nuclear, el segmento eólico sencillamente no existe. ¿Por qué?

"Las granjas eólicas locales tienen que vivir entre un techo técnico y un piso económico, y aquí están casi pegados", dice el ingeniero Erik Spinadel, del Grupo de Energías No Convencionales (Genco) y profesor titular consulto de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires.

"Por muy fuerte y persistente que sea -explica Spinadel-, de todos modos el viento es viento: nunca puede tener la previsibilidad de un río regulado por una cuenca llena de factores amortiguadores, como lluvias, deshielos, afluentes o lagos. El viento puede decidir en segundos que no sopla justo cuando se lo necesita más; es decir, en situaciones de consumo pico y con algún generador a fueloil en reparación. O, por el contrario, puede ponerse a soplar con entusiasmo digno de mejor causa tarde de noche, cuando en la ciudad se apagó el último televisor y menos se lo necesita."

"Obviamente -se suma Florencio Gamallo, también del Genco-, los usuarios no necesitan baches ni picos intempestivos de energía, sino un suministro que siga fielmente las curvas de demanda, porque en caso contrario se les funden las heladeras o se les queman las bombitas de luz. Por eso, toda vez que falta demanda o sobra oferta, puede pasar que haya que sacar molinos de servicio. Así es que un aparato gigante, o dos, o más pueden quedar parados, aunque sobre viento."

Cuando los molinos nuevos trabajan menos de lo previsto, ganan plata más lentamente y tardan más en pagarse como inversión. Su vida útil se calcula en unos 20 años, de modo que la porción de tiempo en que darán ganancia pura se acortará. Es por eso por lo que el negocio eólico parece menos atractivo que en 1998.

El precio del gas

Para que el negocio eólico vuelva a cerrar bien hay algunas salidas tecnológicas. En Comodoro, por ejemplo, se podría abrir esa especie de isla eléctrica que es la pequeña red regional y reforzar sus conexiones con la red de Patagonia Norte, o con la nacional. Entonces, esas máquinas podrían realmente trabajar todo el tiempo que hubiera viento.

Pero, explican Spinadel y Gamallo, el problema es que, si así se hiciera, los molinos de Comodoro deberían competir con la electricidad generada a gas para el Mercado Eléctrico Mayorista (MEM) de la Argentina en las nuevas centrales "de ciclos combinados". Y les resultaría imposible, no sólo por la eficiencia de esos aparatos térmicos, sino porque hay empresas generadoras que poseen pozos de gas propio y que contabilizan como cero el costo de dicho combustible, aunque el gas sea un recurso nacional, y además no es renovable.

Ante esto, la mayor parte de los generadores eólicos de la Argentina, casi todos ellos cooperativas eléctricas locales, coincidieron durante el taller en que, por ahora, están en un brete.

Dentro de sus pequeñas redes eléctricas tienen un techo preciso para lo eólico. Pero dicen que si rompen ese techo y sacan la cabeza de sus islas eléctricas, los grandes generadores nacionales los tiran contra el piso económico de un gas que se explota sin que nadie le ponga precio.

Entre otros, Spinadel ve un negocio seguro, pero a largo plazo: la fabricación de hidrógeno (el combustible ecológicamente limpio del futuro) por electrólisis del agua.

Cree también que dentro de una década, cuando haya un mercado mundial de hidrógeno (con Japón como principal consumidor), serán empresas enormes y no pequeñas cooperativas pioneras las que descubrirán que la Argentina tiene mucho viento, que se lo puede exportar con valor agregado y sin necesidad de subsidiarlo.

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